Tal vez convendría tener un debate sobre el significado de las transformaciones producidas en el mundo rural y sus implicaciones demográficas, económicas y ambientales. Es una cuestión que acabo de abordar esta tarde con unos amigos y que desearía comentar aquí.
Y es que no dejan de llamarme la atención las invocaciones, henchidas de pesimismo, nostalgia y añoranzas, sobre un mundo lastrado por el abandono poblacional y la pérdida de una añorada identidad en contraposición a una etapa en la que las formas de aprovechamiento mostraban una simbiosis positiva, entrañable, equilibrada y estable entre la sociedad, la producción y la naturaleza: una especie de Arcadia feliz, sostenible, ya desaparecida y sumida hoy, por mor de unas fuerzas externas demoledoras, en la desolación total.
Quienes hemos conocido el mundo rural tradicional aún recordamos que esa armonía, no exenta de tensiones y precariedades, estaba muy condicionada por las limitaciones inherentes a las economías de subsistencia, al trabajo oneroso, a los azares de la climatología y a una muy deficiente calidad de vida. En las tierras de secano de mi familia, de mujeres espigadoras deslomadas, entre ellas mi madre y mi abuela, y largos días de trilla, que viví subido durante los veranos en aquellos viejos trillos de Cantalejo, y bajo un sol implacable, he visto mucha incertidumbre y muchos ojos lesionados de tanto mirar el cielo. Cuando llegaba septiembre había que pagar las deudas y no "todo era maravilloso". Al poco aparecían el frío y más incertidumbres.
Los cambios comenzaron mucho antes de la incorporación a las Comunidades Europeas y a los efectos de la "maléfica" Política Agraria Común. Por experiencia familiar tengo constancia de cómo el proceso migratorio de los primos más jóvenes, ocurrido a partir de finales de los cincuenta provocó una metamorfosis intensa en paralelo con la despoblación progresiva y con la mecanización asociada a un aumento de la productividad y a un cambio cualitativo de las condiciones de vida para quienes se mantuvieron en el campo o se fueron a vivir a la ciudad sin perder su condición de activos agrarios, al socaire de las posibilidades permitidas por la expansión del vehículo privado.
El tema da para mucho y conviene reflexionar si las decisiones adoptadas podrían haber sido otras o haberse planteado de otro modo. El tema está abierto al debate y a la clarificación de la función asignada a la ruralidad en una economía abierta a las reglas de la competitividad inexorable en una economía de mercado e interdependiente.
Es en este contexto donde, evitando caer en la aceptación acrítica de la realidad, cobra pleno sentido la reflexión de Kristen Ghodsee cuando afirma que tal vez "hemos perdido la habilidad colectiva para imaginar un mundo al margen de las lógicas del mercado". Lo dice en su interesante "Utopías cotidianas. Lo que dos mil años de experimentos pueden enseñarnos sobre vivir bien' (Capitán Swing, 2024).
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