Me atrevo a opinar que el tema catalán está encauzado o en vías de encauzamiento. Dos años por delante se han concedido los de la Taula del Diàleg, asumiendo que no van a presionarse mutuamente. ¿Paz, al fin, en la Plaza de Sant Jaume? Cada cual con sus posiciones, con sus poses cada cual. Asumiendo la imposibilidad de llegar a acuerdos políticos desestabilizadores del sistema que estructura y cohesiona al Estado (salvo modificación ajustada a la Constitución), la invocación al diálogo, como actitud y voluntad de encuentro, se presenta como algo potencialmente taumatúrgico, como término apaciguador de tensiones, que las partes no quieren, aunque se halle vacío de contenido operativo. Dar tiempo al tiempo y reafirmar por parte de Pedro Sánchez esa postura de sensibilidad hacia Cataluña sin perder de vista que el resto de las Comunidades autónomas están ojo avizor frente al agravio comparativo, que coste electoral tiene cuando se produce. No puede haber letra pequeña ni oculta, porque esas letras también se leen.
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15 de septiembre de 2021
El diálogo como fundamento del futuro en Cataluña
E o tempo passa mientras diluye el ruido y se convierte en herramienta utilizada para modificar el paisaje y la correlación de fuerzas de cara a la nueva gobernación que se perfila no muy lejana en Cataluña. Inerme Carles Puigdemont en Waterloo, como un patético remedo del ridículo Bonaparte de opereta en que se ha convertido, errática la estrategia de Junts per Cat y desprovista la CUP de asidero sólido al que agarrarse en un contexto en el que la violencia y la demagogia pierden sentido, cabe intuir que a medio plazo la confluencia de intereses entre ERC y el PSC va a pilotar la nave catalana, con proclividad y respeto al constitucionalismo, que acabará prevaleciendo.
¿Optimismo, ingenuidad, tal vez visión sesgada, que puede confundir los deseos con la realidad? Tan sólo son hipótesis tras lo vivido.
1 de diciembre de 2010
¿Es esta la visión que tienen los catalanes del mundo?

Desde el punto de vista didáctico y cultural los mapas mentales siempre han sido un ejercicio tan provechoso como ilustrativo. Revelan la visión que quien los hace tiene del entorno que le rodea, del mundo en el que vive. No hay en ellos rigor técnico o cartográfico alguno, pero es evidente que permiten extraer conclusiones valiosas sobre el modo de entender y valorar tanto lo que se tiene cerca como lo que, más alejado, merece también ser tenido en consideración simplemente porque existe y porque de ello se tienen constancias más o menos sólidas. Difícil es sustraerse a la dimensión globalizada de cuanto ocurre allí donde suceda. No son pocos los geógrafos que han dedicado páginas sin cuento a las manifestaciones empíricas de la llamada “Geografía de la Percepción ”, asociada a la concepción del espacio como expresión de una subjetividad que deriva de la cultura que se tiene y que a su vez explica comportamientos (behavioral geography) que de otro modo serían difíciles de interpretar.
Sirva esta reflexión previa para dejar constancia de la sorpresa que me ha producido el “mapa mental” que en la edición de El Pais Semanal de 28 de noviembre, publica el diseñador Javier Mariscal sobre la concepción que, a su juicio, los catalanes tienen del mundo, del mundo mundial, en el que viven. No lo hace un “charnego” o un catalán henchidos de visión crítica hacia Catalunya, sino un catalán, aunque de origen valenciano, de tomo y lomo, reconocido como uno de sus talentos más conspicuos, diseñador de la mascota con que se dieron a conocer los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 (¿se acuerdan de Cobi?), y qué sé yo cuantas cosas más.
Me he detenido con atención en el mapa, porque todo lo que tiene que ver con el territorio me interesa. Y mi asombro ha sido grande, ya que, más allá de la caricatura y la visión humorística con que han de verse estos dibujos realizados con un cierto aire de provocación, no cabe duda que invitan a la reflexión. Echen un vistazo a la imagen, y sabrán de qué estoy hablando. Según Mariscal, la parte del mundo que los catalanes perciben gravita no tanto sobre Catalunya como sobre Barcelona, el epicentro magnificado de la centralidad y del espacio dominante. Sus referencias son las tópicas, las que simbolizan la imagen más convencional de la Ciudad Condal , relegando a un segundo plano a los otros topónimos que identifican el territorio catalán en esa interface espléndida que en él se produce entre el Mediterráneo y las múltiples expresiones de la montaña.
Pero lo que sí queda sumido en lo remoto es lo que se extiende más allá del río Ebro, poderosa solución de continuidad poco menos que infranqueable. Barrera de separación rotunda, lo que se abre a partir de ese cauce inmenso es bien poca cosa: Madrid como fortaleza casi hedionda, emerge en medio de la nada, flanqueada por tierras de interiores donde sólo crece el cactus solitario, en tímido contraste con las regiones de la periferia, asociadas a las señas más tópicas en las que se fundamenta una identidad no bien entendida. Una identidad que en el caso del Pais Vasco y de Galicia sólo cunde por su verdor, sin que en ninguna de las dos sobresalga otro aliciente que el que le confiere unos nombres emblemáticos en la proyección de los nacionalismos que tapizan esta nuestra sufrida piel de toro.
Bien poco queda allende la mar océana, que diría el Almirante, cuya estatua se yergue, altiva, donde empiezan o terminan las Ramblas barcelonesas. América queda desvaída en un horizonte lejanísimo en el que sólo descuellan la “linea del cielo” de Nueva York y la individualidad de la “isla más hermosa”, calificativo que el descubridor utilizaría cuando de pronto se topó con Cuba. Nada más. Se echa de menos lo que falta, es decir, continentes (Asia, Africa, el profundo austral) que, pese a su distancia, cuentan mucho, por las razones que sean, en este mundo de imágenes globalizadas de las que no es posible evadirse, por más que uno se empeñe.
Entendámoslo, en fin, como una simplificación, como una "boutade", como un juego (¿divertido?) de cartografías ilusorias, que quizá solo aniden en la mente de un artista dechado de capacidad imaginativa, y, por supuesto, también de una actitud muy crítica hacia sus conciudadanos más próximos. Mas qué duda cabe que llaman la atención, proviniendo de un creador que se las sabe todas. ¿Será esa la visión que los catalanes, o una parte significativa de ellos, tienen del mundo? ¿Será la que tiene el propio Mariscal, sin calibrar suficientemente la que tienen los demás?
En realidad, importa poco, ya que, para bien o para mal, el mundo está ahí, girando en torno a su eje, y, aunque no queramos o no nos guste, jamás nos podremos desprender de sus referencias universales, múltiples y contrastadas, ya inviten a la solidaridad o a la indiferencia.
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3 de julio de 2009
Barcelona nunca deja indiferente
Nunca pensé que esta semana, transcurrida en Barcelona, me iba a proporcionar experiencias tan intensas como contradictorias. Viajar a Cataluña nunca ha sido para mí un hecho rutinario ni irrelevante. Aunque el motivo del viaje ha tenido que ver con cuestiones de carácter académico y profesional, reconozco que la toma de contacto con la realidad catalana me supone una llamada de atención sobre un sinfín de aspectos, que de una u otra manera acaban dejando huella en el sentimiento y en la memoria.
Gracias a la generosa iniciativa y al encomiable esfuerzo de mi colega de la Universidad de Barcelona, Joan Eugeni Sánchez, he tenido la oportunidad de analizar y ver de cerca los cambios - económicos, sociales y urbanísticos - que están teniendo lugar en esa ciudad y en su impresionante área metropolitana. He visto de cerca el proceso de transformación del Poble Nou, la modernización urbanística de L’Hospitalet, el proyecto de reestructuración del espacio conocido como 22@, las actuaciones llevadas a cabo en la comarca del Vallés, con atención especial a San Cugat, Cerdanyola y Sabadell….. En fin, los encuentros y los debates en torno a las nuevas perspectivas en que se inscribe el futuro de Barcelona y su área de influencia me han permitido ponerme al día, refrescar los análisis, someter a valoración crítica lo que hay que de realidad y lo que, en cambio, permanece sumido en las buenas intenciones.
Y es que Barcelona siempre aporta cosas nuevas, provoca curiosidad e induce a la reflexión. No en vano, sigue siendo esa “ciudad de los prodigios”, que con tanta expresividad describió hace tiempo Eduardo Mendoza en una novela que nadie interesado en la Cataluña y en la España moderna debiera dejar de leer. Me gusta de vez en cuando aproximarme a Barcelona con afán de descubrir cosas nuevas y de hacerlo además con esa mezcla de reconocimiento y espíritu crítico tan necesarios para asumir lo que de positivo tiene esa aglomeración tan activa aunque dejando también claro que, como en todo, siempre hay que retirar el barniz para fijarse con detalle en lo que verdaderamente crea aportaciones que merecen ser tenidas en cuenta.
Estando en Barcelona he asistido, en las conversaciones mantenidas, a la aprobación de la Ley de Educación, que voy a analizar a fondo antes de opinar sobre ella, porque encierra más miga de la que parece, he visitado la magnífica exposición sobre Ildefonso Cerdá, el gran arquitecto del Ensanche, en la Diputación , he visto de cerca los entusiasmos suscitados por el primer concierto de U2, he comentado los éxitos futbolísticos del Barça y la deriva de este deporte en España cuando se inicia la versión corregida y aumentada, de la segunda etapa de Florentino Pérez y su feria de las vanidades, y de pronto me he topado con lo que significa la pérdida cultural a raiz del fallecimiento de Baltasar Porcel, quien, como mi amigo Julio Valdeón, se ha ido para siempre a los 72 años y a las 19,15 de una tarde de comienzos del verano.
Nunca le conocí, pero he de reconocer que dejó huella en mí cuando casualmente encontré su obra sobre “Los chuetas de Mallorca, quince siglos de racismo”, que puso al descubierto la tragedia histórica de los judíos de Baleares. Me gustó mucho también su biografía de Josep Tarradellas, el presidente de la Generalitat que regresó del exilio, y curiosamente no hace mucho llegó a mis manos, como obsequio inmerecido, su última novela, Cada castell i totes les sombres, que esperaba poder leer este verano y que haré sin duda como homenaje y recuerdo a uno de los autores que mejor supo entender, descubrir y proyectar lo que se esconde en el entorno maravilloso del Mediterráneo. Regreso a casa conmocionado por la noticia y con la sensación de que hoy sé mucho más de lo que sabía cuando hace una semana fui a Barcelona con el propósito de conocerla mejor.
Imágenes: ¿Qué mejor resumen del pensamiento y la forma de entender la mentalidad y la actitud ante la vida de la burguesía catalana que este texto destacado en la exposición sobre Ildefonso Cerdá que ha tenido lugar en la Diputación de Barcelona?. Admirador ferviente de su obra, deseo con esta referencia sumarme al reconocimiento de una de las más brillantes personalidades en la nueva concepción del urbanismo en la segunda mitad del siglo XIX.
Perspectiva desde Montjuic
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