17 de octubre de 2026

Una reflexión sobre la soledad y sus impactos socio-espaciales, psicológicos y políticos


Es silenciosa y, la mayor parte del tiempo, invisible. Una ola de soledad crece en el mundo, y en particular en las sociedades occidentales. Incluso cuando estamos físicamente rodeados de gente se extiende la sensación de no ser realmente vistos ni escuchados ni atendidos. Para explicarlo, se suele responsabilizar a las personas. Se dice que son egoístas, proclives a la incomunicación y al aislamiento, adictos a las pantallas e incapaces de asumir compromisos colectivos por más que en ocasiones, como ocurre hoy en las plazas de España o estamos viendo en Paris, Bruselas, en la Union Square de New York, cristalicen en movilizaciones activas provocadas por la rabia justificada, por la frustración y la sensación de enfrentarse a horizontes de vida desesperanzados. Justificadamente reclaman un "futuro garantizado", como ha señalado Daniel Cohn-Bendit, sesenta años después de la rebelión de Mayo del 68 de la fue un líder indiscutible.
Opino que el surgimiento de esta sociedad de la soledad es, ante todo, el resultado de un vasto desmantelamiento, lamentablemente planificado: la erosión de los espacios públicos, el aumento de la precariedad y de las situaciones de vulnerabilidad, la cultura de la competitividad y la competencia a toda costa, los sesgos productivistas de una educación no integral, el apogeo de las ideologías de exclusión y rechazo al diferente, la destrucción de los colectivos laborales... Aunque a menudo se percibe como una vivencia personal, la soledad resulta ser, me temo, una condición y una tendencia compartidas.
Las consecuencias pueden ser devastadoras, como bien se percibe en la desestructuración de las ciudades, en el vaciamiento del mundo rural y en la obsesión por el narcisismo y el sálvese quien pueda. Si bien afecta gravemente a la salud física y mental, constituye sobre todo una amenaza para nuestras democracias, como vamos a observar en el proceso electoral que se inicia en España, oscurecido por el bulo, el insulto y la mediocridad, de lo que algunos y algunas alardean, de palabra y por escrito, sin pudor. Y es que a ciertas fuerzas no les interesa detener la maquinaria: la soledad representa hoy una lucrativa cuota de mercado y tampoco es ajena al auge de la extrema derecha. Hemos permitido que esta capitalice el sentimiento de no poder apoyarse en nadie y de tener que desconfiar de todos

15 de octubre de 2026

Visita del Jefe del Estado al cementerio musulmán de Ceuta


 En tres ocasiones visité el cementerio musulmán de Sidi Embarek, en el increíble barrio de Los Rosales, a lo largo de los doce meses en los que viví en Ceuta cumpliendo como artillero el servicio militar en el año 1971. Lo visité junto a varios compañeros soldados con el fin de descubrir y conocer un espacio que realmente sobrecoge y que atraía, motivados por el deseo de tomar conciencia del espacio en el que estábamos viviendo. Escribí sobre esas visitas, cada una con sus matices, una reflexión que dejé olvidada en el cuartel.

Aludo a esta experiencia porque revive en mi memoria al observar la visita realizada por el Jefe del Estado y su esposa a un lugar que sólo suscita silencio y respeto. Ante este impresionante escenario, repleto de tumbas identificadas con un número y con ausencia total de nombres, referencias personales o simbología religiosa, los Reyes de España han tomado una iniciativa que los engrandece, a ellos y al país. Después de la tragedia vivida, y aún no superada, el que las máximas autoridades del Estado hayan dedicado una parte de su tiempo a contemplar ese panorama con actitud de recogimiento dice mucho, en mi opinión, de su calidad humana y sensibilidad. Lo han hecho solos, sumergidos en las sensaciones que provoca la escena de la muerte masiva en un entorno tan lleno de enseñanzas y advertencias históricamente dolorosas como es el Estrecho de Gibraltar.
Más allá de las sensibilidades monárquicas o republicanas que cada cual, respetablemente, pueda tener, no hay que pasar por el alto el hecho de que, hasta la fecha y que yo sepa, ningún Jefe de Estado con experiencias históricas coloniales en el mundo se ha dirigido, rindiendo visita y el homenaje que todos los seres humanos merecen, al lugar donde yacen los que arriesgaron su vida, y con independencia de la responsabilidades atribuibles al proceso migratorio ocurrido, en busca de una vida mejor.

13 de octubre de 2026

Escepticismo ante la unión de la izquierda en España

 El pasado domingo entrevistaron a Pablo Iglesias Turrión en TVE. Petulancia aparte, su clarividencia de otrora ha quedado ya meramente sesgada en pro del interés indisimulado por el futuro de su compañera, Irene Montero, a la que considera la quintaesencia acrisolada de la mejor izquierda. Justificó su pacto meramente personal, sin recurrir a primarias, con Gabriel Rufián, que no con Esquerra Republicana de Catalunya, con el argumento de que era, según Iglesias, el más Ilusionante que se podía conseguir, el no va más en la conquista de los cielos, con el triunfo garantizado. Una ilusión que, sin embargo, y a tenor de los sondeos, no se percibe por ninguna parte.

A la postre, creo que el señor Rufián, maestro en cultivar su imagen con esmero y en transmitir más ruido que nueces, ha aceptado ese acuerdo porque le favorece personalmente y afianza su posición en ERC, su principal y quizá única motivación, cuando él mismo se encuentra en horas bajas en su partido y lo necesitaba para demostrar su valía y amplitud de miras más allá de Cataluña siempre con la idea de que la proyección española avalaba su afianzamiento en el espacio nordestino. Pero no creo que se empeñe o implique demasiado en la estrategia de Podemos, que, conforme con asegurar el escaño de Montero y Belarra, que es lo que realmente interesa, se encamina definitivamente a la marginalidad irreversible - ¿recuerdan que en las generales de 2015 obtuvo 69 diputados con el 20,7 por 100 de apoyo electoral? - haciendo un flaco favor a la unidad de la izquierda, quizá porque entiende que en ese proyecto unitario la inconmensurable figura de Irene Montero podria quedar eclipsada. O los demás se pliegan a sus primarias, convencida de que no ponen en riesgo su liderazgo, o no tienen nada que hacer. Antes cabeza de ratón que cola de león.
Nada nuevo bajo el sol de un sector de la izquierda al que alcanzar el cielo la queda cada vez más lejos. Ni Rufian ni Iglesias ni Montero se han equivocado. Tras jugar a marear la perdiz, y dando la apariencia de voluntad en pro de la unidad quimérica de una izquierda que conciben en posición subordinada, han hecho lo que siempre habían pensado y decidido hacer: sentarse otros cuatro años más en la Carrera de San Jerónimo
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