En 2026 el mundo conmemora el bicentenario de un invento que transformó la relación del ser humano con la realidad que le rodea. En el otoño de 1826 Nicéphore Niépce realizó la primera fotografía permanente conocida, «Punto de vista desde la ventana en Le Gras», captada desde la ventana de su propiedad en Borgoña tras varias horas de exposición sobre una placa de estaño recubierta de betún de Judea. Con esta imagen nacieron tanto un arte como una técnica, que modeló para siempre el sentido de la percepción humana del tiempo y del espacio. No podemos pasar por alto tan decisivo descubrimiento.
Antes de Niépce, la imagen del mundo dependía enteramente de la mano humana a través de la pintura, el dibujo o el grabado. La fotografía introduce una ruptura radical, decisiva en todos los órdenes del arte y la sensibilidad. Por primera vez, la luz misma se inscribe para quedar fijada para siempre en una superficie sensible sin la mediación de un gesto artístico dando origen a una objetividad que fascinó tanto como inquietó a los contemporáneos.
Este planteamiento encuentra un eco particular en las prácticas artísticas, en las que la imagen ya no es meramente reproductora, sino generadora de sentido y de experiencias plurales. Los nuevos enfoques aportados por la realidad fotografiada difuminan la frontera entre el sujeto que percibe y el objeto percibido, propiciando una circulación de la mirada que desplaza tanto la posición del espectador como la del artífice de la imagen. No en vano, más que un simple vehículo de representaciones, la imagen actúa como un agente, cultural e incluso psicológico, que desplaza los límites de lo pensable y de lo visible, atravesando los registros de la memoria y de la fantasía creativa para abrirse a la proyección social, con la valorización y el reconocimiento que ello representa.
Doscientos años después de su invención, la fotografía atraviesa una nueva etapa de su historia. En la era de la IA y lo digital, las imágenes se crean, se manipulan y se difunden a una velocidad sin precedentes. Lejos de limitarse a representar la realidad, la cuestionan y la recomponen, aunque ello no ponga en entredicho el valor de la fotografía como algo perenne, inevitablemente ajustado a las transformaciones que establecen las innovaciones técnicas.
Pues, en esencia y a la postre, cabe preguntarse: ¿Qué es, en realidad, una imagen fotográfica? Sugiero que no se reduce a su materialidad ni a su función de representación. Se impone en el imaginario, atraviesa nuestros afectos y, a veces, perturba nuestras referencias. Más allá de la apariencia inmediata, cada imagen encierra un enigma, un deseo latente que busca expresarse u ocultarse. Entre la mirada y el objeto visto se despliega una tensión, una dinámica de lo visible y lo invisible, de lo expresado tanto de manera explícita como implícita.

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