14 de enero de 2016

Una nueva legislatura comienza en España: cuando el fondo debe primar sobre la forma




A lo largo del tiempo los Parlamentos han sido espacios en los que los aspectos formales han coexistido con los comportamientos de fondo. La experiencia nos revela situaciones de lo más diverso. Solemnidades de todo tipo, declaraciones para todos los gustos, pronunciamientos brillantes o desafortunados, imágenes insospechadas. En fin, considero que el espectáculo es inherente a la vida parlamentaria, sencillamente por el hecho de que sólo así cabe entender lo que le define y significa: su condición de ámbito de representación de la sociedad a la que debe servir. Y qué duda cabe que la sociedad es compleja, contradictoria, desigual, repleta de matices y singularidades. En ello reside su naturaleza y su proyección en el espacio donde se dan cita para cumplir la función que corresponde a sus representantes.

Y de eso se trata en realidad, y no de otra cosa. Lo sucedido ayer en el Palacio de Congresos es un síntoma y la constatación de una realidad que nadie puede ignorar. De ahí la necesidad de asumirla con inteligencia y sentido común, sin olvidar tampoco, cuando proceda, el sentido del humor, tan saludable siempre. En los últimos cuatro años España ha vivido una etapa traumática en muchos aspectos, que, por centrarme en uno de los más significativos, se ha plasmado con nitidez en el cambio o, mejor aún, en la ruptura generacional. La presencia representativa de la juventud que reclamaba por otra política en las plazas hace cinco años era más pronto que tarde inevitable. Hay que entenderlo como el signo de los tiempos y como la manifestación de una tendencia inexorable, que además ha venido respaldada por el mayor aval que quepa esperar: el que otorgan las urnas. Ante todo, la legitimidad.

Mas, si observan a su alrededor, la singularidad de España se ha vuelto a poner de manifiesto: si las concentraciones del 15 M situaron a nuestro país en una posición pionera a nivel mundial (anticipando incluso el Ocuppy Wall Street, de NYC), lo sucedido a partir del 20D nos coloca de nuevo en la excepcionalidad, pues en ningún país de Europa se ha producido fenómeno análogo (las diferencias con lo de Syriza son bien marcadas, en mi opinión).

Así que olvidémonos de la pelambrera de Rodriguez,  del pequeño de la diputada Bescansa, y de otros alardes y aspavientos de mayor o menor interés. ¿Espectáculo, teatro, mise en scène, escenografía para la galería, exhibicionismo? Quizá. Tendremos que acostumbrarnos a ellos, porque forman parte de la táctica en la que quienes así actúan basan su estrategia. Pero no importa, no hay que exagerar. Son flashes de un día, destellos efímeros al calor de la circunstancia histórica en que se producen. Pero enseguida quedarán relegados a las hemerotecas, cuando ya, sin más demora, llegue el momento de la verdad y, apagados los focos de lo puntual, de lo llamativo y de la excentricidad calculada, el Congreso deje de ser un plató para convertirse en un lugar de debate serio y constructivo, en el que el fondo acabe prevaleciendo sobre la forma. Cuando eso suceda, el recurso reiterado al espectáculo devendrá en hastío y desdén al observar que lo que pretendía ser genial ya estaba visto. Será entonces cuando los ciudadanos separen la ganga de la mena y distingan al político de verdad del que sólo se apoya en las apariencias o en los meros efectismos fugaces. 

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