Por más que la tibieza haya marcado la tónica de muchas de las declaraciones efectuadas por los órganos directivos de la Unión Europea ante algunos de los problemas más graves de nuestro tiempo, las amenazas que se ciernen sobre Groenlandia constituyen en estos momentos la piedra de toque de su solidez y fortaleza en el escenario internacional. A tenor de la declaración suscrita por los responsables máximos de siete Estados de la Unión, y sobre la base de la contundencia con que esa declaración conjunta se plantea, cabe pensar que esa toma de conciencia emerge como la manifestación de una postura de firmeza ante la pretensión del presidente de estados Unidos de apropiarse de un territorio que forma parte indisociable de la Unión Europea.
Dando vueltas al tema, me inclino a pensar que, aplaudiendo ese testimonio de un sector (de momento) de los gobernantes europeos - entre ellos, el español, que fue el primero y sin equívocos, en denunciar el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores como una "violación (sic) del Derecho Internacional - no lo tiene fácil el ridículo personaje de Mar-a-Lago para llevar a cabo sus propósitos, formulados precisamente en el momento en que su popularidad (40%) en Estados Unidos es más baja. Aun esgrimiendo su condición de forajido sin escrúpulos, hay tres factores que no convendría olvidar (me limitaré a mencionarlos, a la espera de proceder a una argumentación más y mejor desarrollada):
- en primer lugar, no hay un motivo o pretexto sólido sobre el que sustentar ese proyecto de ocupación, control o dominio. Las excusas que en acciones similares (armas de destrucción masiva, narcotráfico, ataque preventivo al que recurrió Rusia para justificar la invasión de Ucrania...) se han esgrimido, como argumentos provocativos de una repuesta "justificada", no sirven para este caso.
- en segundo lugar, no hay que desestimar la posiblemente grave situación de conflicto que se generaría con otras grandes potencias (Rusia, China, UE) cuyos intereses también aparecen ligados a la disponibilidad de accesos y circulación libres en las rutas en las que Groenlandia ocupa una posición privilegiada a medida que la región ártica se configura como un entorno de movilidad esencial en el comercio internacional, libre de los condicionamientos que seguramente impondría el gobierno estadounidense.
- finalmente, no acierto a ver de qué manera ese chico de Mar-a-Lago y sus secuaces, que entre otras lindezas, justifican el asesinato de emigrantes en la calle (Minneapolis, 7.1.25), podrían llevar a cabo esa ocupación. Totalmente descartable es una acción militar, generadora de provocación a la violencia. Y es que hay un aspecto singular en la política de (posible) intervención del ejercito de Estados Unidos: Trump no quiere soldados yankees en ataúdes de madera o de metal. Ninguna de las intervenciones que ha llevado a cabo ha implicado la pérdida de vida de sus soldados. Se limita, como ha ocurrido, durante su mandato, en Irán o Venezuela o en las lanchas del Caribe, a actuar con rapidez, de manera expeditiva, matando a diestro y siniestro, para volver a casa de inmediato. Ni una baja. Los recuerdos de Vietnam, Irak, Afganistán o Libia son en estos momentos inasumibles como posibilidad.
De ahí que, más allá de la intimidación, de la bravuconada, del exabrupto o de la arrogancia repulsiva, quien esto escribe no atisba a ver por dónde puede ir la ocupación que pretende, máxime cuando además vulnera de manera flagrante los principios de funcionamiento de la OTAN, a la que Dinamarca pertenece.
Es el momento de la reacción europea, susceptible de adoptar medidas y alianzas efectivas que neutralicen la agresividad y el matonismo trumpista. Pese al escepticismo o las decepciones acumulados en el tiempo, no hay otra posibilidad de parar los pies a ese siniestro individuo, alérgico a la lectura y al respeto a los derechos humanos.
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