8 de diciembre de 2010

Frases para la reflexión, ideas para la concordia: extractos del discurso de Mario Vargas Llosa en Estocolmo (7 diciembre 2010)


Ningún discurso es infalible ni está exento de la crítica. Pobre de la reflexión intelectual que no merezca controversia alguna. Pero, más allá de los aspectos opinables que sin duda encierra el discurso pronunciado por Mario Vargas Llosa el día anterior a la recepción del Premio Nobel de Literatura 2010, hay frases, ideas y consideraciones que conviene, a mi juicio, resaltar. No en vano invitan a pensar en torno a cuestiones claves de nuestra historia y de nuestra época.

“… qué extraordinario privilegio el de un país, que no tiene una sola identidad porque las tiene todas.”
“…escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza”
“La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.”
“Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión”.
“Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura (en los últimos años del franquismo) ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo”.
”Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.”
“Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa"
Merece la pena leer todo el texto

7 de diciembre de 2010

Al fin, la causa palestina recibe el debido y merecido respaldo internacional: hacia el reconocimiento de un Estado palestino libre e independiente



Poca, muy poca, atención está mereciendo esta noticia en la prensa europea. Una especie de manto de silencio o desdén se cierne sobre un hecho que, más allá de su significado político, encierra una considerable carga simbólica en lo que concierne a la solidaridad con uno de los problemas geopolíticos más graves y lacerantes de nuestra época. No ha sido la Unión Europea la que ha tomado la iniciativa que debiera haberla correspondido en este proceso, sino Latinoamérica, y en concreto aquellos paises que han entendido, sin las típicas ambigüedades a las que estamos acostumbrados en el lenguaje vacuo de la diplomacia irrelevante, que algo había que hacer para rescatar del pozo del olvido una realidad que no puede ser olvidada.
Tenía que ocurrir, tarde o temprano. Era una necesidad imperiosa, una medida necesaria para asegurar que la tragedia del pueblo palestino no quedase definitivamente sumida en la desmemoria o en la indiferencia. El paso del tiempo, con su enorme carga de frustración, dolor, injusticia e impotencia, no ha hecho sino agravar la magnitud de un problema internacional que permanece irresuelto después de las diez Resoluciones de Naciones Unidas que han tratado de asegurar una salida acorde con la legalidad internacional.
No entraré en detalles sobre un problema del que ya me he hecho eco numerosas veces en este blog, y que seguiré tratando con el mismo interés que me suscita cuanto ocurre en el Sáhara Occidental. Me limitaré simplemente a reconocer, con admiración y aplauso, la iniciativa adoptada por los países de MERCOSUR que han acordado el reconocimiento de un Estado palestino, libre e independiente, de acuerdo con los límites fronterizos de 1967. El primer paso fue dado por Uruguay el 13 de noviembre, cuando el presidente Mujica anunció la apertura de embajada al máximo nivel.
Posteriormente, y al tiempo que abandonaba la presidencia de Brasil con uno de los mayores niveles de popularidad que se conocen, Lula da Silva se sumó a esta iniciativa el 3 de diciembre señalando que "la iniciativa es coherente con la disposición histórica de Brasil de contribuir al proceso de paz entre Israel y Palestina, cuyas negociaciones directas están en este momento interrumpidas y está en consonancia con las resoluciones de la ONU, que exigen el fin de la ocupación de los territorios palestinos y la construcción de un Estado independiente en las fronteras del 4 de junio de 1967". Brasil, recuerda el comunicado oficial, reconocía desde 1975 a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) como la representante legítima del pueblo palestino, dotada de personalidad de Derecho Internacional público. En 1993, el país latinoamericano autorizó la apertura de la Delegación Especial Palestina con estatus diplomático similar al de las representaciones de las organizaciones internacionales y en 1998 se equiparó el trato al de una embajada. Pero nunca, como hasta ahora, había hablado de un Estado libre e independiente.
Tres días más tarde, la República Argentina se ha sumado al mismo proceso. No en vano, y según el comunicado oficial “Argentina tradicionalmente ha sostenido el derecho del pueblo palestino a constituir un Estado independiente, así como el derecho del Estado de Israel a vivir en paz junto a sus vecinos, dentro de fronteras seguras e internacionalmente reconocidas”, no sin dejar constancia de su apoyo “a las iniciativas de diálogo y paz de la comunidad internacional para una salida pacífica al conflicto palestino-israelí".
¿Se trata de iniciativas aisladas? ¿Tendrán continuidad en el mundo? ¿Qué hará la Unión Europea, que tanta ayuda concede a Palestina para asistir luego, impávida, a su destrucción por Israel? ¿Qué opinará Mr. Obama ahora que ya parece rendido ante la fiebre edificatoria del Estado hebreo en los territorios ilegalmente ocupados? ¿Qué pensará del tema la ministra española de Asuntos Exteriores, tan evanescente e imprecisa siempre en sus declaraciones? Numerosas incógnitas surgen ante un proceso que se mostraba inevitable, ya que no han sido pocas las voces en el mundo que han reclamado el reconocimiento del Estado palestino como forma de desatacar los bloqueos, incumplimientos y dilaciones a que la solución de este problema ha estado expuesta. Seguramente no será un proceso fácil ni tan rápido como muchos desearíamos. Pero se han dado pasos importantes en esa dirección, precedentes claves de la mano de países que no son irrelevantes en el mundo.

1 de diciembre de 2010

¿Es esta la visión que tienen los catalanes del mundo?


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Desde el punto de vista didáctico y cultural los mapas mentales siempre han sido un ejercicio tan provechoso como ilustrativo. Revelan la visión que quien los hace tiene del entorno que le rodea, del mundo en el que vive. No hay en ellos rigor técnico o cartográfico alguno, pero es evidente que permiten extraer conclusiones valiosas sobre el modo de entender y valorar tanto lo que se tiene cerca como lo que, más alejado, merece también ser tenido en consideración simplemente porque existe y porque de ello se tienen constancias más o menos sólidas. Difícil es sustraerse a la dimensión globalizada de cuanto ocurre allí donde suceda. No son pocos los geógrafos que han dedicado páginas sin cuento a las manifestaciones empíricas de la llamada “Geografía de la Percepción, asociada a la concepción del espacio como expresión de una subjetividad que deriva de la cultura que se tiene y que a su vez explica comportamientos (behavioral geography) que de otro modo serían difíciles de interpretar.

Sirva esta reflexión previa para dejar constancia de la sorpresa que me ha producido el “mapa mental” que en la edición de El Pais Semanal de 28 de noviembre, publica el diseñador Javier Mariscal sobre la concepción que, a su juicio, los catalanes tienen del mundo, del mundo mundial, en el que viven. No lo hace un “charnego” o un catalán henchidos de visión crítica hacia Catalunya, sino un catalán, aunque de origen valenciano, de tomo y lomo, reconocido como uno de sus talentos más conspicuos, diseñador de la mascota con que se dieron a conocer los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 (¿se acuerdan de Cobi?), y qué sé yo cuantas cosas más.

Me he detenido con atención en el mapa, porque todo lo que tiene que ver con el territorio me interesa. Y mi asombro ha sido grande, ya que, más allá de la caricatura y la visión humorística con que han de verse estos dibujos realizados con un cierto aire de provocación, no cabe duda que invitan a la reflexión. Echen un vistazo a la imagen, y sabrán de qué estoy hablando. Según Mariscal, la parte del mundo que los catalanes perciben gravita no tanto sobre Catalunya como sobre Barcelona, el epicentro magnificado de la centralidad y del espacio dominante. Sus referencias son las tópicas, las que simbolizan la imagen más convencional de la Ciudad Condal, relegando a un segundo plano a los otros topónimos que identifican el territorio catalán en esa interface espléndida que en él se produce entre el Mediterráneo y las múltiples expresiones de la montaña.
Pero lo que sí queda sumido en lo remoto es lo que se extiende más allá del río Ebro, poderosa solución de continuidad poco menos que infranqueable. Barrera de separación rotunda, lo que se abre a partir de ese cauce inmenso es bien poca cosa: Madrid como fortaleza casi hedionda, emerge en medio de la nada, flanqueada por tierras de interiores donde sólo crece el cactus solitario, en tímido contraste con las regiones de la periferia, asociadas a las señas más tópicas en las que se fundamenta una identidad no bien entendida. Una identidad que en el caso del Pais Vasco y de Galicia sólo cunde por su verdor, sin que en ninguna de las dos sobresalga otro aliciente que el que le confiere unos nombres emblemáticos en la proyección de los nacionalismos que tapizan esta nuestra sufrida piel de toro.

Bien poco queda allende la mar océana, que diría el Almirante, cuya estatua se yergue, altiva, donde empiezan o terminan las Ramblas barcelonesas. América queda desvaída en un horizonte lejanísimo en el que sólo descuellan la “linea del cielo” de Nueva York y la individualidad de la “isla más hermosa”, calificativo que el descubridor utilizaría cuando de pronto se topó con Cuba. Nada más. Se echa de menos lo que falta, es decir, continentes (Asia, Africa, el profundo austral) que, pese a su distancia, cuentan mucho, por las razones que sean, en este mundo de imágenes globalizadas de las que no es posible evadirse, por más que uno se empeñe.
Entendámoslo, en fin, como una simplificación, como una "boutade", como un juego (¿divertido?) de cartografías ilusorias, que quizá solo aniden en la mente de un artista dechado de capacidad imaginativa, y, por supuesto, también de una actitud muy crítica hacia sus conciudadanos más próximos. Mas qué duda cabe que llaman la atención, proviniendo de un creador que se las sabe todas. ¿Será esa la visión que los catalanes, o una parte significativa de ellos, tienen del mundo? ¿Será la que tiene el propio Mariscal, sin calibrar suficientemente la que tienen los demás?
En realidad, importa poco, ya que, para bien o para mal, el mundo está ahí, girando en torno a su eje, y, aunque no queramos o no nos guste, jamás nos podremos desprender de sus referencias universales, múltiples y contrastadas, ya inviten a la solidaridad o a la indiferencia.



28 de noviembre de 2010

Nadie habla de ellos. Nadie se acuerda de la tragedia del ciudadano que pierde su vivienda



Sigo con atención los debates que en España analizan las dimensiones de la crisis y los factores que la provocan. Muestro interés por las medidas que se proponen para atajarla. Me pierdo en los diagnósticos, en las advertencias y en las llamadas de atención. Atiendo con los cinco sentidos las declaraciones que desde el poder y la oposición se realizan sobre el tema. Atisbo en el plan previsto por el Gobierno el listado de leyes que se contemplan, hasta el final de la legislatura, con el fin de poner de manifiesto la voluntad de abordar problemas importantes. Leo con detenimiento, en fin, el resultado de la conversación mantenida por el Sr. Rodríguez Zapatero, y sus vicepresidentes, con lo más granado del empresariado español. Contemplo, sorprendido, cómo sólo cuatro de 37 (Anfac, Grifols, Inditex y C. Mondragón) pertenecen a la actividad industrial, es decir, la que crea innovación, empleo, valor añadido, exportación, mientras predominan los grupos financieros, las constructoras, la energía y el turismo. Empresas que en su mayoría obtienen la parte sustancial de sus beneficios en el extranjero. Preocupante panorama en un país que se ha ido desindustrializando, lo que justifica la ausencia en esa reunión de los responsables de los Ministerios de Industria y Ciencia y Tecnología. ¿No les sorprende también a ustedes?

Creo, en fin, saberlo casi todo, o al menos lo intento, de lo que los medios dicen sobre el principal problema global que actualmente afecta al país. A este pais, sumido en el desconcierto, asustado y sumiso. Y, sin embargo, en ninguna comparecencia, en intervención alguna ni en las conversaciones mantenidas con las grandes empresas, se dice nada, absolutamente nada, de una realidad social y económica que se ha convertido en tragedia de enorme dimensión. Nada se habla en esos foros donde se gestan las grandes decisiones del problema en que se encuentra el millón de ciudadanos afectados por los riesgos de desahucio de su vivienda como consecuencia de la imposibilidad de hacer frente a sus deudas hipotecarias.



Son ciudadanos olvidados, dejados a su suerte, pese a ser legión. Más de 230.000 expedientes de desahucio se han acometido en España desde mediados de 2008. El problema afecta a la mayor parte de quienes se sumergieron en la vorágine irracional del crédito hipotecario en los últimos cinco años, atraidos por los bajos tipos de interés, el atractivo de acceder a una vivienda propia al amparo de la proliferación inmobiliaria e inducidos asimismo por los bancos, que se mostraron dispuestos a respaldar con su crédito las operaciones más arriesgadas, implicando en ellas a los avalistas de los solicitantes hasta configurar una trama tupidísima en la que se vió apresado, casi de por vida, un sector importante de la juventud española y de los inmigrantes llegados al señuelo del empleo pretendidamente asegurado.

Mas ese tinglado se ha venido abajo y con el estallido de la burbuja ha sobrevenido un drama humano de colosales dimensiones. La gente pierde sus casas sin remedio ni paliativo, aunque ello no suponga la cancelación de la deuda, ya que el compromiso hipotecario se mantiene hasta su amortización definitiva. Y es que el procedimiento de dación en pago, por el que la entrega de la vivienda supone la eliminación de la deuda, no se aplica en España. La deuda no desaparece con la entrega del inmueble, que además pierde valor frente al que tenía en el momento de ser adquirido, por lo que la deuda mantenida es superior con frecuencia al valor tasado de la vivienda. Así se explica la situación trágica en la que se desenvuelven numerosas personas jóvenes, y no tan jóvenes, que han debido buscar refugio en el entorno familiar, mientras el problema se muestra irresoluble en el caso de los inmigrantes que, afectados por la misma situación, carecen, en cambio, del resguardo familiar que les acoja y proteja. De ahì su desesperación y las protestas de sus gobiernos, como contundentemente ha hecho el ecuatoriano. Se ha registrado, en ambos casos, situaciones terribles, que están en la mente de todos. ¿Puede haber algo más terrible en la vida de una persona, de una familia, que la pérdida de la vivienda para quedarse sin remisión en la puta calle?

Mas de ese tema apenas se habla en los medios y, lo que es más grave, se ignora en los ámbitos de la decisión que podría introducir medidas que contuviesen la gravedad del problema. Una palabra de reconocimiento de su tragedia también sería pertinente. En Estados Unidos hay movilizaciones muy fuertes contra los desahucios, que han logrado éxitos importantes, e incluso el Gobierno federal ha habilitado una linea de ayuda a los damnificados por la insolvencia y donde, en cualquier caso, la devolución de la vivienda al Banco libera de la carga contraida. En España la situación deriva a la actitud resignada del sálvese quien pueda. No ha habido reacciones colectivas contra el fenómeno que comento. Apenas solidaridades aisladas, manos irritadas en el rostro, algún insulto que otro y miradas al suelo.
Con todo, siempre hay espacios de encuentro y de solidaridad a los que acogerse. ¿Porqué no recurrir a la Red de Solidaridad Activa contra los Deshaucios, que se ha creado en España?


20 de noviembre de 2010

La sociedad española no es así


Creo estar en lo cierto cuando afirmo que la gran mayoría de la sociedad española es honrada, trabajadora, sensible y con espíritu crítico ante los problemas de nuestro tiempo. Tanto en los ambientes en los que habitualmente me desenvuelvo, ya en el trabajo o en el ocio, como cuando me informo a través de los cauces que valoro o asisto a actividades culturales de la más variada índole percibo a mi alrededor sensaciones creativas, en las que el debate respetuoso está presente, donde la gente habla sin gritar, escucha con educación y elude el aspaviento, el insulto y la impertinencia.


Entiendo que es el modelo de sociedad que domina frente a la vulgaridad y el mal gusto que de cuando en cuando sacude, como una fusta brutalmente violentada, el espacio mediático. Sin duda su resonancia es grande porque cuentan a su favor con la disposición de las herramientas que propalan a los cuatro vientos sus exabruptos y estridencias. En ocasiones he llegado a pensar que cuando sujetos que, desde el espacio público, alardean de pederastia o de fantasías sexuales, que ofenden la inteligencia, o presumen de actitudes que avalan la desvergüenza más miserable lo hacen porque consideran que sus frases tienen una audiencia que los jalea o, lo que es peor, porque no son conscientes de lo que realmente dicen, sintiéndose impunes en medio de un escándalo que en el fondo les trae sin cuidado porque piensan que de él incluso pueden sacar tajada. En realidad viven, pues no saben hacer otra cosa, de mostrar impúdicamente sus obsesiones a modo de proclamas originales, que no son otra cosa que palabras rancias, anacrónicas y repletas de mezquindad.


En esta patulea de la indecencia rijosa coexisten algunos políticos, que con estilo chulesco alardean de decir lo que piensan sin pensarlo, con periodistas, escribidores y tertuleros de medio pelo, que sorprendentemente ocupan tribunas abonadas con dinero público y en las que se regodean diariamente en medio de sus propias excrecencias. Normalmente suelen responder a un denominador común: son tipos cebados en la ofensa a la mujer, es decir, en la consideración de la mujer como un ser susceptible de ser denigrado sin rubor alguno, movidos por esa depravación machista en la que todos incurren al mezclar el rechazo político con la ofensa personal. También se ensañan con los débiles, con los pobres, con los que no pueden defenderse, con los que lo pasan mal.


A uno de estos bocazas, de palabra miserable y mente sórdida donde la haya, la que lo invitó a su programa televisivo calificó como “enfermo”, sin que el individuo frenara su verborrea indecente, oida por varios grupos de niños que sorprendentemente asistían a un debate centrado solo en la sal gruesa, en la chabacanería y en el insulto al adversario. ¿Saben los padres a lo que se exponen sus hijos acudiendo a los corrales de Telemadrid? Enfermo es sin duda el tipo de marras. Pero dudo de que el personaje sea consciente de su patología, pues, a renglón seguido, quien acoge en su ropaje mediático a tales emblemas de lo cutre sale en su defensa y los respalda asumiendo incluso la brutalidad y obscenidad de sus mensajes, al afirmar sin rubor que si se supiera de sus conversaciones privadas, "estaría muerta" (sic). Algún día se hará balance de lo que quien comento ha hecho en perjuicio de la calidad de la democracia española y de la dignidad de la política. Nadie se libra tarde o temprano del juicio objetivo de la Historia. Ahí están las hemerotecas para poner a cada cual en su sitio, aunque piensen que la celeridad del tiempo diluye aquello que desearían olvidar.


Con todo, y partiendo del hecho de que esas cosas suceden porque determinados ámbitos políticos amparan o excusan tales barbaridades, lo cierto es que la sociedad, la gran mayoría de la sociedad, camina por otros derroteros. Los problemas de la gente son otros, sus preocupaciones se debaten en escenarios diferentes, sus sensibilidades priman sobre la desvergüenza que la galaxia de lo cutre trata de imponer. De modo que, por más que el ruido de la miseria moral impregne el ambiente y dé la sensación de que estamos en el país de la bazofia, somos muchos más los que abominamos de ese estilo y nos avergonzamos de ser conciudadanos de tales miserables.


11 de noviembre de 2010

El escándalo de mirar para otro lado cuando se destruye un pueblo. Nunca podremos desprendernos de la Historia del Sahara Occidental

Niños saharauis en el aeropuerto de Villanubla (Valladolid), a punto de regresar a sus lugares de vida en el exilio. Verano de 2009


Durante muchos años la tragedia del pueblo saharaui se ha identificado sobre todo con la terrible situación de los refugiados en los campamentos situados en la Hamada de Tinduf, al oeste de Argelia. Representaban el símbolo de una comunidad expulsada de su tierra, tenazmente defensora de su identidad y dispuesta a los mayores sacrificios mientras esperaba ansiosa, con la paciencia que proporciona el sentirse convencida de sus derechos, el cumplimiento de la legalidad internacional, que simplemente se limitaba, en sucesivas Resoluciones, a plantear, mediante referendum, el fin del proceso vergonzosamente iniciado con la ocupación por la fuerza en 1975. Hoy se sabe ya que aquella "marcha verde" que invadió el territorio español y que forzó al llamado Acuerdo de Madrid de cesión del Sahara Occidental a Marruecos y Mauritania fue apoyada, tras consulta, por Estados Unidos durante la presidencia de Gerald Ford, culminando en una de las experiencias internacionales más ignominiosas del último cuarto del siglo XX. Obviamente aquel Acuerdo fue considerado ilegal a todos los efectos. Un baldón en la Historia contemporánea de España.

Sin embargo, lo que está ocurriendo en noviembre de 2010 aporta una dimensión nueva que, además de mostrar la gravedad de las condiciones en que se encuentran los saharauis que habitan el territorio ocupado, desbarata por completo los argumentos engañosos de Marruecos y las opiniones que desde Europa secundan las pretensiones de ese gobierno autocrático al proponer una opción que la comprobación de los hechos revela tan ofensiva como insultante. El ofrecimiento marroquí de sustituir el referéndum exigido por la ONU por un plan de autonomía constituye una afrenta cuando se observan las razones que han dado origen a la instalación del campamento en las proximidades de El Aaiun, la violencia con que ha sido desmantelado, la represión, el amedrentamiento y los saqueos sufridos por la comunidad saharaui y, lo que no hay que pasar por alto, la manipulación informativa propiciada por la imposibilidad de acceder a la capital del Sahara Occidental para conocer lo ocurrido y dar cuenta de ello a la comunidad internacional.
Pues, ¿qué fiabilidad, qué garantía, tiene un plan de autonomía aplicado a un territorio que ha sido agresivamente colonizado y cuyos residentes originarios aparecen sometidos a un proceso de marginación que les convierte en súbditos discriminados, sin posibilidad de acceder a los mismos derechos que se otorga a los ocupantes? ¿qué confianza, qué credibilidad, merece un país que vulnera los derechos a la información y a la verificación de lo sucedido, demostrando con arrogancia inadmisible un desprecio absoluto a las normas que regulan la libertad de expresión y el derecho a una información veraz, máxime cuando hay pruebas evidentes de violencia y maltrato?

Tinduf, Gdeim Izik. He ahí dos lugares que se unirán para siempre en la historia de la infamia y en la vulneración de los derechos humanos. Por si faltara una muestra más de la magnitud en que se plantea la tragedia saharaui, ya no hay duda que valga. Todo ha quedado en evidencia: tanto los exiliados como los residentes conforman una comunidad que siempre será maltratada por Marruecos. El colonialismo ha quedado en evidencia a través de la usurpación de los derechos y las propiedades. En el Sahara Occidental lo mismo que en Palestina. Dos situaciones que se entrelazan mientras los grandes del mundo asisten impávidos y cobardes a la ceremonia implacable de la destrucción. De ambas me he ocupado varias veces en este blog, pues son causas que defiendo de manera decidida.
Y, por lo que respecta al Sahara Occidental, a la tierra de Saguia el Hamra y Río de Oro, no cabe otro sentimiento que el que mezcla la solidaridad con la decepción. Solidaridad que será larga pues la batalla se muestra interminable. tras siete lustros de ilegalidad impune. Y decepción brutal y desconsolada ante lo que estamos viendo: silencios clamorosos en los cuatro vientos, muestras indecentes de hipocresía, ningún atisbo de condena ni denuncia de los hechos (salvo las honrosas excepciones de los Parlamentos de Andalucía y Navarra), miembros del gobierno español que se contradicen con declaraciones lacónicas y de circunstancias sin saber qué más decir, visitas vergonzantes a Argelia para aplacar al Frente Polisario, declaraciones contemporizadoras y elusivas del problema, Unión Europea sumida en sus aspavientos sin rumbo, en manos de liderazgos mediocres, mientras consiente con todo lo que debiera indignar su personalidad tradicionalmente defensora de los derechos humanos, intelectuales de fuste a los que solo interesa destacar “au dessus de la mêlée”, tertulianos de rabia incontenible que apenas mascullan vaguedades cuando de la catástrofe se trata, infomativos de la televisión pública que relegan la noticia al cuarto plano. Miseria por doquier, adobada de mala conciencia que fuerza a bajar la vista y hundir la cabeza. ¿Sensación de impotencia, olvido deliberado, hastío incontenible?
En fin, mi amiga Antonia Pons Valldosera, a quien admiro desde que la conocí en este espacio y luego personalmente, y que se ha revelado como una luchadora sin fisuras por esta noble causa, mostraba hace unos días aqui mismo su fatiga, su pesar porque el paso del tiempo es ya excesivo y demoledor. Comparto su sensación, pero me resisto a hundirme en ella. No podemos tirar la toalla, por más que el panorama de los que debieran hacer algo sólo invita al desencanto. Y es que, ocurra lo que ocurra, la historia del Sahara Occidental siempre habrá de ir unida a la de los españoles. Jamás nos podremos desprender de ella.

7 de noviembre de 2010

Todas las voces son necesarias para defender al pueblo saharaui … y cuanto más resonantes mejor



Ningún Estado reconoce la soberanía del Reino de Marruecos sobre el Sahara Occidental. Después de 35 años de ocupación ilegal y por la fuerza, sigue siendo el único territorio en el mundo pendiente de descolonización, mientras permanece incumplida la Resolución de Naciones Unidas que obliga a la celebración de un referéndum de autoderminación que ponga fin a la situación de inseguridad jurídica en que se encuentra un territorio que sigue aún bajo la administración española. Mientras tanto, el acoso y la humillación no cesan. Tanto en el exilio como en la zona sometida a ocupación.
A medida que se conoce la situación de los saharauis residentes en el territorio ocupado, la indignación se acrecienta, porque ya no ha lugar a la sorpresa. Lo que está sucediendo en estos momentos clama al cielo y no hace sino acumular, experiencia tras experiencia, demostraciones más que suficientes de que la política de Marruecos sobre el Sahara Occidental se basa en tres ejes permanentes: marginación de los saharauis, relegados a la precariedad y el abandono, represión sin límites hacia cuantos defiendan la causa justa del pueblo sojuzgado y expolio permanente de los recursos. ¿Qué más argumentos cabe esgrimir para que al fin el mundo exija a Marruecos que cumpla la legalidad internacional? ¿Porqué no se le aplican con la misma contundencia las medidas utilizadas contra aquellos gobiernos que han incumplido también las normas internacionales e incluso se ha sometido a sus dirigentes al Tribunal Penal Internacional? Nada parece inmutar al jefe del Estado marroquí: mientras mantiene en un guetto a la población acampada en condiciones infrahumanas en el campamento de Gdeim Izik, aprovecha la ocasión para reclamar la parte del territorio saharaui en poder del Frente Polisario, mostrando una arrogancia tan insultante como mezquina.
Tanto ha sufrido el pueblo saharaui, tanto ha sido el menosprecio vivido por los españoles solidarios con ese pueblo, tanta la ignominia padecida dia a día, tanta la desesperanza… que resulta difícil resistirse a la reclamación de que otras voces se unan a las nuestras para encontrar la salida que ponga fin a uno de los episodios más trágicos de la geopolítica mundial en nuestros días. Y si esas voces poseen la resonancia que merecen, serán coherentes con lo que pretenden en este mundo de problemas irresueltos, evitando posiciones críticas selectivas y el empleo de distintas varas de medir frente a la injusticia y la violencia.
Por esa razón, y tras casi siete lustros de vergüenza, ¿no sería el momento de que el papa de Roma aprovechase el interés y el celo que muestra por cuanto sucede en este país, que tanto le aflige pese a que tanto le da, para hacer oir su voz reclamando justicia y respeto hacia el pueblo saharaui? Y ya que el flamante Premio Nobel 2010 ha dejado por escrito su inequívoca voz de denuncia contra la colonización del Congo y la explotación de la Amazonia peruana en su excelente El sueño del celta, ¿no parece llegado el momento también, como ciudadano español que es, de que Mario Vargas Llosa reclame, con la rotundidad y fuerza con que lo hace para otros escenarios, el cumplimiento de la legalidad internacional y la defensa de los derechos humanos allí donde, como en el espacio que nos ocupa, están conculcados hasta extremos inconcebibles?


1 de noviembre de 2010

Mensajes en la calle (30): ¿Alcalde vanidoso o nuevos tiempos para los monarcas?


El río Ebro a su paso por la ciudad de Miranda de Ebro (Burgos)

Observar y detenerse en los letreros que en la calle dan cuenta de la vida y de la historia de un lugar arroja enseñanzas valiosas, que a veces sorprenden. Nada de lo que se difunde gráficamente en el espacio público para que los demás lo vean es inocente y banal. Nada es casual e intrascendente. Esconde siempre una intencionalidad, un propósito decidido, que invita a la reflexión, alienta el comentario o simplemente sirve para hacerse una idea de lo que el responsable del aviso o del anuncio pretende.


Pasear por el espléndido puente del siglo XVIII que cruza el Ebro en Miranda de Ebro, una villa industrial en el nordeste de la provincia de Burgos, es un placer, que permite no sólo contemplar la perspectiva del río más caudaloso de España, patrimonio de todos porque varias regiones atraviesa, sino también apreciar el significado histórico que esa obra desempeña en el engarce del núcleo originario de la ciudad (el barrio de Aquende: magníficas las referencias de los edificios catalogados por su interés arquitectónico) con el espacio en el que han tenido lugar los principales procesos de crecimiento y transformación urbanística (el barrio de Allende). Mas el viajero que mira en lontananza sin reparar en detalles nimios de pronto se detiene porque el ojo izquierdo, que guarda para los detalles de cerca, le indica que algo llama la atención. Pocos quizá se fijan en el hecho, pero, a fe del paseante, la cosa tiene su intríngulis.


Excelentes descripciones sobre los caracteres arquitectónicos de los edificios singulares del barrio histórico de Miranda de Ebro. Un ejemplo a seguir.


¿De qué se trata? De algo tan significativo como los cambios introducidos en las placas que dan testimonio de las reparaciones efectuadas en tan destacada infraestructura. Han sido tres:





La primera durante el reinado de Carlos III, aquel monarca admirable que trató de modernizar España contando con algunas de las mejoras cabezas que ha dado la historia del país y bajo cuyo mandato se acometieron importantes obras públicas; en la segunda gobernaba a la sazón Alfonso XIII, aquel rey de imprudencias gravísimas que acabó en el exilio y en la ruina…. Y en la tercera, ¿qué ha ocurrido en la tercera reparación? Pues nada, que alterando el modelo utilizado hasta entonces, la figura del Jefe del Estado ha desaparecido. No hay rey que valga, ni referencias monárquicas que encuadren la época. El que mandaba en el momento no lo hacía en España, sino en su ciudad, en su pueblo, en su ámbito de poder y relaciones. Mandaba el alcalde. Y punto.


Lo curioso es que el munícipe que hizo tal cosa fue el mismo que encargó la inscripción relativa a la reforma anterior, en la que sí figuraba el rey pero no el alcalde. ¿Cómo entender esa modificación? ¿Como olvido deliberado, que lo es, del monarca de la época o como demostración de ese empeño obsesivo de los alcaldes de nuestros días que, celosos de su legitimidad, que la tienen, están dispuestos a figurar en todo lo que inauguran para que su nombre vaya asociado para siempre a su paso por el poder que todo lo puede?


30 de octubre de 2010

"Volverás a mi huerto y a mi higuera...."




¿Cómo no recordar a Miguel Hernández el día en el que cumple cien años? Nació en Orihuela, junto a las higueras, y murió en prisión en medio de la barbarie. No había cumplido aún 32 años. Se mantiene vivo y lozano en la memoria colectiva de España, donde su obra sigue emocionando como cuando fue escrita.

Un poeta es grande, un escritor lo es, cuando, tras haber leído muchas veces sus obras, la lectura de nuevo sigue emocionando, provoca sensaciones a flor de piel, obliga a releer lo ya leído porque en ello se encuentra un refugio en el que uno se siente confortado. Pasa con aquellos por los que no pasa el tiempo. Su memoria pervive, su obra permanece, su mensaje conserva actualidad. Y esas percepciones se agudizan cuando nos encontramos ante la obra y la figura de Miguel Hernández, el hombre que desde la sencillez y la pobreza, desde la defensa de la libertad y del compromiso sin fisuras que ello implica, supo colocar la poesía en lo más alto de la sensibilidad humana.

Me sumo al homenaje merecido como reconocimiento a la calidad humana y literaria que tanto conviene evocar en los momentos actuales de la realidad cultural y política española.

23 de octubre de 2010

Viñetas que invitan a pensar (15): la política como arte escénica o los riesgos de la comunicación aplazada



Una cosa es la pedagogía y otra, muy distinta, la comunicación. La primera, más allá de sus obviedades y simplificaciones, va asociada a los modos y técnicas utilizados para la enseñanza, para la transmisión de los saberes, para el desarrollo de los procesos formativos; la segunda implica, en cambio, una dimensión eminentemente escénica, planteada y expuesta de cara a un auditorio que, escéptico o entregado, se dispone a atender los argumentos de quien en un escenario preparado ad hoc no tiene otra finalidad que la de distraer, encauzar el interés de la audiencia o explicar las cosas que le interesan para que el enfoque con que las orienta cale en la mente de los que escuchan. Es el "arte" de la comunicación, convertido en el paradigma de la acción política, una herramienta subsidiaria de las acciones y las decisiones, aunque decisiva, por lo que se ve, para asentarlas en el imaginario colectivo, en la opinión pública. Ya sabemos en qué consiste: en el tratamiento de la información para ofrecerla desde la óptica que interesa e importa al que comunica.
Resulta curioso. Quien toma las decisiones lo hace con independencia del juicio de valor que merezcan sus acciones; ni siquiera se toma la molestia de justificarlas de antemano. No sale a la palestra a exponer con la sinceridad y la elocuencia precisas lo que se viene encima. Más bien el destinatario de las medidas se limita a captar lo que suena en su entorno para hacerse una idea aproximada de lo que puede suceder y de cómo le va a afectar. Pero cuando la decisión tomada cobra, al fin, cuerpo y resulta incómoda, el perjudicado se rebela y muestra su disconformidad sin otra respuesta que la que le permiten sus escasos medios y posibilidades. Para contrarrestar la rabia incomprendida, se dice que no está bien informado, que carece de elementos de juicio suficientes, que su perspectiva es alicorta y en exceso mediatizada por una información en la que prima el sesgo malintencionado de quienes la propalan.

En ese momento se impone la necesidad de comunicar, de despejar desde el proscenio las dudas que obnubilan la mente del inconformista pensando que, si se hubiera esclarecido antes la postura seguida, su reacción habría sido otra. Con este fin, la comunicación lo resuelve todo de manera que cuanto más experto y convincente sea el comunicador mejor será el resultado conseguido. Se piensa que al estar éste en posesión de la verdad, de dominar las entretelas de lo que los de fuera son incapaces de percibir, los irrefutables argumentos del comunicador operarán como bálsamo poderoso en la solución de los equívocos que han llevado al malentendido. En apariencia, el modo de comunicar, típicamente escénico, constituye la solución a los problemas, su terapia más adecuada y pertinente.
Todo se concibe, en fin, como un proceso mecánico sujeto a las leyes de la escenografía. Sin embargo, algo falla en paradigma tan simple. Las sociedades no son tan inanes e inexpertas como se cree, la gente sabe perfectamente lo que pasa y porqué pasa, e incluso puede sentirse molesta si quien domina la escena pretende ofrecer gato por liebre o utilizar el truco que todos, a la postre, acaban descubriendo. Es entonces cuando sobreviene la sensación de rabia contenida al considerar que, tras las bambalinas, el discurso bien modulado y el power point, solo anida el ánimo de confundir los deseos con la realidad. Y eso no suele agradar a nadie.

16 de octubre de 2010

"ES CHILE UN PAIS TAN LARGO...

Plaza de Armas, en Santiago de Chile


“…. MIL COSAS PUEDEN PASAR”. Y suceden en esa tierra donde se expanden en latitud todos los climas del mundo. Con esa frase inicial, entre otras ideas contundentes, sintetizaba el grupo Quilapayún la imagen del país en la parte final de la famosa Cantata sobre la tragedia ocurrida en Santa Maria de Iquique el 21 de diciembre de 1907. Allende los Andes, y ante un Pacífico cuyas costas ofrecen las más variadas formas de que es capaz un litoral inmenso, desde los salitres del norte a los relieves glaciares del sur, Chile ofrece una identidad geográfica, basada en una pluralidad de paisajes y horizontes, que llama poderosamente la atención.
Tanto como su historia y los rasgos de un pueblo que, pese a la lejanía, nos resulta particularmente próximo y entrañable. Un pueblo curtido en la lucha contra la tiranía, en la defensa de la libertad y en la superación de las catástrofes. Hay de todo, obviamente, como ocurre en cualquier país, pero, dejando de lado las contradicciones propias de una sociedad compleja, merece la pena destacar los esfuerzos realizados en los momentos actuales para afrontar situaciones difíciles asociadas a tres circunstancias especialmente graves, que ponen en evidencia la fortaleza de quienes las sufren y al tiempo protagonizan. Ocurren en el sur, en el centro y en el norte. Lo propio de un un país tan largo. ¿Cómo ignorarlas, cómo no concederlas la atención y el reconocimiento que justamente merecen?

Poca atención se está prestando en Europa y en España a la lucha del pueblo mapuche en las áreas meridionales del país. Es, se dice, una batalla silenciosa, aunque muy activa y persistente, alejada de los medios y deliberadamente olvidada. La comunidad Mapuche (el hombre de la tierra) reclama el reconocimiento de los acuerdos firmados a mediados del siglo XIX, por el que se reconocía la asignación de sus tierras ancestrales en la Región de la Araucania. En defensa de la restitución de este derecho 32 indígenas han iniciado una huelga de hambre, con la que también se reivindica el derecho a que a su comunidad, y a los que están encarcelados, no les sea aplicada la ley antiterrorista, en vigor desde la dictadura de Pinochet. Un problema muy serio, enquistado en las regiones del sur, y que ha hecho de la población mapuche, a la que pertenecen 800.000 personas, sea la más visible y combativa entre las sociedades originarias de Sudamérica. Apenas se habla de ellos en Europa, pero existen.

Cuando mencionamos las tierras centrales de Chile nadie puede olvidar el terremoto sufrido a finales de febrero de 2010. Pais de fuerte sismicidad, se habló incluso de que el temblor pudo haber cambiado la distribución del peso del planeta y alterado la velocidad de rotación terreste. Los impactos sobre las personas y sobre las infraestructuras no alcanzaron el nivel de catástrofe y destrucción producido en Haiti por el terrible seismo de enero. Fallecieron más de 700 personas y los daños materiales fueron enormes en el entorno de la ciudad de Concepción y en el área metropolitana de Santiago. Millón y medio de viviendas sufrieron los efectos del fenómeno y aún son muchas las que permanecen inservibles. Fue una enorme prueba para el país, que todavía dista mucho de haberse recuperado de la tragedia.

Y de nuevo la tragedia sacude a las zonas del norte, a los espacios de la minería que durante siglos lo ha proyectado comercialmente en el mundo. Sobrecoge el recorrido por los territorios desérticos, henchidos de mineral, del septentrión chileno. La mirada nunca consigue abarcar en su plenitud esa "soledad de sequedades". La muerte o sus amenazas así como las enfermedades de todo tipo siempre han estado omnipresentes. Y ha vuelto a ocurrir. Desde el 5 de agosto hasta el 13 de octubre de 2010, 33 mineros han permanecido sepultados a 700 metros de profundidad como consecuencia de un derrumbe, debido a unas deficientes condiciones de seguridad agravadas por la reapertura de la explotación ante las buenas perspectivas del mercado. El desenlace ha sido feliz, pero podía haber culminado en la tragedia. El problema ha tenido al mundo en vilo durante dos meses y medio, y ha puesto en evidencia algo que ya se sabe desde hace mucho tiempo y que nadie tiene que advertir: que el trabajo en la mina implica riesgos permanentes, que toda la precaución es poca para prevenir accidentes que tienden a suceder con reiteración, si no se actúa adecuadamente, en el entorno más difícil e inhumano de la actividad laboral. Antes de que se produjera el derrumbe las declaraciones sobre seguridad minera de los dirigentes del país eran de una laxitud lamentable. La calificaban de traba burocrática y de encarecimiento innecesario. Todo parece indicar que la lección recibida no va a caer en saco rato.

Chile ha sido durante este año noticia de primera página en muchas ocasiones. Todas dolorosas, todas lamentables, todas impactantes aunque con marcadas diferencias entre sí. La naturaleza ha sido contradictoria con ese país. Naturaleza salvaje y espléndida, brutal y fascinante, fecunda e inhóspita, indomable y transformada. Un escenario de contrastes que invita al conocimiento y a la reflexión, precisamente porque ofrece un modelo abierto a sistemas de gestión muy diversos, donde confluyen problemas derivados de la historia, del comportamiento del medio natural y, sobre todo, de la acción humana que, a la postre, es la responsable de que los problemas sean afrontados con voluntad positiva o abandonados a su suerte, lo que siempre repercutirá en la calidad de vida de los más desfavorecidos o peor tratados por la historia.

En cualquier caso, las estrofas finales de la Cantata de Iquique, entonada conjuntamente por Inti Illimani y Quilapayun, nos acercan mejor a los anhelos y las esperanzas de ese país tan largo como complejo.



12 de octubre de 2010

¿Qué tiene el flamenco que tanto procura? ¿Qué tiene ese arte que merece ser Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad?

Desde la Torre de la Calahorra, en Córdoba


Cuando mi hija se preparaba para asistir a un examen en su época de estudiante universitaria, momentos antes de salir de casa inundaba el ambiente con la voz del Camarón de la Isla, a ser posible con Tomatito a la guitarra, al toque. Necesitaba evadirse de ese modo ante la presión de la prueba inminente. Nos metió a Camarón en casa y desde entonces no ha salido. Nos hemos quedado con él sin olvidar aquella advertencia que en un recital impresionante, celebrado en Valladolid, le hicieron los gitanos que estaban a nuestro lado cuando le gritaron a pleno pulmón: “¡no cantes más, Camarón, que se lo quedan los payos!” Era suyo, formaba parte de su patrimonio, pero también nosotros le sentíamos como propio. "Yo soy el viento/tú eres la hoguera....". "La vida es una ilusión/que nadie vive sin ella..."

Recuerdo también cómo, tras una delicada operación de oído en Sevilla, el inolvidable Miguel Martín, abulense de origen y catedrático que fue de Estadística en la Universidad Complutense de Madrid, se convirtió, agradecido hacia el doctor otorrino Felipe Rodríguez Adrados (el admirado Felipe, ya fallecido) que le sanó, en un furibundo defensor del flamenco, de modo que no había conversación - incluso llegó a hablar de ello en alguna Tesis de Matemáticas - en la que no diera prueba de un conocimiento apabullante, casi pasional, del tema. Todas las reuniones de amigos terminaban siempre adobadas por Enrique Morente, el Lebrijano, José Mercé.....y, por supuesto, Camarón. Que no faltase Camarón. No obstante, "La Alhambra lloraba", cantada por el primero, era una de sus preferidas.


Mi mujer y yo tampoco olvidaremos el día en el que Carlos y Mila, nuestros amigos de toda la vida, nos llevaron en Ayamonte (Huelva) a oír a Mayte Martín, lo que nos permitió descubrir uno de los talentos más impresionantes y versátiles en ese mundo de sensaciones infinitas a la par que imprevisibles. ¿Y qué decir de las sesiones dedicadas a escuchar a Bernarda y Fernanda de Utrera, con las que Justo de Pablo, otro gran amigo, entabló amistad durante su estancia como director del Instituto de aquella ciudad sevillana? Mensajes de múltiples matices salían de la voz y los gestos de aquellas mujeres que siguen brillando con luz propia en un universo de canciones que nunca perecen.
Y lo son al igual que las sevillanas entonadas con una fuerza especial por Francisco Palacios, "El Pali", que tanto cautivaban a Julio Valdeón Baruque, el historiador fallecido y mi compañero en mil batallas, con quien compartí, en casa y en la carretera, infinidad de momentos de cuando en cuando salpicados por algunos de los versos de aquél que se enorgullecía de haber sido “siempre trovador de las cosas de Sevilla”. Ay, Sevilla, aquella ciudad que “tuvo una niña y la pusieron Triana” y que también “tiene una torre que presume de ser guapa”.


¿Y qué decir de los bailores y bailaoras que tantas veces cortan la respiración sin que ellos, ensimismados en la magia del "tablao" se den cuenta de lo que a su alrededor pasa? La magia infinita de Carmen Amaya y Antonio Gades puso al baile flamenco en lo más alto de la estratosfera, sacó puntas afiladas a las obras inmensas de los clásicos que aún conmueven cuando se las vuelve a ver y sentir, como vemos y sentimos als vibraciones que transmite como nadie Cristina Hoyos, que tanto aprendió del maestro y que también le supo enseñar porque él deseaba que así fuera. Y, cómo no, el flamenco se engrandece ante el embrujo que aportan los pies y los brazos de Sara Baras, de Antonio Canales o Joaquín Cortés. Ahí es nada el flamenco del compás que bordan como nadie esas coreografías de bailaores y bailaoras anónimos, que siguen resonando en lontananza cuando se abandona la fiesta y la memoria evoca escenas que son auténticas proezas de buen gusto.
En fin, amigos, se acerca la fecha, a comienzos de noviembre, en que el Comité de Patrimonio de la UNESCO resuelva en su reunión de Nairobi la propuesta de declarar el flamenco Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, una figura tipificada dentro de la categoría de bienes a proteger de acuerdo con la tipología y los criterios establecidos en las Convenciones de la UNESCO sobre el tema. Me sumo plenamente a esa iniciativa por tres razones: porque estoy convencido de que es una manifestación cultural que rebasa con creces su ámbito específico de creación y práctica habituales (la tierra andaluza) para convertirse en un valor cultural sin fronteras, porque creo en su autenticidad, en su calidad, en su contribución a las manifestaciones artísticas que desarrollan lo mejor de la personalidad de los pueblos y, sobre todo, porque encierra "tela marinera" de emociones y sensibilidades “que no se puén aguantar”.

9 de octubre de 2010

Los grandes escritores son ante todo grandes cronistas de sus países. El Perú de Mario Vargas Llosa

Arequipa (Perú)

Del mismo modo que es imposible entender el Uruguay sin leer a Mario Benedetti o nos resultaria complicado desentrañar las particularidades y misterios de Colombia, México, Argentina, Brasil, Guatemala o Paraguay sin ahondar en los personajes y en las experiencias, casi siempre increíbles, que nos describen, respectivamente, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, Jorge Amado, Miguel Angel Asturias o Augusto Roa Bastos (aunque no habría que olvidar a la impresionante generación de escritores que les han sucedido)…¿cómo descubrir la realidad peruana sin tomar contacto con las vivencias que han salido de la pluma y de la mente de Mario Vargas Llosa en las novelas de su primera época, y que siguen deslumbrando todavía?

Hay quien dice que todos los países de Latinoamérica son similares y que las realidades que en ellos existen aparecen repartidas por doquier. Es una afirmación que comparto pero también es cierto que las experiencias políticas respectivas, las trayectorias culturales, los hechos insólitos que crean singularidades e incluso los rasgos de sus paisajes acaban matizando ese mosaico de afinidades y contrastes, de semejanzas y matices marcados de ese mundo sorprendente en el que carece de sentido cualquier intento de simplificación.

De Mario Vargas Llosa se está hablando mucho y bien en estos días, en los que personalmente me sumo al vendaval de elogios y reconocimientos merecidos hacia uno de los mejores narradores de nuestro tiempo. Aludiré exclusivamente a ella, ya que no aplaudo esa postura selectiva por la defensa de los derechos humanos, en la que contrastan sus críticas, muchas veces justificadas, hacia regímenes de izquierda con los clamorosos silencios hacia las violaciones cometidas en otros como Colombia u Honduras, de los que jamás ha hablado. No recuerdo haber leido de Vargas Llosa escritos alusivos en sentido crítico hacia los regímenes conservadores latinoamericanos.
Su capacidad de inventiva y su calidad de expresión literaria son, en cambio, asombrosas. Enhorabuena al maestro que escribe de maravilla y que nos ha dejado obras imperecederas. Pero, para mí, en este escenario de apologías múltiples y justificadas, cobra especial sentido el impacto que hace años me produjo, leyendo “Conversaciones en la Catedral, la pregunta contundente que Santiago Zavala, el protagonista de la obra, se hacía, a la espera de una respuesta que admite multitud de perspectivas: “¿En qué momento se jodió el Perú?.
No es fácil compendiar en una sola frase lo que es todo un tratado de historia, geografía, pensamiento y sensibilidad política. La lectura de esa obra, y en concreto de esa frase, me descubrió la figura de Vargas Llosa, hasta el punto de que, siendo en aquella época (1969) responsable de la Biblioteca del Colegio Mayor Santa Cruz de la Universidad de Valladolid, organicé una serie de encuentros - comenzando con un interesantísimo debate sobre "La ciudad y los perros", al que siguió otro, aún más concurrido, sobre "Pantaleón y las visitadoras" - destinados a conocer mejor al impactante escritor peruano, hasta conseguir que la dirección del Centro financiase la adquisición de todos los títulos de Vargas Llosa editados hasta entonces en España. Y allí siguen todavía aquellas primeras ediciones, hoy inencontrables.

La frase se ha convertido en un tópico, en un latiguillo que sale de la boca cuando uno se encuentra con algún peruano a lo largo y ancho del mundo. Es una frase que no molesta, que se entiende casi como un cumplido, como el punto de inicio de una conversación que puede llegar a dar mucho de sí. Aparece de cuando en cuando adornando, como “pintada” inexcusable, los muros de las Universidades peruanas y de las calles de ciudades, grandes y pequeñas. Pero lo importante es que nadie olvida que esa expresión nació de la literatura, de la preocupación de un escritor peruano por su tierra, de alguien que ha recorrido el mundo sin descanso, que es afable y conversador genial, aunque el tono formal de su mensaje cambia cuando alude a su propio país, a sus raices, a ese mundo jodido que sigue percibiendo cuando se acerca a Lima, a Ayacucho, a Cuzco o a su Arequipa natal.
Quizá, cuando se lo encuentren en cualquier lugar del mundo, pocos serán los que le recuerden la pregunta de Santiago Zavala, a sabiendas de que no le van a incomodar por ello, pues seguramente el flamante premio Nobel de Literatura tiene conciencia muy clara de que ese interrogante, que es al tiempo exclamación, ha abierto respuestas en Perú para todos los gustos. No hay como formularla en cualquier reunión con peruanos para de pronto asistir, asombrados, a espectaculares clases de historia y de política que sobrecogen por lo tremendas y desoladoras que son.

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