Esta tarde me he acercado a ese taller y me he detenido un rato para, en silencio, dedicar un recuerdo a modo de sentido homenaje a la figura de José Andrés Coello Alonso, a quien hoy hemos despedido para siempre.
No es fácil resumir en pocas palabras lo que uno siente cuando los recuerdos evocan las experiencias compartidas. Fueron muchas y aleccionadoras en ese taller de la calle Duque de Lerma, en Valladolid. Y es que cuando uno se acerca a una personalidad repleta de sensibilidad y talento como fue la de Andrés, el caudal de aportaciones recibidas rebasa con creces los límites de la reflexión inmediata para abrir la mente al descubrimiento de escenarios y formas de expresión que sorprenden por su audacia y por el talento con que fueron concebidos. Muchos han sido los años de encuentro con Coello y su familia, de la que formaron y forman parte amistades que han sobrevivido a la marcha definitiva de algunas y a la erosión del tiempo de las demás.
Conservo anotaciones de sus enseñanzas sobre la relación entre los materiales en los que se basa la creación de una obra y el significado de lo que finalmente aportan como producto artístico. Me ilustró sobre el valor de la arcilla y del metal, de las técnicas empleadas en su tratamiento, sobre lo que la obra significa una vez terminada con especial atención al valor añadido que aporta al espacio público.
Conservo una docena de sus creaciones, que ilustran y enriquecen la mirada en el entorno donde vivo. Jamás me desprenderé de ellas porque, adquiridas a lo largo del tiempo, las considero esenciales para la preservación de mi propia sensibilidad

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