22 de enero de 2016

Una propuesta de efectos concatenados y decisivos en la política española

Tengo la impresión, discutible por supuesto, de que con su particular propuesta al Partido Socialista de configurar un gobierno con Podemos e Izquierda Unida, Pablo M. Iglesias Turrión, secretario general de Podemos, HA HECHO UN INMENSO FAVOR A MARIANO RAJOY BREY. Nunca se lo agradecerá suficientemente el impasible hombre de Pontevedra. Y, ¿por qué? Me explicaré.

Lo que ha planteado Iglesias, en el fondo y en la forma, no es una propuesta de gobierno de la izquierda, sólido y apoyado en el conocimiento previo y en la confianza mutua entre las partes implicadas, sino una trágala inasumible – “te voy a hacer una propuesta que no podrás rechazar”, le dijo Vito Corleone a un compinche en El Padrino I - adobada de dosis notables de desprecio, humillación y prepotencia hacia los potenciales socios de gobierno. Más o menos en el mismo tono empleado hacia Alberto Garzón en su día, y a quien no tardaré en abatir tras servirse de él. Un estilo demasiado habitual, marca de la casa y del personaje, propio de ese "núcleo irradiador" del que se vanagloriaba Errejón, mucho más inteligente y sensato que su secretario general. No hay en ella ideas, estrategias, directrices programáticas abiertas al encuentro y al compromiso compartido. No hay espacios de respeto. Solo notoriedad e impacto calculado. Verborrea a raudales y repetitiva. El grito como método. Aparente modernidad de una política que, pretendiéndose nueva, adolece de prácticas propias de la vieja marrullería.

Expuesto el envite con el efectismo y la escenografía a las que Podemos nos tiene tan acostumbrados (“el medio es el mensaje”, afirma, imbuidos de Mac Luhan), no se percibe una voluntad constructiva y proclive a la culminación de la iniciativa siquiera sea en posiciones de igualdad. Tal y como fue presentado, lo único relevante del asunto fue su formulación con una actitud de desconfianza predeterminada y redundante hacia el destinatario ("que sea presidente es una sonrisa del destino que Pedro Sánchez me tendrá que agradecer” reveló con una actitud de enorme arrogancia y de burla excesiva hacia la trayectoria política del responsable socialista) y el propósito explícito de repartir el botín ministerial, autoasignándose sin pudor alguno las carteras más relevantes, con la intención de marcar la altura de un listón inasumible de antemano y, lo que no es menos importante, de satisfacer las expectativas pendientes de sus fichajes estrella (Rosell, Jiménez, solícitos acompañantes en la rueda de prensa de marras) y de rendir pleitesía a la señora Colau, muñidora esencial de la fortaleza adquirida, mediante la creación de un ministerio llamado de Plurinacionalidad (¿cabe mayor disparate una denominación así, con la intencionalidad desestabilizadora que se le supone?)

En este contexto, la iniciativa ha de traer consigo varios efectos concatenados. Sitúa al PSOE en una posición de gran riesgo, ya que no importa que la suma de los escaños de Podemos (¿tendrá asegurados Iglesias los 69 de que presume?), PSOE e IU quede por debajo de la mayoría requerida y de los votos en contra (incluso con la abstención de ERC y DyL), pues lo que realmente interesa es provocar en Sánchez una reacción contraria que pueda ser esgrimida como rechazo a un gobierno de izquierdas, cuando en realidad el objetivo de la propuesta no está planteado en esos términos sino como hechos consumados a modo de trampa insorteable.

A falta de esa reacción, que está por ver y que resulta decisiva para el porvenir del PSOE, que se aventura azaroso y quizá traumático,el panorama político se simplifica a medida que la posición de Ciudadanos tiende a debilitarse en un entramado en el que su voz no va más allá de la voluntad testimonial, reiterada en un discurso que ya no aporta nada nuevo, mientras la figura de Rajoy Brey queda preservada desde la barrera (“renuncio pero me quedo”, “ni subo ni bajo”) a la espera de que los demás se enzarcen en una refriega de descalificaciones y de que la ciudadanía, hastiada del espectáculo, vuelva la mirada a los que no se la merecen, atribuyéndoles estabilidad en medio de la batahola. En esa bambalina se encuentra el PP, que hará suyo, de repetirse las elecciones, buena parte del voto de Ciudadanos y quizá también de otros votantes inducidos por la misma motivación.

No es imprevisible que en ese escenario quizá el hombre de la Galicia profunda, de los recortes y de la corrupción de dimensiones incomensurables , aumente su respaldo electoral e incluso se aproxime a la mayoría que le permitirá de nuevo gobernar sin incomodidades con lo que quede de Ciudadanos. Mira por dónde, hasta la broma de la emisora catalana le ha añadido un plus de campechanía que ha de jugar sin duda a su favor. Gracias, Iglesias, pensará Rajoy, mientras se deleita con un puro a la salud del Celta de Vigo. 




14 de enero de 2016

Una nueva legislatura comienza en España: cuando el fondo debe primar sobre la forma




A lo largo del tiempo los Parlamentos han sido espacios en los que los aspectos formales han coexistido con los comportamientos de fondo. La experiencia nos revela situaciones de lo más diverso. Solemnidades de todo tipo, declaraciones para todos los gustos, pronunciamientos brillantes o desafortunados, imágenes insospechadas. En fin, considero que el espectáculo es inherente a la vida parlamentaria, sencillamente por el hecho de que sólo así cabe entender lo que le define y significa: su condición de ámbito de representación de la sociedad a la que debe servir. Y qué duda cabe que la sociedad es compleja, contradictoria, desigual, repleta de matices y singularidades. En ello reside su naturaleza y su proyección en el espacio donde se dan cita para cumplir la función que corresponde a sus representantes.

Y de eso se trata en realidad, y no de otra cosa. Lo sucedido ayer en el Palacio de Congresos es un síntoma y la constatación de una realidad que nadie puede ignorar. De ahí la necesidad de asumirla con inteligencia y sentido común, sin olvidar tampoco, cuando proceda, el sentido del humor, tan saludable siempre. En los últimos cuatro años España ha vivido una etapa traumática en muchos aspectos, que, por centrarme en uno de los más significativos, se ha plasmado con nitidez en el cambio o, mejor aún, en la ruptura generacional. La presencia representativa de la juventud que reclamaba por otra política en las plazas hace cinco años era más pronto que tarde inevitable. Hay que entenderlo como el signo de los tiempos y como la manifestación de una tendencia inexorable, que además ha venido respaldada por el mayor aval que quepa esperar: el que otorgan las urnas. Ante todo, la legitimidad.

Mas, si observan a su alrededor, la singularidad de España se ha vuelto a poner de manifiesto: si las concentraciones del 15 M situaron a nuestro país en una posición pionera a nivel mundial (anticipando incluso el Ocuppy Wall Street, de NYC), lo sucedido a partir del 20D nos coloca de nuevo en la excepcionalidad, pues en ningún país de Europa se ha producido fenómeno análogo (las diferencias con lo de Syriza son bien marcadas, en mi opinión).

Así que olvidémonos de la pelambrera de Rodriguez,  del pequeño de la diputada, y de otros alardes y aspavientos de mayor o menor interés. ¿Espectáculo, teatro, mise en scène, escenografía para la galería, exhibicionismo? Quizá. Pero no importa, no hay que exagerar. Son flashes de un día, destellos efímeros al calor de la circunstancia histórica en que se producen. Pero enseguida quedarán relegados a las hemerotecas, cuando ya, sin más demora, llegue el momento de la verdad y, apagados los focos de lo puntual, de lo llamativo y de la excentricidad calculada, el Congreso deje de ser un plató para convertirse en un lugar de debate serio y constructivo, en el que el fondo acabe prevaleciendo sobre la forma. Cuando eso suceda, el recurso reiterado al espectáculo devendrá en hastío y desdén al observar que lo que pretendía ser genial ya estaba visto. Será entonces cuando los ciudadanos separen la ganga de la mena y distingan al político de verdad del que sólo se apoya en las apariencias. 
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