28 de marzo de 2015

El riesgo del ensimismamiento voluntario



Es posible que cuando comprobemos los efectos que los nuevos dispositivos de comunicación provocan en la sociedad, y particularmente en la juventud, la capacidad para corregirlos sea ya muy limitada. Tremendo el diagnóstico que Jordi Soler realiza sobre el tema. ¿Será verdad lo que dice? ¿Tan fuerte es la tendencia al aislamiento que propician en medio de la multitud que nos rodea? ¿De qué manera repercute la dependencia obsesiva de los artilugios electrónicos sobre el comportamiento de los ciudadanos más entregados a ellos? ¿Cómo influye en los procesos de toma de conciencia sobre las realidades colectivas, a las que estamos necesariamente vinculados y de las que dependemos? ¿La docilidad y la cobardía son, en suma, las secuelas inexorables? ¿Qué modelo de ciudadanía se configura, al fin? 

Estas preguntas requieren respuestas inmediatas y sinceras ante lo que está sucediendo, conscientes de que el riesgo existe, aunque personalmente no creo que la sumisión prevalezca aún sobre el espíritu crítico y la rebeldía, tal y como se aprecia en las posturas reactivas que cuestionan determinados comportamientos políticos. Pero lo cierto es, sin embargo, que sólo la labor educativa bien planteada, capaz de canalizar racionalmente las actitudes y los saberes hacia el conocimiento de las posibilidades y los riesgos que entraña la dependencia hacia las tecnologías que aíslan y sumen en la soledad, valorando al tiempo el caudal de ventajas que encierra la valoración de lo que colectivamente integra al ciudadano, puede neutralizar el sentido de una tendencia que paradójicamente lleva a la desculturización, al ensimismamiento y a la insolidaridad.

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