Amanece en Silos de buena mañana. No supone el madrugón ningún esfuerzo cuando se trata de observar y disfrutar de cerca de los sonidos del canto gregoriano en un recinto impresionante, sobrio y sin alharacas, donde reinan la paz y la sensación de sumergirse en un ambiente que sobrevive al paso del tiempo más allá de las creencias que cada cual pueda tener. Hay ocasiones en las que las sensibilidades culturales de calidad desvanecen las diferencias ideológicas.
Acercarse a Silos, apenas sale el Sol, cruzando el desfiladero de la Yecla en esa espectacular hendidura de falla que rompe la armonía del anticlinal cretácico para manifestarse en un entramado bellísimo de formas kársticas, modeladas por el agua, es realmente un placer mientras se comprueba la belleza del espléndido sabinar que tapiza el paisaje de montaña media, preludio de la cordillera Ibérica. Todo es silencio, quietud y belleza, culminados por las voces de los quince monjes que en la Basílica rompen con delicadeza asombrosa el silencio que identifica a quien lo disfruta con lo mejor del paisaje emocionado.
Las primeras horas del día se enriquecen con el sonido de la música, que el paseante encuentra de improviso, de pronto, sin esperarlo. Cuando el silencio se rompe de esa manera tan grata, nuevas sensaciones impregnan y alteran la soledad de la calle al tiempo que la perspectiva que se tiene delante, divisada al fondo del callejón, invita a la concentración de la mirada para complementar mejor la curiosidad alertada del oído.
Y la verdad es que detenerse un rato, antes de mostrar a esos dos jóvenes el reconocimiento de lo que hacen y cómo lo hacen, reconforta cuando no de ruido sino de excelente música se trata. Ahí es nada: violín y violonchelo dando testimonio del talento de Juan Sebastián Bach. El saludo se impone, aunque fugaz para no interrumpir lo mucho que complace disponer y disfrutar de la buena música en la calle a la que dignifica y engrandece.
Nunca escribiré mis memorias pues no valen la pena, pero, si lo hiciera, un apartado específico merecería la alusión al impacto, estético y emocional, que hace muchos años - sucedió el 8 de noviembre de 1968 en el Colegio Mayor Santa Cruz de Valladolid - me produjo el descubrimiento inesperado de Paco Ibáñez. Es probable que los jóvenes le desconozcan, aunque imagino que, de tomar contacto con su obra y su estilo, sin duda les provocaría sensaciones similares. Quién sabe. De todo podemos esperar.
Cuando en 1968 legó a España el LP con las canciones desplegadas por él poco antes en el. Olympia de Paris, trajo consigo una especie de conmoción que para muchos, entre los que me encuentro, habría de perdurar para siempre. El hallazgo comenzaba con 'Cuando ya nada se espera personalmente exaltante... ", del famoso poema de Gabriel Celaya " La poesía es un arma cargada de futuro ". Y seguía con aquel, como un martillo, "maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales". Pervive incólume y fresco en la memoria al igual que las versiones cantadas de piezas eternas de Alberti, Otero, Quevedo, Lorca, Goytisolo, Miguel Hernández, Góngora, Cernuda, Antonio Machado...
Trató, y lo consiguió, de proyectar con sensibilidad y enorme talento la poesía imperecedera de la España creativa y luchadora, de la España de la rabia y de la idea: una poesía musicalizada que en aquel momento supuso un viento de enriquecimiento cultural y esperanza de libertad, al socaire de la voz de Paco, amparada en aquellas letras conmovedoras, que contribuían a despejar las brumas agobiantes y siniestras de la dictadura en sus años finales.
Cumplió nueve décadas de brío y juventud el pasado mes de noviembre. Felicidades, Paco
Es posible que la vida y la personalidad fuesen de otra manera sin el recuerdo de las canciones que fraguaron la sensibilidad en momentos cruciales de la azarosa época que nos ha tocado vivir. Evocarlas y cantarlas no sólo permite recuperar la memoria: también enseña a valorar la importancia de lo que pervive y merece ser rescatado de la indiferencia y de la erosión del tiempo.
Escuchar a Xavier Ribalta en la sesión dedicada a esos recuerdos el pasado martes en el Círculo de Recreo ha devuelto a la juventud a quienes asistimos a ella. Arropado por Manuel Conde del Río , por Joaquin Diaz González y por José Ramón Pardo, el cantautor catalán dio muestras de una admirable lozanía. Presentó una recopilación selecta de canciones de autores varios (Aute, Afonso, Labordeta, Raimon, él mismo), indisociables de la progresiva consolidación de la libertad cultural y de la democracia española y portuguesa. La sala se llenó de música, canto y declamación. La compañía, al piano, de Ramón Andreu, colmó el ambiente de placer y sentido de la complicidad con los mensajes allí transmitidos.
El público se implicó de lleno en el encuentro, compartiendo de viva voz los clamores que enriquecieron la cita. Me las sabía todas y en todas puse el empeño de no perder esa oportunidad insólita de cantar libremente que hace tiempo echaba de menos. He asistido a todas las actuaciones de Ribalta en Valladolid y Salamanca, más otra, hace tiempo, en Tarragona. Así se lo dije, como expresión de la admiración que siento hacia esas canciones "intemporales", sin las que no es posible entender un aspecto esencial de la construcción democrática de España y Portugal.
PD. En la conversación que mantuve con él, mientras firmaba el discolibro, me dijo: 'te pareces a Joan Margarit". No le supe responder. Me dejó anonado. Simplemente musité: "Gracias".
Fue un placer asistir a ese concierto de piano en el Círculo de Recreo, ese espacio de encuentro cultural de gran calidad, gestionado con sensibilidad y buen gusto por Manuel Conde del Río. Una magnífica oportunidad para descubrir a la juventud implicada en el reconocimiento y difusión del valor de los clásicos. Gonzalo Villarruel y Carolina Hernández, muy jóvenes y excelentes intérpretes, empeñados e ilusionados por dar a conocer, mediante la magia inmensa del piano, las enormes posibilidades que la buena música encierra.
Mientras interpretaban de consuno, me detuve a observar sus rostros. Aportaban una sensación perceptiva impresionante, avivada por el ambiente que crea la complementariedad del manejo del teclado transmitido a cuatro manos. La mirada, la indagación, la concentración, la complicidad, el desafío de responder fielmente a lo que representa el cumplimiento sin error de ese empeño ilusionante compartido. Deduje, al verles, que en eso consistía el buen trabajo en equipo.
Y, además, el placer de oírles y verles interpretar a mi admirado Carlos Guastavino y su música argentina. En ese momento daban a conocer su Romance del Plata, concretamente en el "andante cantabile sereno", que conduce a ese horizonte del paisaje relajante e indómito a la vez que forma, a su paso por Buenos Aires, el Río de la Plata.
Por un momento, y observando su imagen, tuve la impresión de que Gonzalo Villarruel era la viva estampa de un jovencísimo Carlos Gardel. Así se lo comenté a Manuel Conde, artífice del prestigio cultural alcanzado por el Círculo de Recreo de Valladolid.
David Ruiz, cantante y líder de La M.O.D.A.. orquesta famosa de rock, es primo tercero o cuarto mio. Su abuelo y mi madre, primos carnales. Procedemos de Masa (Burgos), el pueblo de mi infancia, de mis descubrimientos juveniles, de las indagaciones sobre la datación de los fósiles que tapizaban aquella elevada e inmensa paramera calcárea, que, ya de mayor, identifiqué como vasta superficie de erosión cenozoica. Son tierras muy duras y de poca miga. Allí ví al lobo por primera vez y conocí en propias carnes lo que son la nieve y las heladas tremendas y duraderas. También descubrí los placeres de montar a caballo para llevar el correo, mientras ayudaba a mi tío cartero, a Quintanajuar y La Cabañuela. De la siega y la trilla ya no hablo. De la cuadra como excusado y de las caminatas para proveerse de agua en la fuente junto a la iglesia, qué decir. Del humo de la cocina que cegaba la vista, mejor dejarlo. De los amores tempranos, tal vez otro dia.
Hoy he visto en el Telediario de la 1, cubierta de nieve, la casa familiar, frente a la que ese grupo posaba mientras anunciaban la salida a la luz de su disco " Nuevo Cancionero Burgalés", que rescata y da a conocer obras inéditas de Antonio José, el afamado compositor burgalés, fusilado en el páramo de Estepar por los falangistas al comienzo de la guerra civil. Era amigo de mi padre, a quien durante años, y hasta que falleció, acompañé al lugar donde está enterrado, aunque nunca se han recuperado sus restos. Ese disco será mi regalo de Reyes.
De vez en cuando sigo acercándome por ahí. "Virgen de Estepar, riega nuestros campos, que hay necesidad", contábamos de niños. Cómo olvidarlo.
Ha sido un día emotivo el que he vivido hoy. Hay recuerdos que son indisociables de la vida.
Aprovecho el día de la nevada para ordenar las ideas, avivadas por el sinfín de sugerencias que la nieve suscita. Tras el obligado paseo mañanero y con la prensa de papel en ristre, siempre acompañada la lectura de la portada y de la última página con el café bien caliente, me dispongo, ya en casa, a disfrutar de las pequeñas cosas que me rodean, los gratos placeres cotidianos. El día invita a ello.
Mientras los páramos y los tejados se colman de blancura, decido acompañar esa sensación visual con el sonido increible que fluye de la interpretación de las obras recopiladas e interpretadas al violoncello por Amarilis Dueñas Castán en su impresionante Soliloqvies, que puede ser adquirido a través de este enlace. Inicio, entre tanto, la lectura del ensayo de Antón Costas y Xosé Carlos Arias Laberintos de la Prosperidad: Hacia una nueva Transformación" y anoto, al compás de la lectura, los tres conceptos en los que, a mi juicio, se resumen los tres problemas esenciales a los que nos enfrentamos: la preservación de la salud, la lucha contra las desigualdades y la defensa de la calidad ambiental. Ahí está todo.
Nieva sin cesar, se agradece el silencio, maravillosamente tamizado por los sonidos que emanan de la sensibilidad de Amarilis. Un segundo café, algo de conversación y de pedaleo frente a la nevada completan la mañana cubierta de blanco.
Hace unos días descubrí a esta pareja de intérpretes de la mejor música, que vive y compone en Zaragoza. Fue en el escenario de Patio Corsario, en el barrio Girón de Valladolid. Me impresionó y desde entonces recurro a menudo a sus composiciones para poner en orden las ideas. Su elenco musical es impresionante, bellísimo. Tras una semana frenética ha llegado un finde en el que la preocupación se entremezcla con el desasosiego y las cautelas obligadas por la situación crítica de origen vírico que nos acecha. Se ha impuesto "el estado de alarma". Entramos en cuarentena. Nadie sabe lo que durará. Nos aferraremos al libro, a la bici estática...y a la música. Escuchar en estas circunstancias las canciones de El Mantel de Noa es, en mi opinión, un bálsamo tan aconsejable como saludable y, si me apuran, hasta necesario. Músicas del mundo, piezas simbólicas, para solaz en momentos de inquietud y de búsqueda de belleza capaz de superar la tensión y la zozobra. Es un consejo que recomiendo como propuesta para vencer el miedo y la soledad.
No es hoy mi compositor preferido, pero en mi juventud muchas de sus obras me entusiasmaron. De cuando en cuando me deleito con algunas de ellas y me siento reconfortado. Por esa razón no he desaprovechado la oportunidad de rendirle un pequeño homenaje acercándome al lugar donde reposa en el pequeño cementerio situado al comienzo de la Avenida Nevsky en San Petersburgo.
Alli recordé, entonándolos discretamente en medio de un silencio total, algunos compases de su Obertura 1812 y del segundo movimiento de La Sinfonia núm. 6 Patética. Se trata de Pyotr Tchaykovski. A su lado descansan, entre otros genios, Borodin, Glinka, Cui, Stravinsky, Mussorsky, Risky Korsakov, el gran Dostoyevsky y mi admirado Lomonosov, el naturalista que descubrió las discontinuidades de la corteza terrestre. Respeto, evocaciones y admiración por todos ellos. Eso es lo que inspira aquel lugar.
Falleció en el exilio, en San Juan de Puerto Rico. En este año se cumplirán las cuatro décadas de su muerte. Pau Casals. Siempre me impresionaron su obra, su mensaje, su sensibilidad, su condición de catalán universal. No conoció fronteras,nunca se dejó llevar por posiciones sectarias o excluyentes. Su compromiso político con la libertad marcó su vida y su trayectoria cultural sin fisuras. Compuso el himno de las Naciones Unidas y su "El Cant dels ocells" resuena todos los años como homenaje a la memoria de las víctimas del atentado yihadista del 11 de marzo de 2004.
Con frecuencia acudo a los sonidos de su
violonchelo cuando necesito ese sosiego de rebeldía que tan bien supo
transmitir. Me he acercado a El Vendrell, para conocer el lugar donde nació y
sentir el entorno en el que se fraguó esa sensibilidad que se mantiene perenne
y tan lozana como en los días en los que compuso sus obras memorables. Es una
villa destrozada por la incuria urbanística, algo que no sorprende en España.
Pero cuando uno se acerca al modesto monumento que le recuerda, mientras se
sumerge en el silencio de una plaza solitaria, se tiene la sensación de que
todavía resuenan sus ecos en la capital de la comarca tarraconense del Baix
Penedés.
Un año más laFundación Música Abiertalo ha conseguido. Se trata de una iniciativa solidaria,
creativa, socialmente integradora, repleta de sensibilidad y buen gusto. Esta
tarde ha inaugurado su exposición en el Palacio de Pimentel,en la Corredera de San Pablo, en la parte alta de lo que hoy llaman calle de las
Angustias, en Valladolid.
Rosa Iglesias, presidenta de la Fundación Música Abierta; e Ignacio Foces, subdirector de "El Norte de Castilla"
Animo a visitarla, porque no defraudará. Pero, si no
se puede, contemplen lo que en ella se expone a través de su páginaweb,
aprecien, real o virtualmente, las obras que tapizan los muros de la sala,
observen la variedad de lo que se ofrece, piensen por un momento cuál es el fin
que se persigue.
Conozcan los nombres de quienes generosamente brindan lo que
saben y lo que pueden, que no es poco. Todo para demostrar y llegar a la conclusión de que es bueno
colaborar con gentes que se esfuerzan por un mundo mejor en este mundo necesitado de confiar en personas que lo hagan más habitable, más justo, lejos del lucro, de la
vanidad y de la ostentación. Simplemente movidas por el deseo de participar en una causa noble: la de facilitar el aprendizaje de la música y de la danza a quienes presentan algún tipo de discapacidad.
Cartel anunciador de la Exposición “Arte Solidario” en el Centro e-LEA de Urueña
Existe una iniciativa de ayuda a la discapacidad que debe ser conocida y valorada. Recibe el nombre de Fundación Música Abierta, y está domiciliada en la villa de Urueña, en la provincia de Valladolid. Nació en 2009, impulsada por un propósito encomiable: “facilitar el acceso a la práctica musical a personas con alguna limitación, permitiéndole aprovechar todos los beneficios de la música, mejorar sus condiciones físicas (ampliar y mejorar la fluidez de los movimientos) y, sobre todo, lograr su participación en la sociedad con las mismas oportunidades que los demás”. Desde entonces ha llevado a cabo una labor impresionante, desplegada en un sinfín de actividades, todas ellas caracterizadas por una extraordinaria sensibilidad, el buen gusto, el afán integrador de las personas y el empeño en procurar que las situaciones de discapacidad no fuesen un obstáculo para que quienes las padecen no disfruten de las posibilidades creativas, culturales y de mejora de la calidad de vida que encierran la música y su interpretación.
Concierto organizado por el Campamento musical para niños en el verano de 2011
Soy socio de la Fundación y he seguido de cerca, cuando he podido, la labor llevada a cabo, y he de decir que en todas las ocasiones he celebrado el enriquecimiento personal que me ha aportado el hecho de haber conocido a Rosa Iglesias Madrigal, médico de profesión, y principal artífice y responsable de una experiencia excepcional. Pero al tiempo ello me ha permitido también tomar conciencia de los enormes esfuerzos realizados para que esas actividades, muy laboriosas, pudieran tener lugar. No es fácil afrontarlas económicamente cuando lo que se pretende es asegurar que tengan la calidad necesaria y cumplan satisfactoriamente los objetivos para los que fueron concebidas.
De ahí que todas las iniciativas sean pocas cuando de respaldar el proyecto se trata. En esa línea se inscribe la que se acaba de poner en marcha y a cuya inauguración asistí ayer. Un acto entrañable y concurrido, en el que se habló de lo que significa la lucha a favor de la superación de las dificultades que impiden el normal ejercicio de la interpretación o el disfrute pleno de la música, y que, cuando se consigue, depara grandes satisfacciones, como quedó bien reflejada en ese excelente documental – “Héroes, no hacen falta alas para volar” – que acompañó el encuentro inaugural.
Rosa Iglesias Madrigal en el acto inaugural de la Exposición “Arte Solidario”
Se trataba de crear el entorno adecuado para dar cabida y justificación a la Exposición Arte Solidario que el dia 3 de diciembre - y hasta el 23 de ese mes - ha abierto sus puertas en el Centro e-LEA Miguel Delibes, espacio central de la Villa del Libro de Urueña. Es una exposición nutrida con las 96 aportaciones que diferentes artistas han cedido para allegar fondos al programa elaborado por la Fundación. La visita es muy grata y sumamente aleccionadora. Revela creatividad, mucha generosidad y mucho empeño en seguir adelante. Invito a visitarla, a conocerla de cerca, a saber de la existencia de esta Fundación, aunque, si la distancia o el tiempo lo impiden, no estaría de más adentrarse a través de la Red en ese mundo construido por Rosa y quienes la acompañan, para prestar su interés y, si es posible, su ayuda en algo que realmente merece la pena. Algo, y es mucho, que, al comprobarlo en toda su riqueza de detalles y manifestaciones, nos lleva a valorar mejor el mundo en que vivimos y a quienes, cada cual dentro de sus posibilidades, se afanan por avanzar en esa dirección.
Hace una semana recordaba aqui la figura de José Antonio Labordeta. Nada más tengo que añadir a lo que dije entonces. Ha fallecido en Zaragoza el domingo 19 de septiembre de 2010. Mis condolencias más sentidas al pueblo aragonés al tiempo que me sumo a la pena de los españoles que le admirábamos. Lo siento mucho. Echaremos de menos su voz y su mirada, sus palabras de ánimo y esperanza, su imagen de dignidad, coherencia y bonhomía. Su Canto a la Libertad nos acompañará siempre. Siempre.
Se le ha concedido, a título póstumo, la Medalla de Aragón. La pregunta surge de inmediato: ¿no había hecho méritos suficientes para recibirla en vida? Labordeta siempre pasó de medallas, pero sin duda ésta le hubiera complacido. No la cogerá en sus manos, no captará su significado. Ay, esa política, esos políticos que desconocen la oportunidad del tiempo.
Hace unos días, y tras algún tiempo de silencio sobre su persona, apareció en los medios la imagen de José Antonio Labordeta con motivo de la entrega en su domicilio de una condecoración – la Cruz de Alfonso X el Sabio – otorgada por el Gobierno en función de sus aportaciones a la cultura, a la educación y al entendimiento entre los pueblos. Sin embargo, su figura no era ya aquella a la que nos ha tenido acostumbrados a lo largo de muchos años. Se le veía gravemente enfermo, con dificultades para moverse, casi inexpresivo, con la voz entrecortada y apenas balbuciente cuando se limitó a agradecer el reconocimiento ante el ministro de Educación, responsable de la entrega de los símbolos que acreditan el galardón recibido, y el presidente del Gobierno de la Comunidad Autónoma de Aragón que le acompañaba.
La escena me retrajo la memoria a años atrás cuando descubrí las canciones de Labordeta, que he disfrutado siempre y que me han acompañado y estimulado en multitud de ocasiones. Particularmente en mis viajes. La primera vez que le oi fue descendiendo por carretera, en un inestable y renqueante Seat 127, las arriesgadas cuestas de Ragudo, con su antiguo trazado, en el trayecto que va de Teruel al Mediterráneo. Había comprado poco antes una cassete de audio en una tienda de Albarracín, donde me recomendaron la escucha del personaje. Corría, lo recuerdo bien, el año 1979. Era verano y nuestro destino, las playas de Alcocéber (así se llamaba entonces esa villa castellonense). Nunca he entendido mis recorridos por Aragón, desde el Pirineo hasta el Maestrazgo, desde el Moncayo a Fraga, sin la voz potente y rotunda de José Antonio Labordeta. Poco a poco me he ido haciendo con su discografía y, casi sin darme cuenta, he aprendido gran parte de sus canciones que me sé de memoria y tarareo cuando me apetece.
Y alguna experiencia he tenido de ello. En el verano de 1999, en el dia del eclipse ocurrido a comienzos de agosto, mi mujer y yo recorriamos, con la calma y la curiosidad debidas, las tierras de la vega del río Matarraña en la provincia turolense, para llegar al atardecer a Valderrobres, pueblo espectacular cuya visita recomiendo encarecidamente. Mientras paseábamos por la antigua villa episcopal, de un bar salían, nítidos y elocuentes, los sones de una canción de Labordeta, que la parroquia entonaba con especial pasión. Se trataba de “Cantes de la Tierra Adentro”, de aquella que dice “Somos de la tierra adentro / somos de la piedra y cal/ somos de la ontina rota/ del viento y la soledad/ somos gentes que no piden/ y que tampoco le dan”. Animados y conocedores de la letra (aunque con algunos paréntesis), nos incorporamos de inmediato al coro de paisanos que entonaban, con mayor seriedad que regocijo, esa melodía, que rezuma rabia, reivindicación y una enorme dosis de sensibilidad.
Fue una experiencia muy grata y memorable, que traigo hoy aquí en homenaje al artista que se va, al profesor respetado y convincente, al político que se ha retirado con dignidad y con el aplauso de sus compañeros aunque con un cierto desencanto de la política, al viajero incansable y animoso, al baturro irreductible y socarrón, al hombre que cantó a Aragón con la mirada puesta en España y en el mundo y, sobre todo, al intelectual honesto, sencillo, coherente y comprometido con su tiempo y con su espacio. Pocas personas me suscitan en la España actual tanta admiración como José Antonio Labordeta. Le deseo, sinceramente y con todo afecto, ahora que sufre, lo mejor. Se lo deseo a ese representante de los “árboles indómitos” a los que con tanto acierto cantó, como lo testimonia este video. Estoy seguro que Luis Antonio, de sólidas raices turolenses e interesante compañero de la blogosfera, comparte tales ideas.
No se logró la victoria, pero la hazaña fue grande, heroica. Y debe ser destacada. Llegar a semifinales en el mayor espectáculo del mundo sólo está al alcance de cuatro equipos. El fútbol es así. La tensión en el rostro de los jugadores antes de salir a la cancha del Green Point Stadium de Ciudad del Cabo reflejaba lo mucho que representa ese deporte de multitudes, dinero, pasiones y simbologías inigualables en la cultura colectiva de un pueblo que, habitando un país pequeño, aspira a ser grande. A ser reconocido, a ser admirado, a merecer la atención que aparece desleída cuando la mirada se expande por los anchos horizontes de la América austral donde el Uruguay apenas es una cuña entre las inmensidades de sus vecinos.
Ya en el campo, la garra se enardece para dejar de lado el abatimiento y la sensación de que la victoria no es fácil objetivo, pero sí posible. La voluntad prima sobre el estilo, el coraje sobre la finura, mientras la astucia y la fortaleza del adversario, que calcula sus tiempos con la habilidad y precisión que en todo ponen los soberbios anaranjados de los Paises Bajos, cercenan el terreno que insistentemente los charrúas tratan de abrir para que el mundo aplauda la proeza de que son, o pueden ser, capaces los asesorados por Oscar Tabárez, cuyo parecido con José Gervasio Artigas, el héroe por antomasia de la Banda Oriental, resulta asombroso. Al final, 2 a 3. La menor de las diferencias.
Volverán, como los cuartos del Campeonato (¡qué lastima de larguero inoportuno en el último minuto!), al aeropuerto de Carrasco, allá donde Montevideo se adentra mansamente en las enormes fauces del Paraná. Recorrerán las calles y las esquinas de la ciudad que tanto amaba Mario Benedetti. Serán objeto de comentarios sabrosos por parte de Eduardo Galeano, que, al fin, saldrá de ese recogimiento sobre sí mismo y su pantalla de televisión que siempre, como ha reconocido, le provocan los Mundiales. Se acercarán a la Plaza de la Independencia, o quizá a la inmensa esplanada que se abre ante el Parlamento, donde Pepe Mujica les obsequiará con su sonrisa característica y alguna broma inesperada para levantar el ánimo. Recibirán el saludo fraternal de los que en Paysandú, Paso de los Toros, Tacuarembó o Rocha, entre tantos otros lugares, se sientan identificados con los colores celestes que han brillado con luz propia en la tierra de los bafana-bafana. Y ya en la soledad que algunos de los jugadores sientan mientras paseen por Pocitos frente al Rio de la Plata, no les será infrecuente evocar las sensaciones infinitas emanadas de una experiencia inolvidable que asociarán al ruido ensordecedor de las vuvuzelas en aquellos estadios en los que la sombra de Nelson Mandela ha estado omnipresente a través de esa espectacular riqueza de colores engarzados que sólo Sudáfrica - "the Rainbow Nation" como la definió Desmond Tutu- logra aportar al mundo.
Enhorabuena, Uruguay. Enhorabuena, orientales. Enhorabuena a cuantos sienten como propios los éxitos y las frustraciones de ese pais tan admirablemente recogido y descrito en la voz de Alfredo Zitarrosa.
Nota: La fotografía que abre esta entrada fue realizada por mí en Montevideo el dia 1 de mayo de 2010. Forma parte de una colección de imágenes sobre el Primero de Mayo en esa ciudad, que espero publicar, con sus correspondientes comentarios, algún día. Si alguien sabe de alguien que pudiera estar interesado en esa publicación, le agradecería me lo comunicase.
Admiro la figura del intelectual comprometido. Comprometido con su tiempo, con los problemas y vicisitudes de la época que le ha tocado vivir, alerta y vigilante hacia cuanto acontece a su alrededor y con la mirada puesta en la defensa de quienes más necesitan el amparo y el aliento que hagan posible el alivio de sus tragedias. Y comprometido con su espacio también, con ese entorno convulso y repleto de contradicciones en el que todos nos desenvolvemos y que cada dia ofrece a nuestra vista perpleja las tensiones motivadas por el estigma omnipresente de la desigualdad.
Cuánta razón tenía Gabriel Celaya al escribir aquel poema que tanto me impactó en mi juventud:
(...)
Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
(...)
No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.
Sirva este recuerdo como testimonio de admiración, respeto y reconocimiento a la figura de José Saramago, el portugués de mil miradas que acaba de partir. Ninguna causa noble le supuso incomodidad. Consciente de que su palabra era un buril incisivo sobre la injusticia, jamás puso obstáculo alguno para hacerla notar y combatirla - siempre con el coraje de la palabra - allí donde era necesario. En el Sahara Occidental, en Palestina, en Haití, en el África admirada….
Su obra es inmensa, tanto como el océano que se extiende sin límites frente a las costas de Portugal, el mismo que divisaba desde su atalaya de Lanzarote. Recuerdo haberle visto en varias ocasiones en el Circulo de Bellas Artes de Madrid, en la Feria del Libro del Parque del Retiro madrileño, en el Dia del Libro y de la Rosa de Barcelona, en la manifestación contra la guerra de Irak aquel memorable 13 de Febrero de 2003 en la Plaza de Cibeles... Valiente y decidido, enamorado de la “balsa de piedra” que identificó con la Península Ibérica, nunca comulgó con la feria de las vanidades ni se sumó a la conjura de los necios. Anteponía la sinceridad a la petulancia tan frecuente en el oficio, no se recataba ante la barbarie y enarboló como nadie la bandera de la libertad.
Coherente consigo mismo, nos hizo intuir que otro mundo era posible. Un mundo alejado de la mediocridad, de la explotación, del lucro desmedido, de la banalidad y, ante todo, de la opresión y la injusticia
¿Cómo homenajear a Saramago en estos momentos?. No se me ocurre nada mejor que , recurriendo a la voz de Carlos do Carmo, traer a colación la imagen de Lisboa y el rumor del Tajo que se abren al Atlántico, y que con tanta fuerza nos evocan los aires de Portugal. Y es que, aunque hombre de un mundo sin fronteras y no bien comprendido a veces por algunos de sus compatriotas, dificilmente podría entenderse la creatividad de Saramago sin asociarla a lo más encomiable y recóndito de la personalidad portuguesa.
Hace años Gabriel García Márquez escribió en la prensa un artículo que hoy merece ser recordado. Comentaba con su expresividad habitual la sensación que tuvo cuando, al entrar en una tienda de música en la ciudad de Los Ángeles, oyó una melodía que de inmediato le cautivó. “Sentí encontrarme en el cielo, transportado a espacios nunca sentidos”: de este modo tan gráfico explicó el escritor colombiano su estado de ánimo al verse envuelto por las notas de una composición musical de Joseph Haydn. No mencionaba de qué obra se trataba, pero sí se le hacia familiar el inconfundible estilo de ese genio de la música, fallecido el último día de Mayo de 1809. Poco importa la composición de que se tratase, aunque me atrevería a afirmar que quizá los sonidos percibidos emitieran notas tan bellas como las que adornan cualquiera de sus Sinfonías, de sus Cuartetos, de sus Conciertos para piano o para trompeta, de las arias de sus óperas o alguna de las piezas que proporcionan esa fuerza inmensa al oratorio de La Creación, con fundamento considerada como una de las realizaciones más impresionantes y hermosas de la historia de la música.
Recordar a Haydn en el bicentenario de su muerte supone algo más que expresar la admiración por su talento y subrayar la vigencia inalterable de una música realizada en la segunda mitad del siglo XVIII, en la que coinciden genios que han de marcar con poderosa huella la evolución de la cultura musical hasta nuestros días. La obra de Haydn nos sitúa en la perspectiva de la profunda transformación instrumental que experimenta la música de la mano de los dos grandes maestros que desde Austria contribuyeron en mayor medida a engrandecer el periodo clasicista, abriéndolo a la modernidad del Ochocientos. A él le corresponde el mérito de la consagración de la Sinfonía y de la música de cámara como dos formas singulares de expresión que dieron lugar a movimientos de renovación que cobrarían en Mozart su plasmación más sobresaliente, enriquecida en éste además por la brillantez de sus óperas.
La relación entre ambos, estrecha y fecunda, cimenta las bases de una etapa cumbre a la que más tarde aludiría Johannes Brahms, cuando se consideró heredero del legado transmitido por ambos genios a los que Viena y Salzburgo han dedicado sendos museos que resumen muy bien el particular entorno en que se desenvolvieron. Escuchar a Joseph Haydn nos sitúa en una época y en un espacio que identifica a los europeos con lo mejor de su tradición cultural. Pues, ¿hay alguien que no se emocione al oir interpretar el “Von deiner Güt’, o Herr und Gott” de La Creación o descubrir, entre otras maravillas, la belleza del Cuarteto Emperador Op. 76, en cuyo segundo movimiento se inspiró el himno oficial de la República Federal Alemana?
Ayer oi por vez primera tocar el piano a Diego Fernández Magdaleno. Coincidencias, viajes, situaciones diversas me lo habian impedido hasta ahora. Decidí, al fin, acudir a un concierto del ilustre pianista, nacido en la Tierra de Campos vallisoletana. Me apetecía disfrutar de un momento de satisfacción musical en una tarde relajada, tras un día de intenso trabajo. Siempre he deseado tocar el piano, pero, como el personaje de la película The Visitor (2007), he llegado tarde y ya no hay posibilidad de recuperar el tiempo que pude utilizar en esa tarea tan placentera.
Leal con sus amigos, Diego dedicó el concierto a la figura de Ramón Barce, recientemente fallecido, y de quien tantas veces ha hablado en su Las palabras del agua. Allí me presenté, y ésta es la sensación que tuve:
Suena el piano. El aire se detiene.
El silencio se transforma de repente
en sonidos que todo lo enriquecen.
La sala cambia de color y de sentido,
las aristas del espacio cobran otra dimensión
Ha llegado el momento de escuchar.
El deleite nos espera y lo esperamos todos.
Y escuchamos, asombrados,
lo que el piano transmite,
y que sabiamente Diego sabe transmitir.
Incesante, rotundo, decidido,
coherente, tierno a la vez.
Todas las actitudes se concilian en un rostro ensimismado,
que acostumbra a cuidar el detalle, a sentir cada tecla,
a crear expectación ante la nota que emerge y estalla.
Sin desfallecer, inagotables las manos.
Nos descubre la tenacidad y el empeño
que el artista ha de poner en la interpretación de la obra.