17 de mayo de 2014

Cuando los políticos adulteran la noble función de la política

No hay otra definición de la política que la que la entiende como labor de servicio al interés público, en defensa de los derechos de los ciudadanos, sensible y atenta a los problemas que les afectan. Concebida así es una actividad digna, encomiable y necesaria. Es como el aire que nos hace vivir. Pero cuando esa actitud se adultera y los que se dicen políticos, y viven de la política, se lucran de ella, ignoran, menosprecian u ofenden a los ciudadanos, mostrando indiferencia por lo que les sucede, desatienden sus ruegos porque molestan a sus oídos complacientes o consideran que, al actuar así, pueden llegar a ser increpados, esos políticos se convierten para muchos en el símbolo de lo más abyecto y deleznable. El respeto que debieran merecer se torna en desprecio sin matices. Son vulgares camanduleros y farsantes. Su figura es un fraude, sus palabras suscitan rechazo, su solo presencia provoca repugnancia. Esta reacción no surge al albur sino de la constatación de que la labor más noble se convierte a veces en una estafa, en la manifestación más palmaria de la indecencia. Y eso duele mucho porque atañe a cuestiones muy sensibles de la vida cotidiana. Las reacciones críticas nunca son instintivas ni derivan de la irracionalidad: se apoyan en motivaciones fundamentadas, en la justificación que aportan la experiencia y el desegaño, en el hartazgo y la rabia asociados a la impotencia, en la comprobación de que la ejemplaridad en la que confiaban se ha visto defraudada.

Me cuesta quitarme de la cabeza la imagen brutalmente ofensiva de los concejales del Partido Popular que abandonan el Pleno del Ayuntamiento de Toledo cuando unos padres de familia plantean en la Casa de la Villa y ante sus representantes la tragedia en que se encuentra la atención médica de sus hijos víctimas de la más cruel de las enfermedades. Dicen los voceros de lo azul que el tema no es competencia del Ayuntamiento.... pero ¿desde cuando el Ayuntamiento ha dejado de ser la expresión del latido y el clamor que los que sufren en las ciudades? Veo a Arturo García Tizón, representante del grupo popular, presidente de la diputación toledana y amachambrado en la política desde la época de Hernández Mancha, decir que lo que allí se trata no le interesa. Pasa altivo, indiferente, despectivo ante los ciudadanos que reclaman e imploran su atención. Le trae sin cuidado. Impúdicamente lo reconoce. Le secunda su banda, agazapada en la desvergüenza de quien solo se preocupa por su ombligo. Solo una mujer del grupo popular se mantiene en la sala. Y luego hablan de desafección. No es generalizada, pero se muestra justificadamente implacable con los que carecen de los principios inherentes a la dignidad de la política y que son legión.

Es una de las manifestaciones más dolorosas, miserables e indignas que recuerdo en el ejercicio de la responsabilidad pública. Ni una palabra sobre el tema por parte del Gobierno autónomo. Si Cervantes levantara la cabeza y viese en lo que se ha convertido la tierra de la Mancha, gobernada por la mujer de la mentira y el ridículo permanentes, su posición ante tanta ignominia daría lugar a episodios memorables de justa rebeldía.

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