El acuerdo comercial suscrito por Canadá y China (16.1.26) tiene un significado relevante. Puede interpretarse, en mi opinión, como indicio de un sensible viraje en el sistema de alianzas que tal vez tienden a tejerse en el mundo como reacción a las amenazas, extorsiones y chantajismo de toda laya que Donald Trump trata de imponer, demostrando así que precisamente el mundo es, por fortuna, mucho más que Estados Unidos. El pacto supone un giro histórico en las relaciones entre Canadá y el mayor rival de Estados Unidos.
Canadá, país cuyo territorio también es ambicionado por la política agresiva e imperialista de Trump, ha puesto pie en pared al acometer la estrategia que más daño puede ocasionar a su impúdico vecino del Sur. El hecho de abrirse al establecimiento de alianzas con quien Estados Unidos considera su principal competidor y el factor determinante de su rivalidad a nivel mundial, y particularmente en América Latina y el espacio Ártico, el Gobierno canadiense marca una pauta orientativa susceptible de ser tenida en cuenta asimismo por la Unión Europea, como una opción capaz de neutralizar la hegemonía estadounidense y sus pretensiones de desestabilización de las reglas - económicas, políticas y jurídicas - del mundo. Y no me refiero exclusivamente a la relación con China, que habría que plantear con cautela, sino también con el grupo de países - Brasil, India, Sudáfrica - que ostentan ya una fortaleza específica en la economía global.
Y es que el contrapeso que ese rumbo puede ocasionar a la economía y el comercio de Estados Unidos en el mundo, sin descartar la posibilidad de que pueda afectar a la primacía del dólar como unidad de cuenta en las transacciones comerciales, tal vez sea el instrumento aleccionador que pueda ejercer la función de advertencia correctora a la barbarie desplegada por el cómplice del genocidio israelí e impostado "Premio Nobel de la Paz".
En cualquier caso, un interesante tema para el debate.
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