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5 de septiembre de 2025

Viñetas que invitan a pensar: cuando se adoptan medidas tras la catástrofe que no se quiso evitar

 


El Roto, 3.9.2025

Cuando el fuego lo arrasa todo, la desolación provocada aporta la cruel percepción de que durante mucho tiempo las llamas desaparecerán de ese paisaje, fundido con el negro siniestro de las cenizas. Al fin, una buena noticia. Mas solo será un consuelo apto para quienes no han logrado evitar que la catástrofe se produjera. Territorio asolado, territorio abandonado por el fuego, afirman en su cómoda impunidad. La naturaleza se reconstruirá, aunque no se sepa cuándo ni cómo. A seguir en el machito mientras tanto y sin levantar la voz, en la que ya no se confía.

Por eso, pasando por encima de cualquier atisbo de autocrítica, aparentan haber aprendido la lección dando a conocer políticas de gestión forestal que hasta la llegada atroz del incendio estaban deliberadamente desatendidas, aunque fueran obligadas.. 

30 de agosto de 2025

Excelente aportación sobre el problema de los incendios forestales

Incluyo aquí de forma íntegra (ya que el acceso está restringido a los abonados al diario que lo publica) una de las mejores aportaciones que he leído sobre la problemática de los incendios forestales, cuyo impacto ha sido estremecedor en España en los meses de julio y agosto de 2025, como la información adjunta señala. El texto es obra de Xabier Vázquez Pumariño, prestigioso biólogo ambiental español.  


Incendios invisibles, populismo y gestión fallida 

Es importante desterrar los mantras del abandono y la limpieza, aceptar la renaturalización como estrategia y mantener una vigilancia continua y detallada del terreno. Los incendios en áreas silvestres son de una complejidad extraordinaria, difícil de plasmar en una breve columna con la profundidad requerida. Ahora bien, sí conviene señalar algunas cuestiones que encarrilen el debate público, porque con cada incendio se encienden fuegos aún más devastadores: el populismo acientífico y la confusión. Se ignoran datos y se abrazan lugares comunes, cuando no se emiten calculados mensajes de parte.

Uno de esos lugares comunes es el “abandono”, palabra repetida hasta el agotamiento por políticos, periodistas y tertulianos. ¿Cómo medimos ese abandono? A continuación, aparecen las consignas “limpieza”, “suciedad” y “desbroce”, términos no inocentes que lo aplastan todo dialécticamente. Pero la realidad tiene otras perspectivas: lo que se llama suciedad o broza es biodiversidad, hábitats que sostienen flora y fauna, sumideros de carbono.

Las cifras oficiales (y públicas) indican que desde 1968 hasta 1999 —cuando había poco “abandono”— no se bajaba de 100.000 hectáreas quemadas al año, con picos de más de 400.000 (1994). Hubo significativas mejoras con el cambio de siglo, si bien con repuntes graves ocurridos en 2012, 2017 o 2022. Si el “abandono” explicase algo, las estadísticas serían muy diferentes. En definitiva, cuando alguien introduce este comodín, podemos pensar que no ha dedicado un gran esfuerzo a esta materia ni, probablemente, está realmente interesado en buscar soluciones.

Las áreas más castigadas en estos últimos días tienen elementos comunes: son frontera entre el mundo atlántico y el mediterráneo con lluvias primaverales y otoñales, sequía estival, suelos silíceos, vegetación fácilmente inflamable y un relieve muy accidentado. Son sitios duros para ganarse la vida en el marco económico actual.

A esto se suma el cambio climático. El verano se ha alargado semanas por cada extremo: empieza antes y acaba más tarde, la temperatura es más elevada, lo que dispara la evapotranspiración y reseca aún más la vegetación. Los inviernos se han suavizado, por lo que el periodo de crecimiento de la vegetación es más largo. Todo ello conduce a un punto: el fuego es la respuesta esperable de los ecosistemas a una transformación drástica. Sorprende, con todo, la velocidad a la que está ocurriendo.

Otro error común es juntar churras con merinas. Cuando el monte arde, lo que se quema son realidades distintas: vegetación natural y cultivos forestales. ¿Se puede analizar del mismo modo? Obviamente no. Y hace décadas que sabemos que apostar por especies pirófitas de crecimiento rápido —eucaliptos, pero sobre todo pinos en buena parte de las áreas mencionadas— siempre fue una pésima idea.

Es esencial saber que el fuego necesita tres elementos: combustible, condiciones favorables y un factor de ignición. En este último punto, insistir en la figura del “pirómano” es irresponsable, una cortina de humo. Los datos son claros: la piromanía real es minoritaria; lo que abunda son negligencias, accidentes y, de nuevo, en el noroeste, la cultura de la “limpieza” en la que el uso del fuego sigue estando a la orden del día: se detesta la vegetación natural y se sacraliza el pastoreo y los hechos demuestran que este tampoco frena los grandes incendios, mucho menos los de sexta generación.

La paradoja es evidente: los terrenos quemados son el culmen de la “limpieza”. Pero la experiencia muestra que tampoco sirve: buena parte de lo que hoy arde ya se quemó en 2022, por ejemplo, hace apenas tres temporadas.

¿Soluciones? Nadie debería esperar ni ofrecer recetas definitivas. Pero sí hay caminos: desterrar de una vez los mantras del abandono y la limpieza, aceptar la renaturalización como estrategia, mantener una vigilancia continua y detallada, hectárea a hectárea. Y, sobre todo, invertir mucho más en medios: desde brigadas de intervención inmediata, hasta equipos de vigilancia, pasando por el mantenimiento de infraestructuras como cortafuegos bien diseñados. Todo ello debe estar dotado de los recursos humanos precisos, bien formados y dignamente pagados. Esto supone gasto público, claro está, si bien para proteger intereses privados, los cultivos, se podrían articular otras medidas.

Estos apuntes, que apenas rozan la complejidad del tema, señalan una certeza: los incendios de hoy son la expresión más evidente del fracaso de décadas de gestión del medio, empeñada en tratar los montes como fábricas de madera o forraje. Pero los montes son, ante todo, ecosistemas vivos.

14 de agosto de 2025

Después del incendio: reflexiones sobre la tragedia del fuego incontrolado

 

Este texto corresponde a una intervención realizada el 28 de junio de 2009 en la villa abulense de Arenas de San Pedro, tras el incendio sufrido en el Valle del Tiétar. Lo reproduzco ahora ante la sensibilización provocada por los incendios que afectan a numerosos espacios de España y Portugal. 



Efectos del incendio del paisaje de Las Médulas (León) 


Pocas imágenes resultan tan dramáticas como las que ofrece un paisaje lacerado por el incendio. Desolación, ruina, fealdad, impotencia, rabia incontenible. Son las sensaciones que se acumulan al comprobar los rastros de la destrucción provocada por el fuego, los efectos catastróficos de su huella tan atroz como inconfundible, tan nefasta como persistente. En estos casos la llama nada purifica, todo queda sumido en la negrura indiferenciada de la naturaleza desprovista de vida y de los matices y contrastes a que esta da lugar.

La tragedia delfuego se ha cebado con España con harta reiteración. Desde que tenemos memoria, el estigma de las llamas devorando los bosques sin control es algo percibido como una realidad insistente en el tiempo, que año tras año se repite como una especie de maleficio, hasta convertirse en una de las manifestaciones más dramáticas de la catástrofe ambiental en España, el país que ostenta la primacía de un hecho tan grave dentro del mundo mediterráneo. Y es que sobrecoge pensar lo que supone la ruina de un escenario natural construido laboriosa y lentamente a lo largo de ese tiempo prolongado que los elementos naturales, vivos y dinámicos, necesitan para configurar la trabazón en la que se asienta su personalidad ecológica, a sabiendas de que las interacciones que tienen lugar en él se encuentran permanentemente amenazadas por la intervención  desestabilizadora ejercida por la acción humana o el accidente natural.

 La magnitud del problema asociada al fuego, que en este año 2009 ha elevado la dimensión de la superficie afectada por encima de las 70.000 Has., hasta duplicar con creces la del año anterior, nos vuelve a situar una vez más ante una tragedia ambiental a la que nunca se podrá responder con la resignación, la indiferencia o la ineptitud organizativa de la lucha contra el fuego. No valen estas actitudes cuando la cifra se mantiene en niveles altísimos de incidencia (3.857 incendios a finales de julio 2009), tiende a incrementarse la superficie arrasada, al superar las 500 Has. de promedio, y su impacto desencadena efectos devastadores en áreas de especial calidad paisajística y medioambiental. Todos los incendios son lamentables, pero el hecho de que este año hayan sido pasto de las llamas comarcas tan emblemáticas como la turolense de Aliaga, el sector central de Las Hurdes extremeñas o la isla de La Palma eleva la gravedad del problema a la dimensión más preocupante y crítica, en la medida en que se trata de espacios naturales cuyo acreditado valor ambiental les proporciona ese atractivo en el que se amparan y en torno al cual gravita esa oferta de ocio tan costosamente fabricada como la opción capaz de superar las limitaciones históricas de su nivel de desarrollo.

Definen, desde luego, la misma realidad que al tiempo encontramos en el Valle del Tiétar abulense, víctima también de una catástrofe que se ha saldado con vidas humanas y con la devastación de uno de los ámbitos más singulares y representativos de la riqueza natural de las montañas españolas y de Castilla y León. Basta imaginar la nueva perspectiva que se divisa desde el Puerto de El Pico en la Sierra de Gredos para sentir una verdadera conmoción como la sufrida por quienes vivís en esta comarca de inestimable valor ambiental. Quien se haya asomado alguna vez a ese balcón que invita a mirar en todas las direcciones, ampliando sobremanera los horizontes hacia los que se abre un riquísimo muestrario de estructuras y formas de vida en uno de los tramos más bellos y espectaculares de la Cordillera Central, no podrá por menos de tener ahora la terrible sensación de que una parte sustancial de sus experiencias viajeras más apetecidas se ha ido para siempre. Cuesta mucho hacerse a la idea de que las encinas, los castaños y los robledales, los alisos, abedules, álamos y fresnos, las pinedas y los piornales, y la interesante masa arbustiva y zoológica que los acompaña, han desaparecido o han sufrido la mella del impacto que dificulta o irreversiblemente paraliza sus procesos vegetativos.

Bien sabemos que el incendio es una ruptura brutal en la historia del paisaje. Cuando eso ocurre, valores esenciales de nuestra cultura, cimentada en la percepción de una realidad física avalorada, se alteran y se destruyen. Y, aunque es cierto que la naturaleza es indómita y tiende a regenerarse, lo hace lentamente, los elementos que configuran su personalidad tienden a quedar distorsionados durante mucho tiempo por las consecuencias de una catástrofe que siempre se acompaña de resultados lesivos para el restablecimiento de los equilibrios perdidos y que tanto ha costado mantener.

Ante un escenario de alto riesgo como el que afecta a la España Mediterránea todas las cautelas son pocas cuando se trata de afrontar un riesgo que, aunque en su desencadenamiento se identifica con una determinada época del año,  debe formar parte de las estrategias de conservación de la naturaleza de manera permanente, sin solución de continuidad. Conscientes de que el modelo de preservación de los ecosistemas naturales no puede ya responder a las pautas de gestión propias de una sociedad ruralizada, que tampoco, como nos recordaba el conocido poema de Antonio Machado -“el hombre de estos campos que incendia los pinares/ y su despojo aguarda como botín de guerra/ antaño hubo raído los negros encinares/ talado los robustos robledos de la sierra”-, era demasiado respetuosa con el bosque, se impone la búsqueda de la máxima eficacia y operatividad en la aplicación de los instrumentos de lucha contra el riesgo derivado del fuego en función, más allá de las inevitables medidas sancionadoras, de la relación de estrecha complementariedad que quepa establecer entre la investigación científica y la intervención pública, sin olvidar la relevancia que en este compromiso ha de asignarse también a la iniciativa privada.

Pues si hoy sabemos que las técnicas de teledetección permiten advertencias de plena fiabilidad en tiempo real, no es menos cierto que el esfuerzo que en este sentido compete a los programas preventivos, a medio y largo plazo, organizados y financiados sin tibieza por las Comunidades Autónomas resulta de primordial importancia. En suma, serían los que, en buena lógica, debieran sustentar los planes de innovación aplicados a la gestión integral del bosque, la cooperación entre las administraciones públicas implicadas y la sensibilidad ciudadana mediante señales de alerta más efectivas y contundentes que las hasta ahora llevadas a cabo.


LOCALIZACIÓN DE LOS INCENDIOS EN ESPAÑA

(14. agosto. 2025)



8 de julio de 2025

Una interesante reflexión sobre el Artico y el Antropoceno




La Doctora Ana Manero Salvador, Catedrática de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales en la Universidad Carlos III de Madrid, y autora de Antropoceno, expone sus ideas sobre dicho concepto y sobre los cambios que afectan al espacio ártico en este interesante documento 

22 de marzo de 2025

Cuando las provincias despobladas defienden sus cualidades ambientales

 



Aunque es tierra en crítica situación demográfica, no es Castilla y León una región adormecida. Hay vida, hay sensibilidad, hay espíritu de lucha frente a las amenazas que se ciernen sobre ella. No he querido esta lluviosa mañana, recién comenzada la primavera, estar ausente de la importante manifestación que ha recorrido las calles del centro de Valladolid denunciando los riesgos ambientales a las que se ve expuesta por el mero hecho de ser un vasto territorio semivacío en el que es posible acometer
iniciativas que ponen en peligro su calidad global y la calidad de sus recursos: el agua superficial, los acuíferos, el aire, los suelos. La vida natural, en suma, amenazada. La disponibilidad de espacio y la presunción de una débil capacidad reactiva inducen a pensar que el nivel de tolerancia puede ser más alto y permisivo de lo que debiera.



Ahora bien, no es un clamor renuente a la transformación del territorio siempre y cuando aporte desarrollo, empleo, bienestar, recuperación demográfica. Las alarmas que, científicamente fundamentadas, ponen en entredicho los perjuicios de la ganadería intensiva, la fabricación de biogás y los impactos indiscriminados de la generación eléctrica, forman parte de una reflexión con sólida apoyatura empírica, y con argumentos comparativos muy rigurosos, que necesariamente ha de ser tenida en cuenta en la toma de decisiones.



No ha sido una manifestación banal ni festiva. He hablado con mucha gente, de todas las edades, de las profesiones más diversas. Hacia tiempo que no tenía una experiencia similar. Daría para un buen análisis el resultado de este trabajo de campo que, repleto de notas en la libreta que siempre me acompaña, he hecho en solitario, de principio a fin, durante dos horas muy intensas.
Todo es discutible, desde luego, sobre todo ante un tema en el que confluyen tantos enfoques como estimaciones. Pero es que de lo que se trata es de escuchar el clamor de los ciudadanos que, desde Soria y Zamora, las provincias más extremas y vulnerables, reivindican el derecho a ser tenidas en cuenta.



2 de febrero de 2025

El olvido de los problemas ambientales


 ¿Malos tiempos para la preservación de la vida y de la biodiversidad en la Tierra? Tantos esfuerzos, tantas esperanzas, tantas investigaciones fiables...¿ es posible que no hayan servido para nada? Riadas catastróficas, incendios atroces, riqueza biológica en retroceso, crecimiento urbano indómito, montañas de basura sin control. Perforar, perforar... ese es el mensaje. El que venga atrás, que arree.

Sólo la incultura, la zafiedad y la inhumanidad de un convicto en la presidencia de Estados Unidos, apoyado por una sociedad en la que muchos han perdido la conciencia de los problemas que la afectan, y cuando el electo va a agravar la situación de una gran masa de quienes le apoyaron, explican ese rumbo hacia el desastre asumido.


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