Incluyo aquí de forma íntegra (ya que el acceso está restringido a los abonados al diario que lo publica) una de las mejores aportaciones que he leído sobre la problemática de los incendios forestales, cuyo impacto ha sido estremecedor en España en los meses de julio y agosto de 2025, como la información adjunta señala. El texto es obra de Xabier Vázquez Pumariño, prestigioso biólogo ambiental español.
Incendios invisibles, populismo y gestión fallida
Es importante desterrar los mantras del abandono y la limpieza, aceptar la renaturalización como estrategia y mantener una vigilancia continua y detallada del terreno. Los incendios en áreas silvestres son de una complejidad extraordinaria, difícil de plasmar en una breve columna con la profundidad requerida. Ahora bien, sí conviene señalar algunas cuestiones que encarrilen el debate público, porque con cada incendio se encienden fuegos aún más devastadores: el populismo acientífico y la confusión. Se ignoran datos y se abrazan lugares comunes, cuando no se emiten calculados mensajes de parte.
Uno de esos lugares comunes es el
“abandono”, palabra repetida hasta el agotamiento por políticos, periodistas y
tertulianos. ¿Cómo medimos ese abandono? A continuación, aparecen las consignas
“limpieza”, “suciedad” y “desbroce”, términos no inocentes que lo aplastan todo
dialécticamente. Pero la realidad tiene otras perspectivas: lo que
se llama suciedad o broza es biodiversidad, hábitats que sostienen flora y
fauna, sumideros de carbono.
Las cifras oficiales (y públicas)
indican que desde 1968 hasta 1999 —cuando había poco “abandono”— no se bajaba
de 100.000 hectáreas quemadas al año, con picos de más de 400.000 (1994). Hubo
significativas mejoras con el cambio de siglo, si bien con repuntes graves ocurridos en
2012, 2017 o 2022. Si el “abandono” explicase algo, las estadísticas serían muy
diferentes. En definitiva, cuando alguien introduce este comodín, podemos
pensar que no ha dedicado un gran esfuerzo a esta materia ni, probablemente,
está realmente interesado en buscar soluciones.
Las áreas más castigadas en estos
últimos días tienen elementos comunes: son frontera entre el mundo atlántico y
el mediterráneo con lluvias primaverales y otoñales, sequía estival, suelos
silíceos, vegetación fácilmente inflamable y un relieve muy accidentado. Son
sitios duros para ganarse la vida en el marco económico actual.
A esto se suma el cambio climático. El
verano se ha alargado semanas por cada extremo: empieza antes y acaba más
tarde, la temperatura es más elevada, lo que dispara la evapotranspiración y
reseca aún más la vegetación. Los inviernos se han suavizado, por lo que el
periodo de crecimiento de la vegetación es más largo. Todo ello conduce a un
punto: el fuego es la respuesta esperable de los ecosistemas a una transformación
drástica. Sorprende, con todo, la velocidad a la que está ocurriendo.
Otro error común es juntar churras con
merinas. Cuando el monte arde, lo que se quema son realidades distintas:
vegetación natural y cultivos forestales. ¿Se puede analizar del mismo modo?
Obviamente no. Y hace décadas que sabemos que apostar por especies pirófitas de
crecimiento rápido —eucaliptos, pero sobre todo pinos en buena parte de las
áreas mencionadas— siempre fue una pésima idea.
Es esencial saber que el fuego necesita
tres elementos: combustible, condiciones favorables y un factor de ignición. En
este último punto, insistir en la figura del “pirómano” es irresponsable, una
cortina de humo. Los datos son claros: la piromanía real es minoritaria; lo que
abunda son negligencias, accidentes y, de nuevo, en el noroeste, la cultura de
la “limpieza” en la que el uso del fuego sigue estando a la orden del día: se detesta
la vegetación natural y se sacraliza el pastoreo y los hechos demuestran que
este tampoco frena los grandes incendios, mucho menos los de sexta generación.
La paradoja es evidente: los terrenos
quemados son el culmen de la “limpieza”. Pero la experiencia muestra que
tampoco sirve: buena parte de lo que hoy arde ya se quemó en 2022, por ejemplo,
hace apenas tres temporadas.
¿Soluciones? Nadie debería esperar ni
ofrecer recetas definitivas. Pero sí hay caminos: desterrar de una vez los
mantras del abandono y la limpieza, aceptar la renaturalización como
estrategia, mantener una vigilancia continua y detallada, hectárea a hectárea.
Y, sobre todo, invertir mucho más en medios: desde brigadas de intervención
inmediata, hasta equipos de vigilancia, pasando por el mantenimiento de
infraestructuras como cortafuegos bien diseñados. Todo ello debe estar dotado de los recursos humanos
precisos, bien formados y dignamente pagados. Esto supone gasto
público, claro está, si bien para proteger intereses privados, los cultivos, se
podrían articular otras medidas.
Estos apuntes, que apenas rozan la
complejidad del tema, señalan una certeza: los incendios de hoy son la
expresión más evidente del fracaso de décadas de gestión del medio, empeñada en
tratar los montes como fábricas de madera o forraje. Pero los montes son, ante
todo, ecosistemas vivos.
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