Los últimos Juegos Olimpicos (2008) pusieron al descubierto la extraordinaria potencia económica de China. Concebidos y diseñados como su gran carta de presentación ante el mundo, aún resuenan en nuestra memoria las imágenes de tan espectacular epopeya. Ocho años después, y tras la edición de Londres (2012) que nos devuelve la antorcha al Viejo Mundo, Brasil tratará de reproducir de nuevo, en 2016, lo mucho que representan en el mundo del siglo XXI los llamados países emergentes, esa categoría de Estados que eran secundarios hacen apenas veinte años y que ahora se erigen como los colosos de una economía que une innovación, con mercado y elevados contingentes de mano de obra “very cheap”. Los ingredientes para fortalecer su competitividad frente a la Europa que se debate en un mar de contradicciones y cuyo futuro admite toda clase de pronósticos.
Rio de Janeiro versus Madrid. Dificil competidor, quizá imposible de antemano. Tengo la impresión de que la suerte ha estado echada hace mucho tiempo. Es la primera vez que el mayor espectáculo del mundo, el más costoso, el más apabullante, el más emblemático visita América Latina. Y lo hace por la única puerta por la que podía entrar. Rio no será la mejor ciudad del mundo para organizar un evento así y seguramente ocasionará grandes quebraderos de cabeza a quienes se han lanzado a esta aventura. Pero no es Rio de Janeiro la que ha ganado. Ha ganado Brasil porque es el símbolo de las nuevas potencias que se afianzan sin apenas réplicas en este azaroso e incierto comienzo del siglo XXI.
Madrid lo logrará, al fin, en 2020. Que nadie lo dude
Nunca dejaremos de sorprendernos de los comportamientos que algunos de quienes enfáticamente se consideran defensores de los intereses generales de la sociedad adoptan para, amparándose en ellos, encauzar buena parte de sus energías y desvelos al incremento obsceno de su peculio personal. Son la gangrena de la democracia. “No os fiéis de los que se proclaman a todas horas preocupados por lo que al común afecta. Esos son los más sospechosos de barrer en exclusiva para su casa”. Con estas palabras, Arturo Barea advertía de la propensión de los voceros a simular con palabras hacia la galería la perversión de sus tejemanes ocultos a favor de sus intereses. Pero no siempre es así. Hay algunos, y de ellos bien se sabe en España, que no se recatan en justificar su dedicación a la política movidos por el afán, no ocultado, de “forrarse”.
Abiertamente o con disimulo, las noticias que proclaman la dimensión de los escándalos detectados en el ejercicio del poder han dejado de ser sucesos esporádicos para convertirse en el pan nuestro de cada día. La ciudadanía asiste,impávida, desconcertada y rabiosa a la vez, al espectáculo de la “política rentable”, es decir, de la labor llevada a cabo por los que se aprovechan de la coyuntura de ser alguien en ese mundo de las decisiones con trascendencia social para sacar beneficio particular de una labor que nunca creerán suficientemente recompensada.
La imagen ofrecida por la pareja Kirchner en Argentina ha dado la vuelta al mundo a medida que han salido a la luz los incrementos patrimoniales de un tandem, frívolo y henchido de demagogia, que parecía prometer algo en la maltrecha imagen de la política argentina para acabar reiterando las miserias de una casta institucional que se reproduce como la retama rastrera en las superficies yermas de la Patagonia. Aunque existen, desde luego, políticos honestos, no es el aprovechamiento del cargo para fines privados un caso excepcional. Se trata de un fenómeno globalizado al que no se le ven fronteras y que no causa rubor alguno a sus protagonistas, habituados a adoptar la estrategia de aguantar el chaparrón hasta que amaine, pues acaba amainando, o seguir el consejo, tan frecuentemente asumido por los carentes de escrúpulo, de que “la mejor defensa siempre es un buen ataque”.
En España son numerosos los maestros en el arte de aplicar este principio, de tirar balones fuera, de acusar al contrario de lo mismo y, lo que es más grave, de imputar al sistema la existencia de los mecanismos de control que permiten poner en evidencia este tipo de prácticas y sancionarlas. Del cinismo en las posturas se ha pasado a la agresión sin rubor contra el que descubre los comportamientos corruptos. Ese es el adversario a abatir, ya sea juez o policía cumplidores de su deber. Todo vale con tal de asegurar la impunidad, pues los mismos recovecos del sistema acabarán descubriendo que siempre puede haber alguien muy amigo en el ámbito de la Justicia para el que la confusión entre lo público y lo privado no existe mientras ocupe, como en la viñeta de El Roto, bolsillos diferentes.
La imagen es contundente y confieso que me ha impresionado. Por eso la traigo aquí, porque resume sin paliativos el escenario de tragedia y desencuentro representado por quienes se dan la mano. No es un acto espontáneo, sincero, sentido y llamado a tener siquiera una mínima incidencia positiva en la evolución de los hechos que motivan el encuentro, tan repetido como reiteradamente frustrado. La frialdad sin tapujos impera por encima de cualquier otra sensación. La sonrisa protocolaria que comúnmente aflora por cortesia en los rostros de quienes se saludan para tratar de algo, aquí se torna en rictus severo, en ademán de desconfianza profunda, de recelo superlativo, de miradas irreconciliables. Saludo para la fotografía. Ahí acaba todo.
Si nos detenemos en las expresiones respectivas, el análisis daría para todo un tratado de psicología de la mirada. Observemos al tipo de la izquierda, de nombre Netanyahu y que a la sazón ocupa la jefatura del gobierno del Estado de Israel. ¿Qué pensará ese hombre mientras mantiene la boca apretada, reteniendo el exabrupto y embargado por la sensación de que el trago forzoso va a pasar enseguida y que nada ni nadie va a decir nada sobre la estrategia de expolio y destrucción que, con la más absoluta impunidad, despliega sin restricción alguna contra el pueblo palestino?. Pensará que ese acto es fugaz, de apenas diez segundos, y que es un peaje asumible que ha de pagar porque así se lo ha pedido el que, en el centro de la fotografía, le contempla hastiado del papel que le ha tocado desempeñar y sin confianza alguna de que sirva para algo.
En efecto, en la mirada de Barack Obama, el presidente norteamericano, no hay atisbo alguno de satisfacción o de aquel orgullo que antaño exhibiera Bill Clinton ante el apreton de Rabin y Arafat en los jardines de la Casa Blanca, sino de hartazgo, de malestar y de convencimiento de que nada puede hacerse para poner freno a uno de los comportamientos políticos más miserables y abyectos de nuestro tiempo. Y, en cuanto al sujeto de la derecha, el Abu Mazen, que preside la Autoridad Palestina, qué quieren que les diga. La seriedad con que afronta la escena esconde el desencanto propio de quien todo lo ha perdido y lo ha de seguir perdiendo hasta la extinción de aquellos a los que dice representar.
Acabo de oir, íntegra, la rueda de prensa que el Sr. Rodríguez Zapatero ha dado en Nueva York con motivo de la Asamblea General de Naciones Unidas. Ha hablado de los tres hechos que amenazan el mundo contemporáneo. Entre ellos, en el segundo, ha aludido a Oriente Medio, pero lo ha hecho de forma tan vaga, tan elusiva, tan falta de concreción, tan para la galería, cuando falta muy poco para que asuma la presidencia de la Unión Europea, que todo parece indicar que una vez más el mundo entero mira para otro lado cuando de contener la agresión de Israel sobre Palestina se trata, quizá satisfecha su mala conciencia con la escena que nos ocupa y que no es sino la manifestación inequívoca de que ya no hay lugar para la esperanza.
Recibo mensajes de colegas latinoamericanos que expresan su preocupación por lo que, a su juicio, constituye una seria amenaza para el desarrollo de sus sociedades y de sus culturas. Argentinos, venezolanos, hondureños, bolivianos, colombianos, cubanos… personas del mundo académico y de la pequeña empresa, creadores de ideas y ensambladores ilusionados de proyectos de futuro se lamentan de que las ideas que contribuyen a hacer a una sociedad más abierta, crítica y sensible se encuentran seriamente amenazadas por una corriente represora de la libertad de expresión, que, sin miramientos de ningún tipo, se ejerce con soberbia, autoritarismo y una dosis de arrogancia que induce, acompañada de un lenguaje ofensivo e intimidatorio, al temor y al abatimiento intelectual.
“Jamás pudimos pensar que Cristina iba a hacer lo que está haciendo. La presión sobre Clarín es una indecencia”, me indica un prestigioso colega de La Plata; “Criticar a Chavez se ha convertido en el peor de los riesgos”, señala un texto repartido hace unos dias en la Universidad de Mérida. “No podemos visitar Honduras, donde se ha impuesto de nuevo la miseria de la dictadura y de la corrupción”, se lamentan los guatemaltecos que mantenían vínculos estrechos con sus compañeros de Tegucigalpa o San Pedro Sula, y con los que ahora no pueden relacionarse si no quieren perjudicar a los que viven bajo el régimen de terror de Micheletti y sus secuaces.
¿No será ésta la manifestación más plausible de la idea transmitida por Eduardo Galeano cuando - en la última edición de Las venas abiertas de América Latina- habla de “la hoja de una espada sin empuñadura, que corta por todos los lados a quien quiera sostenerla y mucho más a quien quiera forcejear con ella”?. La memoria nos recuerda que hace un cuarto siglo cayeron los regímenes militares que asolaban el continente, abriendo camino a procesos democráticos que suscitaban confianza en el futuro y alentaban un tiempo mejor y, desde luego, más propicio para la lucha contra la pobreza y la superación de las desigualdades en el espacio socialmente más desigual del mundo. Con cuánta ilusión contemplábamos en Europa el inicio de una etapa democrática, que al fin podía encauzar hacia mejor las enormes potencialidades de esa realidad hasta entonces vejada por la miseria y la violencia.
Sin embargo, de un tiempo a esta parte las diferencias ideológicas, y más allá de las soflamas que las sustentan, se difuminan ante un panorama proclive al control de los medios y de la libertad de expresión. "Unos 300 colegas fueron asesinados en la región en la última década y el número de perseguidos, exiliados, etcétera, podrían contarse por centenas", denuncia desde Bruselas el periodista español Francisco Audije, secretario general adjunto de la Federación Internacional de Periodistas, FIP, la mayor y más antigua organización mundial de prensa, que hoy representa a unos 60 mil periodistas en más de 100 países. Entre tanto, la Sociedad Interamericana de Prensa, SIP, ha recibido denuncias sobre atentados, agresiones y amenazas contra medios y periodistas en Brasil, Ecuador, Honduras, Colombia, México y Venezuela, así como sobre las polémicas leyes de comunicación en Argentina y Ecuador.
Asistimos, pues, a un proceso de involución política bastante generalizado, que amenaza la democracia tan costosamente conquistada, afianzando los mecanismos de control que dificultan el debate, empobrecen el conocimiento de la realidad y supeditan la evolución del concepto de ciudadanía a los criterios dominantes de un poder que considera la libertad de expresión como un enemigo a abatir.
Nada de lo que sucede en Portugal debe resultarnos indiferente. No sólo la contigüidad física justifica ese interés; también contribuye a ello la constatación de que la historia ha trabado una relación estrecha entre ambos países, con momentos de encuentro y desavenencia propios de una relación de vecindad que nunca ha sido fácil y que, por tanto, se ha traducido en un desconocimiento bastante acusado, en recelos que afloran sin provocarlos y en actitudes aviesas que, analizadas con la perspectiva de nuestros días, no resulta fácil entender.
Personalmente siempre he sentido un gran interés por Portugal, país que visito a menudo, sobre el que he trabajado alguna vez, en el que tengo excelentes amigos y que me encanta cuando de disfrutar de los paisajes, de la cultura o de la gastronomía se trata. Viví muy de cerca la conquista de la libertad a mediados de los setenta y desde entonces no hay suceso político en la patria de Miguel Torga, Dulce Pontes y Orlando Ribeiro que no me suscite, cuando menos, curiosidad.
Comentando hace unos días con mi amigo Mariano Fuertes, esforzado médico español que trabaja en la bella ciudad de Mirandela, en la región de Tras-os-Montes, la situación existente con motivo de las elecciones legislativas del 27 de Septiembre, he tratado de ponerme al dia con el fin de interpretar el complicado panorama del marco político de ese país y, sobre todo, el sentido de los debates, que siempre dan idea de por dónde van las sensibilidades, las inquietudes… y las demagogias características de toda campaña electoral.
Y hete aquí que de nuevo surge España como motivo de controversia, suscitando una polémica que sorprende tanto por su atavismo como por su impertinencia cuando ambos países forman parte de la Unión Europea, por lo que todo va más en la línea de la desconfianza que de la aproximación en un escenario compartido. El detonante lo ha marcado la líder de la derecha recalcitrante que se agrupa en torno al PSD, dirigido esta ocasión por una mujer, llamada Manuela Ferreira Leite. Poco le importa a la señora haber formado parte del Consejo de Administración del Banco Totta, filial del Santander, o haber sido ministra del Gobierno que negoció con España la integración de las líneas de alta velocidad ferroviaria.
El espíritu de buena armonía ya no sirve cuando lo que interesa es sacar votos a costa de la animadversión hacia el vecino, a modo de chivo expiatorio de las autocarencias inconfesables. Y en ello ha debido ver esa señora un caudal inmenso de posibilidades de victoria al oponerse de manera furibunda a la integración de los ejes internacionales del AVE con Vigo y con Madrid, pese a estar auspiciados por los fondos europeos. Es una infraestructura que favorece el enlace, que estimula la comunicación, que alienta los espacios de confluencia de intereses. “No me gustan los españoles metidos en la política portuguesa, porque Portugal no es una provincia española”, ha dicho Ferreira Leite frente a José Sócrates, confundiendo, nunca mejor dicho, la velocidad con el tocino. Y es que la demagogia en política no admite límites. Así que a partir de ahora, ya se sabe: el slogan electoral de la senhora Ferreira está cantado. “De Espanha nem bon vento, nem bon casamento nem comboio de alta velocidade”. Cada uno por su lado y el que venga atrás que arree. Cuando no hay ideas con gancho, buenas son las que despiertan las vísceras del agravio, aunque sea ficticio.
Imagen: Perspectiva del rio Douro cerca de Peso da Règua
Cuestionado, admirado, vilipendiado, criticado, reconocido…. todo respecto a él se hace con pasión y vehemencia. Asi son las actitudes, contradictorias, polémicas y rara vez indiferentes, que los ciudadanos muestran hacia Baltasar Garzón Real, el juez de la Audiencia Nacional española con mayor proyección tanto en su país como el mundo. De él se ha dicho de todo. Se le acusa de ser poco riguroso en las instrucciones que realiza, de mostrarse demasiado efectista en sus iniciativas, de buscar la imagen y el relumbrón por encima de todo. No entraré a discutir estas observaciones, que, por lo que he visto, vienen casi siempre moduladas por los cambios de perspectiva y de valoración de quienes, alabándole en exceso cuando les interesa, le llenan, en cambio, de improperios y denuestos cuando sus pautas no se acomodan a lo que a ellos les gustaría que hiciera. Practicando la ley del péndulo oportunista, se desacreditan a sí mismos mientras dejan incólume la imagen de un juez que ha logrado sobrevivir a toda suerte de vaivenes y zarandeos.
Y conseguirá hacerlo de nuevo con brío reforzado. Cuando un magistrado del Tribunal Supremo, llamado Varela, decide admitir a trámite la denuncia de una banda fascista y sórdida autodenominada impúdicamente Manos Limpias, que arremete contra Garzón por insistir en investigar los crímenes imprescriptibles del franquismo, la pretensión de los que así actúan no puede entenderse más que movida por una doble finalidad: la de preservar la impunidad de la única dictadura europea cuyos responsables todavía ocupan indignamente lugares de honor en las calles españolas; y la de parar los pies al magistrado que ha sabido parar los pies de delincuentes contra los que nadie se había atrevido a poner en el lugar que les corresponde. Si a Garzón hay que atribuirle el mérito de haberse enfrentado al mundo de la droga que todo lo corrompe y al terrorismo de Estado frente a ETA, hay que reconocerle también el coraje demostrado frente a los criminales de esa banda y la infraestructura de extorsión, propaganda y muerte que sustenta la aventura asesina de quienes siempre han sido los peores enemigos del pueblo vasco.
¿Audacia excesiva, quizá temeridad, adobadas por un ego sobredimensionado?. Qué más da. Merced a Garzón la imagen del siniestro Augusto Pinochet se hundió en el pozo en el que quedó sumida hasta la desaparición del dictador chileno. A su atrevimiento se debe la defensa del principio de justicia universal que, aunque diluido por el gobierno español, ha logrado poner en evidencia la tragedia argentina durante los años atroces de aquella dictadura miserable y abrir los ojos ante la barbarie de Guantánamo, que nadie debiera olvidar.
Pero, ay, cuando al juez nacido en la Sierra Morena jienense se le ocurre hacer que la Ley de la Memoria Históricaen España sea algo más que una declaración de buenas intenciones y pone en el punto de mira a los que sumieron al pais en una guerra civil y en una postguerra atroz, entonces hacen acto de presencia las fuerzas sempiternas de la caverna española para pedir su inhabilitación y que se calle para siempre. Aventuro que han metido la pata hasta el corvejón. Con su querella y su imputación, la figura de Garzón se acrecienta y robustece a la par que dignifica un panorama judicial donde priman en exceso las sombras sobre las luces.
Que nadie piense que soy un cenizo o que estoy en contra de las celebraciones que permiten disfrutar de vez en cuando de la vida. Compartir un buen rato con la familia o los amigos es un placer que alegra aquellos momentos que, por las razones que sean, elegimos para pasarlo bien. La oferta de ocio de que se dispone actualmente es enorme, brinda posibilidades como nunca habían existido, permite abrirse a un mundo de experiencias creativas gratificantes y satisfactorias. En fin, entiendo que la ruptura festiva en el transcurso de la vida cotidiana resulta tan agradable como necesaria.
Pero observo que las fiestas patronales se han convertido desde hace tiempo en otra cosa, que me disuade de sumarme a ellas. No las recuerdo así en mi infancia y juventud donde sí tal vez tuvieran sentido porque el resto del año transcurría de una forma donde poco juego había para la diversión que se saliera un poco de la rutina. Hoy, en cambio, y salvo contadísimas manifestaciones de buen gusto, cada vez más excepcionales, lo que priman son el ruido, la chabacanería y el alcohol, que fluye a raudales.
Los espectáculos musicales, el teatro o los carruseles de feria, que antaño se identificaban y nos identifican con lo excepcional del momento, quedan completamente arrumbados por el olor de las fritangas que apestan en la calle, el griterío permanente de los jóvenes que, agrupados en peñas o lo que sea, transportan en los carros retirados de los supermercados cantidades ingentes de bebida, por la que compiten de manera desaforada, y por el espectáculo reiterado y obsesivo de los toros, toros y más toros que día a día dan rienda a todo tipo de sensaciones cuando no revelan la precariedad de ideas que permitan sustituirlo por otra cosa o hacer del encierro un episodio excepcional y no el santo y seña de la programación festiva. “Sin toros no tiene sentido la fiesta” decía el otro día el alcalde de un pueblo vallisoletano, donde mañana, tarde y noche el toro preside la jornada.
Me viene esta reflexión a propósito de las fiestas de Valladolid, donde el poder de la hostelería lo domina todo, y de las que hace años he decidido pasar por completo. Ni me gustan ni me interesan. Aunque todos sabemos que en España hay experiencias aceptables, se ha acabado imponiendo de manera bastante generalizada un modelo festivo de estilo cutre y ramplón, macarra y estridente,cuando no violento, en la mayor parte de las ocasiones, que carece por completo de interés, al menos en mi opinión. Lo cierto es que se trata de algo insólito en Europa (ignoro si en otros ámbitos ocurren cosas así). Pues, desde luego, nadie se imagina ciudades o lugares europeos que están en la mente de todos verse de pronto conmocionados por la marabunta de grupos vociferantes, que ponen las calles perdidas de suciedad y pestilencia, mientras se entusiasman corriendo delante de un toro aun con el riesgo de su vida. Terminado el encierro, ya no hay más que hacer, salvo rendir un homenaje permanente a Baco y esperar a la próxima estampida. Todo lo demás es accesorio. En eso y no en otra cosa consisten los "sanfermines" de Pamplona, el paradigma por antonomasia de la fiesta arrolladora.
¿Estaré equivocado o es que realmente debemos seguir convencidos de que Spain is different?. Aludo a este tema porque sociológica y culturalmente tiene interés. ¿No les parece?.
Addenda: Tres dias después de escribir este postm han tenido lugar los sucesos ocurridos en Pozuelo de Alarcón (Madrid), donde ha estallado una violentísima reacción juvenil al recorte del programa festivo. Ha bastado este pretexto para que la violencia se apoderara de la calle con manifestaciones terribles de destrucción y agresividad. El hecho ha coincidido con la fiesta patronal y ha abierto un debate que, me imagino, va a dar para mucho. Lo sorprendente es que el lugar donde esto ha ocurrido no es ningún barrio marginal, sino un municipio en la zona más valorada social y urbanísticamente de Madrid, un espacio de élites politicas y empresariales, donde todos llegan económicamente a fin de mes y donde la calidad de vida está más que garantizada... hasta que la ola virulenta, empapada de todo tipo de alcohol y sumida en la cultura del "botellón", ha hecho acto de presencia para demostrar que nadie está a salvo de la marabunta que comento.
Es un país lejano, pero de gran importancia en la historia contemporánea del mundo. Nuestras referencias sobre Japón son quizá las más numerosas y variadas de cuantas tenemos sobre Asia. Ciudades emblemáticas de ese archipiélago de sinuoso trazado y permanentemente amenazado por las convulsiones de la naturaleza afloran enseguida a nuestra mente a poco que nos detengamos a recordar. Los productos allí fabricados forman parte de nuestras vidas hasta el extremo que con frecuencia no sabríamos qué hacer si no los tuviéramos a nuestro alcance. "Esos jodidos japoneses, qué fuerza tienen", decía mi abuelo, lo que a mí siempre me creó en la infancia la sensación de que, efectivamente, eran los más fuertes del mundo.
De ahí que cuanto ocurra en Japón nos interesa porque de alguna manera ha de repercutir en el mundo y en su trayectoria. Por esa razón conviene reseñar el significado que tiene la victoria del Partido Demócrata, que acaba de ganar las elecciones, desalojando del poder al Partido Liberal, que ha gobernado el país durante 54 años. No es, desde luego, una revolución pero reviste, en mi opinión, una enorme trascendencia. Aconsejo leer el artículo publicado en la prensa española por el líder de la opción ganadora, Yukio Hatoyama, que en breve será primer ministro. Reconozco que su lectura me impresionó, por el lenguaje utilizado, por las ideas expuestas, por la coherencia de su pensamiento, por la actitud ética que transmite y por la sensación de cambio que en él se planteaba, y que en cierto modo supone, como se ha señalado por algunos medios europeos, “la entrada del Japón en una era nueva”.
Aparte de someter a revisión el modelo económico hasta ahora dominante, llama la atención la envergadura de las medidas sociales previstas: ayuda a las familias con hijos en edad escolar, protección a los hogares monoparentales, garantías para las personas jubiladas, apoyo a los pequeños agricultores, medidas a favor de los trabajadores, etc. Las criticas formuladas por el Keidanren, la principal organización patronal japonesa, demuestran la dimensión del viraje producido y la actitud de sorpresa provocada por una victoria que, aunque posible, no estaba asegurada. Habrá que seguir el proceso para ver hasta dónde llega y con qué problemas habrá de enfrentarse en una sociedad demasiado rígida y sometida durante décadas a patrones de gestión que relegaban a un segundo plano la dimensión social de las decisiones.
Varias preguntas parecen pertinentes: ¿asistimos en Japón a un fenómeno político similar al experimentado en los Estados Unidos?, ¿son en ambos casos el reflejo de una actitud crítica de las sociedades frente a los efectos más perjudiciales de la globalización?, ¿supone en los espacios afectados por el liberalismo a ultranza una recuperación de las posiciones defensoras del Estado del bienestar o, cuando menos, de no abandonar en tiempos de crisis los principios que abogan por la solidaridad con los más desfavorecidos?. Cuando Yukio Hatoyama tituló el articulo al que me he referido como «La llave de la fraternidad» es obvio que estaba pensando en algo más que en mantener una línea de acción basada en las premisas y en los objetivos del sálvese quien pueda.
Imagen: Perspectiva de Tokyo desde el Ayuntamiento, en el barrio de Shinjuku (2007)
Siempre hay una primera vez para crear precedentes que pueden servir como experiencias aleccionadoras. Así se avanza en la historia y así se ponen en evidencia hasta qué punto hechos y circunstancias que parecían inamovibles pueden ser sometidos a revisión sin que el mundo se detenga ni hagan su aparición los jinetes del Apocalipsis. Más bien al contrario, todo tan sencillo y lógico como lo que acaba de suceder en el municipio de La Iruela, en la provincia andaluza de Jaén, donde nuestro compañero y amigo Cornelivs despliega sus muchas habilidades.
Es un municipio hermoso, con su inconfundible silueta marcada por un esbelto castillo medieval y en el que es posible apreciar las bellezas de la Sierra de Cazorla y los paisajes espectaculares enriquecidos por una naturaleza sorprendente, que cuenta entre sus muchos valores con el nacimiento del río Guadalquivir. La recuerdo cuando la visité hace tres primaveras, coincidiendo con esa etapa de explosión natural que ese Parque ofrece hasta hacerla inolvidable.
Si visitar Cazorla y ese municipio, con sus pedanías de Burunchel y Arroyo Frio, siempre ha merecido la pena, ahora lo es más porque su ayuntamiento ha tomado una iniciativa que no puede ser pasada por alto. Ha decidido, en estos momentos de crisis y angustia laboral, destinar el dinero presupuestado para las fiestas taurinas – 30.000 euros -a contratar a doce parados del pueblo durante dos semanas. Es la primera vez , que yo sepa, que en España ocurre una cosa así. En el país donde raramente se concibe la fiesta sin toros en sus más diversas modalidades de manifestación, y casi siempre con riesgos y con las expresiones de crueldad más lamentables, esa decisión ha de ser calificada, cuando menos, de valiente, audaz y solidaria. Basta de toros cuando el dinero escasea y hay quienes lo están pasando mal: algo así ha debido pensar los que gobiernan ese lugar.
Ha abierto debate y suscitado controversia, como no podía ser de otro modo. Opiniones encontradas en torno a un tema que incide claramente sobre los bolsillos de unos, los que se oponen de manera furibunda, y la sensibilidad de cuantos avalan una iniciativa que sin duda tiene gran calado. Y que, más allá de la disyuntiva entre toros sí y toros no, ¿no creen que la postura de José Antonio Olivares, alcalde de La Iruela, supone un desafío a la hora de plantear que otro modelo de fiesta es posible sin depender necesariamente del recurso inevitable al toro como elemento de distracción cuando no de barbarie?.
Romper el silencio, denunciar la injusticia, revelar la magnitud de la barbarie, denunciar ante el mundo la ignominia de unos gobernantes que incumplen sistemáticamente la legislación internacional, los convenios de defensa de los derechos humanos, los principios básicos en los que se sustenta el respeto a la dignidad de las personas. Poner en evidencia, en fin, las actuaciones cometidas como crímenes de guerra, tal y como están definidos en la Convención de Ginebra y en el Código Penal. Todo eso ocurre, como es bien sabido, en Israel y en Israel ha surgido y se difunde por el mundo el clamor de los soldados israelíes que abominan de tanta crueldad, de tanta arrogancia y de tanta muerte y humillación.
BREAKING THE SILENCE (Rompiendo el silencio). Con este nombre se conoce, y debiera conocerse aún más, la iniciativa llevada a cabo por un grupo de militares que han decidido agruparse para dar a conocer sin tapujos los crímenes de los que fueron testigos durante la ocupación y destrucción de la franja de Gaza a comienzos de este año, y a la que en su momento aludí reiteradamente en este blog. Recomiendo seguir este espacio de esclarecimiento de una realidad que, no por conocida, se nos antoja cada día más atroz e inadmisible.
Sabemos que el gobierno de Israel está tratando de que los países europeos boicoteen este proyecto dedicado a la revelación de unos hechos que no pueden ni deben ser ignorados. Pero no es posible poner puertas al campo e impedir que en la red de redes el mundo conozca lo que allí ocurrió, como una demostración de la voluntad de que la barbarie y la voluntad de exterminio de la realidad palestina, allí donde se produzca, no puede quedar oculta ni, en la medida de lo posible, impune.
Hay un tipo por ahí que atiende por Pio Moa, o algo por estilo, que ha hecho de la infamia, la mentira y el odio su negociete particular. De terrorista del GRAPO, y participe de uno de los episodios más sórdidos del periodo a la transición democrática en España, ha devenido el personaje en palanganero sin rubor ni escrúpulos del franquismo, de la dictadura y de los crímenes cometidos por Francisco Franco Bahamonde durante los casi cuarenta años que duró su régimen de muerte, represión y corrupción. “Hay gente pa tó” que dijo una vez el torero El Gallo, por lo que nada tiene de extraño que a veces uno se tope con siniestros individuos como el que nos ocupa, que vive de engañar a incautos y de seducir los oídos de quienes aún añoran a aquel general de voz atiplada, mediocre, astuto y despiadado que nació en El Ferrol, y que ganó una guerra civil con ayuda de los nazis y los fascistas en la época más siniestra de la historia europea.
Ni una línea de atención debe merecer ese tal Moa, que dice lo que dice porque lo puede decir en un pais libre como el nuestro aunque todo lo que sale de su pluma y de su boca sólo está motivado por el deseo de lucrarse mediante la provocación, la manipulación, la mentira y la ignominia. Nada hubiera dicho yo de él - ya que frente a tanta infamia solo cabe la indiferencia- de no ser por el deseo de denunciar hasta qué punto puede llegar la mezquindad y la miseria moral de los terroristas presuntamente de izquierda reciclados en defensores del fascismo, de sus corruptelas y crímenes cuando, como acaba de hacer este indecente mercenario, justifica el asesinato de las trece muchachas, varias de ellas menores de edad, que fueron fusiladas en Madrid el 5 de Agosto de 1939, después de un juicio sumarísimo sin ninguna garantía y con la finalidad de aterrorizar a la población una vez finalizada la guerra. Sin prueba alguna, como acostumbra a su antojo ese cronista de pacotilla, el antiguo miembro de El GRAPO aplaude babosamente el fusilamiento de esas mujeres - las conocidas como las Trece Rosas - a las que acusa de asesinas en un libelo del que me he enterado a través de Público.
Tal comentario ha bastado para ratificar aún más la catadura moral y política de un sujeto que vive de la provocación con la única finalidad de hacer caja. Olvídense de él, que nada vale. Y si lo que desean es conocer mejor lo que realmente sucedió, como un episodio representativo de lo que fue el franquismo en sus primeros momentos, echen un vistazo al excelente libro sobre el tema de Jesús Ferrero, editado por Siruela (2003), o vayan a ver la película dirigida por Emilio Martinez Lázaro con guión de Ignacio Martínez de Pisón. En definitiva, huyan de la basura y conozcan la historia a partir de los que tienen dignidad y credibilidad para contarla.
Imagen: Recuerdo a las treces mujeres asesinadas en el cementerio mjunicipal de La Almudena (Madrid); cartel de la pelicula que sobre el tema ha dirigido Emilio Martínez Lázaro
Pasa el tiempo y las nubes en Honduras siguen ocultando el horizonte hacia el que se encamina el país. Tras los encuentros y las declaraciones a favor de la democracia y de apoyo al Presidente legítimo, Manuel Zelaya, con visita incluida a la Secretaría de Estado norteamericana, un panorama de confusión e incertidumbre se cierne sobre el muy pobre país centroamericano.
Kapucinski lo ejemplificó como el ejemplo del lugar donde nunca pasa nada, del territorio sumido en la inercia y el silencio, el mismo que se percibe cuando se visitan las ruinas mayas de Copán. Los analistas más críticos han hecho de él la manifestación más clara de lo que es y significa una república bananera, sumisa, dócil, plegada a los intereses de la United Fruits Corp. y bajo la tutela implacable de un Ejército corrupto que tolera la democracia porque ésta jamás pone en peligro sus privilegios, a ultranza defendidos por una clase política civil que nunca había levantado la voz ante el ordeno y mando de los milicos, siempre servil a los intereses de los grandes hacendados, que a comienzos de los ochenta plantearon la posibilidad de convertir a Honduras en Estado Libre Asociado a Estados Unidos.
Manuel Zelaya era uno de éstos, hasta que de pronto se dio cuenta de que en Guatemala, el Salvador y Nicaragua, amén de la mayor parte de los países del Cono Sur, soplaban vientos de reforma, tímidos y cautelosos, pero resueltos a cambiar el rumbo de una historia que hasta entonces carecía de interés. En Noviembre de 2008, estando yo en La Antigua, Zelaya hizo unas declaraciones en un periódico de Guatemala que ponían en evidencia su voluntad de sintonizar con principios y líneas de acción sensibles a la realidad de una sociedad marcada por la injusticia y las desigualdades más pavorosas. El periodista le preguntó: “¿no cree usted que con esa orientación puede soliviantar a quienes realmente controlan su país?. La respuesta fue contundente: “confío en mi país y en el nuevo presidente de los Estados Unidos. No quiero hacer una revolución, quiero que Honduras deje de ser el país que ha sido para convertirse en el pais de todos los hondureños”. La victoria de Obama le dio alas para pensar que podía levantar el vuelo, poniendo en marcha una alianza con los países del ALBA, liderados por el singular presidente de la República bolivariana de Venezuela. La dependencia de Honduras respecto a Estados Unidos ha sido tal, que nunca podría haberse replanteado una estrategia sin vislumbrar la reacción del poderoso vecino del Norte.
¿Cometió un error convocando el referéndum no consultivo para la reforma constitucional de cara a prever la posibilidad de un segundo mandato? No. Todos sabían que ese referéndum era testimonial y no podía alterar las reglas del juego salvo que el Parlamento decidiera revisarlas. Ha sido quizá un farol, un intento voluntarista de aproximación al pueblo adormecido, aunque se haya convertido en el pretexto utilizado por los milicos para ponerle de patitas en la calle y dar un golpe de Estado antidemocrático sin paliativos. Han vulnerado la ley y han retomado el viejo estilo de las repúblicas bananeras de toda la vida.
Pasa el tiempo y Zelaya sobrevuela el cielo hondureño o permanece en la antesala de los paises vecinos, a la espera de un regreso que se demora día a día. El que espera, desespera. Todo queda en manos de Oscar Arias, el costarricense sonriente que aplica su poder de arbitraje mediante una actitud de equidistancia hacia Zelaya y los golpistass, que, me temo, no le va a salir bien. Un equilibrio de todo punto inadmisible, pues coloca en posición de igualdad dos hechos que no son comparables. De esa forma, la situación está encallada y se encamina a medida que pasan los días hacia la ratificación del poder golpista en la modesta casa presidencial de Tegucigalpa (en apariencia, la menos presidencial de cuantas puedan verse en nuestro mundo). Sólo una actitud de firmeza frente al golpismo puede resolver ese laberinto. Mientras perviva la tibieza o la predisposición voluntaria hacia una imposible solución conciliatoria, la suerte está echada a favor de Micheletti y sus secuaces.
En la imagen, perspectiva de Tegucigalpa, capital de la República de Honduras
Hay que reconocer que lo que está diciendo y manifestando Barack Obama no deja de sorprendernos. Seguirle en su periplo por el mundo constituye una experiencia fascinante por lo que tiene de revelación de una imagen y un discurso que jamás habíamos visto y oido en un Presidente de los Estados Unidos. Quien quiera ver en ello un simple cambio de estilo, un simple lavado de cara, posiblemente se equivoque, pues da la impresión de que el actual inquilino de la Casa Blanca pretende sinceramente que su paso por la presidencia norteamericana vaya asociado a conceptos, ideas y estrategias que entienden el mundo desde una perspectiva más libre, más multilateral, más autocrítica y más solidaria. Se ha erigido, quizá sin quererlo expresamente, en el político con mayor credibilidad en el momento actual, por supuesto mucho más reconocido y digno de consideración que sus colegas europeos, que parecen sumidos en la banalidad de la sonrisa, en la inercia y en el disimulo, y, lo que es peor, en la falta de ideas e iniciativas con verdadera consistencia.
Me ha llamado mucho la atención el viaje de Obama a África. Que yo recuerde ningún dirigente occidental ha dicho las cosas que ha lanzado a los cuatro vientos, con la mirada puesta en ese espacio desolado, el hijo del abogado keniata. El apoyo de las sociedades africanas ha sido multitudinario y las declaraciones recogidas en los medios asombran por su admiración. ¿Es el valor de la negritud?, ¿es el orgullo por el hecho de que un negro haya llegado a donde ha llegado?, ¿es la muestra de agradecimiento por una visita que ninguno de sus predecesores ha llevado a cabo y en los términos en que éste lo ha hecho?, ¿es la necesidad de sentirse atendidos por un líder mundial, cuando los otros sólo entienden África como el continente abandonado a su suerte y sometido al expolio sin miramientos?. Puede que sea eso, aunque quizá no lo es todo.
A mi modo de ver, una de las ideas más llamativas ha sido la que le ha llevado a animar al continente africano a recuperar el poder transformador de los movimientos de independencia, de aquella etapa en la que emergieron los grandes dirigentes – Lumumba, Nkrumah, Nyerere, Ben Bella, Machel….- que pusieron a África en el mundo y que, por un momento, llevaron a pensar en un futuro prometedor y de expectativas imprevisibles en su historia. Mas lo cierto es que de una u otra manera todos ellos fueron arrumbados por las antiguas potencias coloniales, jamás dispuestas a aceptar las “veleidades nacionalistas de unos ignorantes”, como los calificó el rey Balduino de Bélgica.
Fue una actitud plenamente compartida y defendida por la CIA y la Casa Blanca hasta el punto de que ninguna opción defensora de aquel “poder transformador” que hoy reivindica Obama llegó a consolidarse. De ahí el extraordinario significado de sus palabras cuando, tras recordar la importancia de su viaje como la expresión de un “retorno simbólico a la tierra africana” de la que procede, destacó que “el siglo XXI no se decidirá por lo que pase en Moscú, Roma o Washington, sino también por lo que pase en Accra”, es decir, en la capital de la antiguia Costa de Oro que fue el primer pais del continente en acceder a la independencia tras la descolonización.
Nunca pensé que esta semana, transcurrida en Barcelona, me iba a proporcionar experiencias tan intensas como contradictorias. Viajar a Cataluña nunca ha sido para mí un hecho rutinario ni irrelevante. Aunque el motivo del viaje ha tenido que ver con cuestiones de carácter académico y profesional, reconozco que la toma de contacto con la realidad catalana me supone una llamada de atención sobre un sinfín de aspectos, que de una u otra manera acaban dejando huella en el sentimiento y en la memoria.
Gracias a la generosa iniciativa y al encomiable esfuerzo de mi colega de la Universidad de Barcelona, Joan Eugeni Sánchez, he tenido la oportunidad de analizar y ver de cerca los cambios - económicos, sociales y urbanísticos - que están teniendo lugar en esa ciudad y en su impresionante área metropolitana. He visto de cerca el proceso de transformación del Poble Nou, la modernización urbanística de L’Hospitalet, el proyecto de reestructuración del espacio conocido como 22@, las actuaciones llevadas a cabo en la comarca del Vallés, con atención especial a San Cugat, Cerdanyola y Sabadell….. En fin, los encuentros y los debates en torno a las nuevas perspectivas en que se inscribe el futuro de Barcelona y su área de influencia me han permitido ponerme al día, refrescar los análisis, someter a valoración crítica lo que hay que de realidad y lo que, en cambio, permanece sumido en las buenas intenciones.
Y es que Barcelona siempre aporta cosas nuevas, provoca curiosidad e induce a la reflexión. No en vano, sigue siendo esa “ciudad de los prodigios”, que con tanta expresividad describió hace tiempo Eduardo Mendoza en una novela que nadie interesado en la Cataluña y en la España moderna debiera dejar de leer. Me gusta de vez en cuando aproximarme a Barcelona con afán de descubrir cosas nuevas y de hacerlo además con esa mezcla de reconocimiento y espíritu crítico tan necesarios para asumir lo que de positivo tiene esa aglomeración tan activa aunque dejando también claro que, como en todo, siempre hay que retirar el barniz para fijarse con detalle en lo que verdaderamente crea aportaciones que merecen ser tenidas en cuenta.
Estando en Barcelona he asistido, en las conversaciones mantenidas, a la aprobación de la Ley de Educación, que voy a analizar a fondo antes de opinar sobre ella, porque encierra más miga de la que parece, he visitado la magnífica exposición sobre Ildefonso Cerdá, el gran arquitecto del Ensanche, en la Diputación, he visto de cerca los entusiasmos suscitados por el primer concierto de U2, he comentado los éxitos futbolísticos del Barça y la deriva de este deporte en España cuando se inicia la versión corregida y aumentada, de la segunda etapa de Florentino Pérez y su feria de las vanidades, y de pronto me he topado con lo que significa la pérdida cultural a raiz del fallecimiento de Baltasar Porcel, quien, como mi amigo Julio Valdeón, se ha ido para siempre a los 72 años y a las 19,15 de una tarde de comienzos del verano.
Nunca le conocí, pero he de reconocer que dejó huella en mí cuando casualmente encontré su obra sobre “Los chuetas de Mallorca, quince siglos de racismo”, que puso al descubierto la tragedia histórica de los judíos de Baleares. Me gustó mucho también su biografía de Josep Tarradellas, el presidente de la Generalitat que regresó del exilio, y curiosamente no hace mucho llegó a mis manos, como obsequio inmerecido, su última novela, Cada castell i totes les sombres, que esperaba poder leer este verano y que haré sin duda como homenaje y recuerdo a uno de los autores que mejor supo entender, descubrir y proyectar lo que se esconde en el entorno maravilloso del Mediterráneo. Regreso a casa conmocionado por la noticia y con la sensación de que hoy sé mucho más de lo que sabía cuando hace una semana fui a Barcelona con el propósito de conocerla mejor.
Imágenes: ¿Qué mejor resumen del pensamiento y la forma de entender la mentalidad y la actitud ante la vida de la burguesía catalana que este texto destacado en la exposición sobre Ildefonso Cerdá que ha tenido lugar en la Diputación de Barcelona?. Admirador ferviente de su obra, deseo con esta referencia sumarme al reconocimiento de una de las más brillantes personalidades en la nueva concepción del urbanismo en la segunda mitad del siglo XIX.