Es silenciosa y, la mayor parte del tiempo, invisible. Una ola de soledad crece en el mundo, y en particular en las sociedades occidentales. Incluso cuando estamos físicamente rodeados de gente se extiende la sensación de no ser realmente vistos ni escuchados ni atendidos. Para explicarlo, se suele responsabilizar a las personas. Se dice que son egoístas, proclives a la incomunicación y al aislamiento, adictos a las pantallas e incapaces de asumir compromisos colectivos por más que en ocasiones, como ocurre hoy en las plazas de España o estamos viendo en Paris, Bruselas, en la Union Square de New York, cristalicen en movilizaciones activas provocadas por la rabia justificada, por la frustración y la sensación de enfrentarse a horizontes de vida desesperanzados. Justificadamente reclaman un "futuro garantizado", como ha señalado Daniel Cohn-Bendit, sesenta años después de la rebelión de Mayo del 68 de la fue un líder indiscutible.
Opino que el surgimiento de esta sociedad de la soledad es, ante todo, el resultado de un vasto desmantelamiento, lamentablemente planificado: la erosión de los espacios públicos, el aumento de la precariedad y de las situaciones de vulnerabilidad, la cultura de la competitividad y la competencia a toda costa, los sesgos productivistas de una educación no integral, el apogeo de las ideologías de exclusión y rechazo al diferente, la destrucción de los colectivos laborales... Aunque a menudo se percibe como una vivencia personal, la soledad resulta ser, me temo, una condición y una tendencia compartidas.
Las consecuencias pueden ser devastadoras, como bien se percibe en la desestructuración de las ciudades, en el vaciamiento del mundo rural y en la obsesión por el narcisismo y el sálvese quien pueda. Si bien afecta gravemente a la salud física y mental, constituye sobre todo una amenaza para nuestras democracias, como vamos a observar en el proceso electoral que se inicia en España, oscurecido por el bulo, el insulto y la mediocridad, de lo que algunos y algunas alardean, de palabra y por escrito, sin pudor. Y es que a ciertas fuerzas no les interesa detener la maquinaria: la soledad representa hoy una lucrativa cuota de mercado y tampoco es ajena al auge de la extrema derecha. Hemos permitido que esta capitalice el sentimiento de no poder apoyarse en nadie y de tener que desconfiar de todos
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