Del mismo modo que es imposible entender el Uruguay sin leer a Mario Benedetti o nos resultaria complicado desentrañar las particularidades y misterios de Colombia, México, Argentina, Brasil, Guatemala o Paraguay sin ahondar en los personajes y en las experiencias, casi siempre increíbles, que nos describen, respectivamente, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, Jorge Amado, Miguel Angel Asturias o Augusto Roa Bastos (aunque no habría que olvidar a la impresionante generación de escritores que les han sucedido)…¿cómo descubrir la realidad peruana sin tomar contacto con las vivencias que han salido de la pluma y de la mente de Mario Vargas Llosa en las novelas de su primera época, y que siguen deslumbrando todavía?
Hay quien dice que todos los países de Latinoamérica son similares y que las realidades que en ellos existen aparecen repartidas por doquier. Es una afirmación que comparto pero también es cierto que las experiencias políticas respectivas, las trayectorias culturales, los hechos insólitos que crean singularidades e incluso los rasgos de sus paisajes acaban matizando ese mosaico de afinidades y contrastes, de semejanzas y matices marcados de ese mundo sorprendente en el que carece de sentido cualquier intento de simplificación.
De Mario Vargas Llosa se está hablando mucho y bien en estos días, en los que personalmente me sumo al vendaval de elogios y reconocimientos merecidos hacia uno de los mejores narradores de nuestro tiempo. Aludiré exclusivamente a ella, ya que no aplaudo esa postura selectiva por la defensa de los derechos humanos, en la que contrastan sus críticas, muchas veces justificadas, hacia regímenes de izquierda con los clamorosos silencios hacia las violaciones cometidas en otros como Colombia u Honduras, de los que jamás ha hablado. No recuerdo haber leido de Vargas Llosa escritos alusivos en sentido crítico hacia los regímenes conservadores latinoamericanos.
Su capacidad de inventiva y su calidad de expresión literaria son, en cambio, asombrosas. Enhorabuena al maestro que escribe de maravilla y que nos ha dejado obras imperecederas. Pero, para mí, en este escenario de apologías múltiples y justificadas, cobra especial sentido el impacto que hace años me produjo, leyendo “Conversaciones en la Catedral ”, la pregunta contundente que Santiago Zavala, el protagonista de la obra, se hacía, a la espera de una respuesta que admite multitud de perspectivas: “¿En qué momento se jodió el Perú?”.
No es fácil compendiar en una sola frase lo que es todo un tratado de historia, geografía, pensamiento y sensibilidad política. La lectura de esa obra, y en concreto de esa frase, me descubrió la figura de Vargas Llosa, hasta el punto de que, siendo en aquella época (1969) responsable de la Biblioteca del Colegio Mayor Santa Cruz de la Universidad de Valladolid, organicé una serie de encuentros - comenzando con un interesantísimo debate sobre "La ciudad y los perros", al que siguió otro, aún más concurrido, sobre "Pantaleón y las visitadoras" - destinados a conocer mejor al impactante escritor peruano, hasta conseguir que la dirección del Centro financiase la adquisición de todos los títulos de Vargas Llosa editados hasta entonces en España. Y allí siguen todavía aquellas primeras ediciones, hoy inencontrables.
La frase se ha convertido en un tópico, en un latiguillo que sale de la boca cuando uno se encuentra con algún peruano a lo largo y ancho del mundo. Es una frase que no molesta, que se entiende casi como un cumplido, como el punto de inicio de una conversación que puede llegar a dar mucho de sí. Aparece de cuando en cuando adornando, como “pintada” inexcusable, los muros de las Universidades peruanas y de las calles de ciudades, grandes y pequeñas. Pero lo importante es que nadie olvida que esa expresión nació de la literatura, de la preocupación de un escritor peruano por su tierra, de alguien que ha recorrido el mundo sin descanso, que es afable y conversador genial, aunque el tono formal de su mensaje cambia cuando alude a su propio país, a sus raices, a ese mundo jodido que sigue percibiendo cuando se acerca a Lima, a Ayacucho, a Cuzco o a su Arequipa natal.
Quizá, cuando se lo encuentren en cualquier lugar del mundo, pocos serán los que le recuerden la pregunta de Santiago Zavala, a sabiendas de que no le van a incomodar por ello, pues seguramente el flamante premio Nobel de Literatura tiene conciencia muy clara de que ese interrogante, que es al tiempo exclamación, ha abierto respuestas en Perú para todos los gustos. No hay como formularla en cualquier reunión con peruanos para de pronto asistir, asombrados, a espectaculares clases de historia y de política que sobrecogen por lo tremendas y desoladoras que son.










