30 de diciembre de 2025

Una reflexión sobre la lectura de la prensa en papel

 

Casualidades de la vida. Precisamente al lado mismo del viejo comercio de "confección de caballero" en el que trabajó mi padre, y al que a menudo acompañaba, en la calle Sombrerería en Burgos, hay una esbelta escultura en bronce que en cierto sentido representa un homenaje al lector de periódicos en papel. Esa escena, con la que me identifico como asiduo que soy a la lectura cotidiana en ese formato, y durante décadas, de las noticias impresas, me ha inspirado una reflexión que deseo compartir y someter a su consideración.
Opino que la lectura del papel impreso abre un campo de imaginación más profundo que su simple función como superficie de escritura. El periódico impreso simboliza el redescubrimiento de la curiosidad, el dominio de nuestra concentración, la disposición a avanzar lentamente y la resistencia a las violaciones de la privacidad que implica el uso de dispositivos conectados en un sistema impulsado y controlado por el mercado que trasciende a nuestra libertad e incluso la regula.

En cambio, en la era de la información algorítmica, el papel no controla a su lector, no captura su tiempo, no secuestra sus emociones, le confiere autonomía y libertad. No forja un camino estadístico contra la corriente de nuestra voluntad; al contrario, exige esfuerzo; manipular su diseño a veces incluso requiere un poco de contorsión. Cuando leerlo inspira una idea, lo dejamos, hacemos una pausa, reflexionamos, levantamos la mirada para pensar y, si acaso, interpretar con calma lo que acabamos de leer o afianzar las ideas volviendo sobre lo ya leido. Es el medio para recuperar la soberanía sobre los objetos de nuestra atención y, en consecuencia, sobre nuestras propias acciones. Por lo tanto, elogiar el papel no refleja una reacción conservadora, sino un movimiento racional y una necesidad intelectual.

21 de diciembre de 2025

Que nadie olvide a Palestina en Navidad

 

Si las conmemoraciones que iluminan las calles y estimulan, a la par que el consumo, los más nobles sentimientos de amistad y solidaridad ocurrieron en la llamada Tierra Santa, no parece justo olvidar la tragedia que asuela ese territorio, que de pronto ha quedado sumida en la desatención o la indiferencia.
Palestina ya no figura con el interés hasta ahora merecido en el escenario mediático. Un deliberado manto de silencio se cierne sobre una realidad que ha conmocionado al mundo en los últimos tiempos hasta convertirse, pese a su gravedad y trascendencia, en una cuestión marginal. El que en su momento fue presentado como un acuerdo de alto el fuego, suscrito por Trump y Netanyahu, mancornados para siempre en el genocidio cometido y que no cesa, se ofreció al mundo con la idea de que los crímenes y la devastación habían terminado.
Pero lo cierto es que nada más lejos de la realidad, ya que la masacre continúa, las condiciones de vida de la población ofenden los principios más elementales de la dignidad humana, la política de expolio de Cisjordania se ha incrementado sensiblemente, la ayuda humanitaria se mantiene en niveles de restricción permanentes, mientras el silencio se impone como soporte de la impunidad. Y es que, como ha señalado Teresa Aranguren, "el acuerdo de paz ha servido para suavizar la crítica e intentar acallar la protesta, que cada vez se ha hecho más notable en las ciudades europeas y en el mundo occidental, ante la actitud cómplice de muchos de sus gobiernos”.

No parece honesto en estas fechas tan rutilantes festivas y adobadas de buenos sentimientos olvidar lo que ha sucedido y sucede en Palestina. Por esa razón me permito recordarlo.

17 de diciembre de 2025

España: Identidades y territorio

 El mapa ofrece una buena perspectiva de la complejidad de España, reflejada en su diversidad lingüística y en los contrastes regionales de sus posiciones reivindicativas. 

Ha sido elaborado por Fanny Privat y publicado en la excelente monografia que sobre España ha dado a la luz Le Monde Diplomatique.    El motivo de la publicación está claramente definido en el encabezamiento de la edición:

" Desde la noche franquista hasta las vibrantes calles de las manifestaciones feministas, España ha cambiado su rostro. Cincuenta años después de la muerte del dictador, esta monografía relata las metamorfosis de un país forjado por la memoria, la ira y la esperanza".

14 de diciembre de 2025

La Universidad bajo asedio

Con este título, la politóloga española Mariám Martinez Bascuñán publica en el día de hoy uno de los artículos más brillantes y rigurosos sobre la crítica situación en que se encuentran las Universidades públicas españolas, tomando como referencia lo que está sucediendo en la Comunidad Autónoma de Madrid. Como la lectura completa del texto sólo es accesible a los suscriptores del diario El País, donde ha sido editado, me permito incluirlo en su integridad a fin de que su contenido sea conocido y valorado en el escenario más amplio posible 


Universidad Complutense de Madrid 


 " En Estados Unidos lo dicen en voz alta. Christopher Rufo, uno de los arquitectos de la ofensiva de Trump contra las universidades, ha explicado la estrategia sin pudor: utilizar la presión financiera para sumergirlas en un “terror existencial” hasta que la única opción viable sea rendirse. En la Comunidad de Madrid nadie confiesa nada, pero los números son elocuentes: la región más rica de España tiene la universidad pública peor financiada. Lo que allí se proclama, aquí se ejecuta en silencio. Ningún consejero ha explicado qué modelo educativo quiere la Comunidad, qué papel reserva a la investigación, cómo pretende que la universidad contribuya a la prosperidad de la región. No se habla de diagnósticos ni de estrategias porque obligaría a reconocer que el objetivo no es mejorar la universidad pública, sino reducirla hasta hacerla irreconocible.

Meghan O’Rourke, profesora de Yale, lo ha descrito con precisión: “No estamos presenciando simplemente un ataque a la academia ni una serie de reformas fiscales. Es un asalto frontal a las condiciones que hacen posible el pensamiento libre”. Quien crea que lo de Madrid es solo mala gestión o cicatería presupuestaria no ha entendido nada. Porque Madrid no es una anomalía local: es la versión silenciosa de una ofensiva que recorre las democracias occidentales, donde el ataque a las universidades acompaña un proyecto más amplio de debilitamiento institucional. El blanco no es solo la educación superior, sino todas las estructuras que permiten que una democracia funcione sin depender del capricho de un líder: instituciones que generan confianza pública, que establecen límites, que aportan credibilidad colectiva. La sanidad pública, los medios de comunicación, la ciencia, la educación. Todas están en el punto de mira. No porque fallen -que a veces fallan-, sino porque funcionan: ofrecen una verdad alternativa a la del poder político y, por tanto, lo incomodan.  

La técnica tiene un nombre: inversión. Cuando Isabel Díaz Ayuso acusa a la universidad pública de estar “colonizada por la izquierda”, cuando la retrata como un “nido de escraches y vandalismo”, no describe nada: desordena el lenguaje hasta que diga lo contrario de lo que nombra. Quien produce conocimiento pasa a ser sospechoso de “adoctrinar”. Quien defiende la autonomía universitaria se vuelve “elitista”. Quien investiga con rigor es acusado de tener una “agenda” oculta. Es la gramática de la posverdad: invertir las categorías de víctima y agresor hasta que quien asfixia parezca liberar, y quien resiste aparezca como amenaza. Y hay algo más: el silencio. El silencio sobre qué universidad se quiere, qué investigación se imagina, qué ciudadanos se aspira a formar. Es un silencio deliberado porque proponer algo obligaría a un debate, a exponer las cartas. Aquí solo hay el desgaste paciente de lo que existe, como quien deja una casa sin mantenimiento hasta que un día se declara inhabitable. No es un proyecto educativo: es una demolición presentada como higiene democrática.

Pero sería ingenuo pensar que no hay nada detrás del silencio. Lo hay. Se trata de un ecosistema paralelo de legitimación que crece mientras la universidad pública agoniza. Pseudouniversidades autorizadas con informes negativos del Ministerio, políticos sin carrera académica colocados como vicerrectores, títulos sin validez oficial que sirven para inflar currículos y crear apariencia de solvencia. El caso de la Universidad Francisco Marroquín no es una anomalía: es el modelo. Lo vimos hace poco con Noelia Núñez, la diputada del PP que cayó cuando se descubrió que sus títulos eran falsos. Núñez aparecía como “profesora” en la web de la Universidad Francisco Marroquín, una institución guatemalteca considerada el “templo del neoliberalismo en Latinoamérica” que abrió campus en Madrid en 2017. Fue autorizada por la Comunidad aunque el Consejo de Universidades había advertido de que no cumplía los requisitos mínimos. No importó: se aprobó cuando Javier Fernández-Lasquetty, un político sin carrera académica, ocupaba el cargo de vicerrector. Por sus aulas han pasado Esperanza Aguirre y Lucía Figar. Sus títulos no tienen validez oficial en España ni en la UE, pero sirven para lo que sirven: decorar currículos, vestir de solvencia a quien paga.

Quienes denuncian la supuesta ideologización de la universidad pública han construido, mientras tanto, su propio circuito de legitimación ideológica. No es que falte un proyecto alternativo: es que no se formula porque, al formularlo, quedaría claro en qué consiste. Su lógica es sencilla: sustituir instituciones que producen conocimiento validado por otras que producen credenciales útiles al poder. La universidad pública resulta incómoda porque su verdad no tiene dueño: no responde al Gobierno, ni al mercado, ni al líder del momento; responde a métodos propios de evaluación y contraste. Esa autonomía la hace difícil de domesticar. Las pseudouniversidades, en cambio, son maleables: certifican a quien las financia, proporcionan solvencia a quien la necesita, fabrican una apariencia de mérito sin pasar por los filtros de la ciencia o las humanidades. Producen, en suma, la verdad que conviene.

La sanidad pública, la justicia, el periodismo, los organismos estadísticos, los servicios públicos de radiodifusión tienen algo en común: su autoridad no viene del poder, por eso la verdad que producen no pertenece a nadie, porque en el momento en que perteneciese al Gobierno, al mercado o al partido, dejaría de ser verdad y se convertiría en propaganda, en publicidad, en doctrina. Un médico no cura porque lleve bata, cura porque aplica un método. Un científico no descubre nada porque lo diga él, sino porque otros pueden verificarlo. Esa es la diferencia con el líder carismático que pide fe ciega: estas instituciones no dicen “créeme”, dicen “compruébalo”. Y por eso son incómodas para el poder. No puedes comprarlas sin destruirlas: un juez que dicta sentencias a medida deja de ser juez, un periódico que publica lo que conviene deja de hacer periodismo, una universidad que certifica a quien paga deja de ser universidad. Todas estas instituciones están bajo asedio, en distintos grados y en distintos lugares. Pero cuando se desmoronan, lo que se deshace es el lugar donde las palabras aún significan lo mismo para todos. Se trata de la gramática de la convivencia, esa que nos permite discrepar sin rompernos.

El sociólogo Harry Collins lo formuló con una imagen que merece recordarse: el proceso para creer algo no fluye de las estrellas hacia nosotros, sino de nosotros hacia las estrellas. El conocimiento no brota de observaciones neutrales; se forja en el acuerdo previo sobre qué fuentes merecen confianza. Por eso mostrar una foto del espacio a un terraplanista no sirve de nada: lo que él cuestiona no es la imagen, es la autoridad que la respalda. Y esa es exactamente la autoridad que hoy se está demoliendo.

¿Por qué debería importarle esto a alguien que desconfía de la academia o que cree que las universidades están ideologizadas? Meghan O’Rourke lo resume con claridad: el trabajo serio y reflexivo de la universidad protege bienes que ningún gobierno ni empresa pueden garantizar por sí solos. La libertad académica no es un privilegio corporativo: es un espacio donde las ideas pueden desarrollarse sin rendir cuentas al mercado ni al poder político. Y las humanidades -nacidas tras el horror de dos guerras mundiales- existen para recordar algo incómodo: que una sociedad puede ser tecnológicamente avanzada y moralmente bárbara al mismo tiempo. O’Rourke lo resume en una frase que conviene no pasar por alto: “En una era marcada por tecnologías transformadoras, crisis climáticas y una inestabilidad global sin precedentes, necesitamos exigir más de las universidades, no menos”. Más rigor, más apertura, más capacidad de incomodar. Lo contrario es abrir las esclusas y mirar hacia otro lado mientras sube el agua, dejar que el espacio de la crítica se vaya estrechando hasta que solo quede la voz de quien manda".

4 de diciembre de 2025

El riesgo de supeditar lo público a lo privado

 Bien sabido es que la empresa privada tiene la lógica aspiración a mejorar la cuenta de resultados. Por su parte, la empresa pública la tiene a mejorar la vida de los administrados, de la ciudadanía. Mezclar ambos conceptos, aun a sabiendas de las distorsiones que provoca, conduce a la inevitable supeditación de lo público a las premisas de rentabilidad que rigen las estrategias cortoplacistas impuestas por los gestores de lo privado, con los que a su vez determinados elementos de la dirigencia pública, es decir, del poder, establecen vínculos lucrativos y de reconocimiento que a la postre acaban aflorando como manifestación inequívoca de formas de corrupción, que se muestran incontroladas y propensas al escándalo y la vergüenza en detrimento de los servicios públicos.

Y es que, como se ha podido comprobar hasta la saciedad en experiencias hospitalarias y educativas, todo ello deriva en un modelo con tantos resquicios como la suma de la creatividad privada para incrementar sus objetivos más la inoperancia en el control por parte de lo público. El resultado, escandaloso, como se ha comprobado en el caso del Hospital Universitario (público) de Torrejón de Ardoz (Madrid), no debe sorprender a nadie.




El servicio así prestado se deteriora y encarece, llegando incluso a convivir con el modelo como si fuese el más adecuado. Lástima que estas disfunciones, social y económicamente lesivas, no se tengan en cuenta a la hora de votar...

1 de diciembre de 2025

La vergüenza de mirar para otro lado

 


Cuánta hipocresía, cuánto mirar para otro lado, cuánta indiferencia cuanto silencio, cuanta cobardía, cuanta complicidad. Incluso desde las grandes atalayas, silentes, de la misericordia, que también se sitúa por encima de la realidad.




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