18 de marzo de 2014

Al fin, un recuerdo merecido. Que se sepan sus nombres, que no se olviden

Cuántos años transcurridos en medio de un silencio clamoroso. Cuántas miradas de perfil eludiendo los hechos que traumatizaron la vida y los sueños de tantas personas mientras la educación quedaba sumida en el cenagal de la mediocridad, el fanatismo y el espíritu de revancha. Por fin. Ya era hora. Tarde, pero bienvenida sea la iniciativa que ha hecho posible el rescate del pozo del olvido y de la indiferencia de los nombres de los profesores asesinados y represaliados en Valladolid cuando estalló la rebelión militar y en los atroces años del franquismo. La cultura, la ciencia y la dignidad fueron arrasadas por las hordas falangistas, espoleadas y secundadas por los sectores más reaccionarios de una sociedad que veía en el pensamiento crítico y en la renovación educativa implacables enemigos que batir. Y lo cierto es que fueron arrumbados sin piedad.  Sus referencias desaparecieron durante décadas de los ámbitos profesionales compartidos. Sus rostros y su legado han estado ausentes de los espacios que evocan su presencia en las instituciones. Silencios apenas matizados en los refugios controlados de la privacidad. 




Ha habido que esperar al 18 de marzo de 2014 para que, en un acto concebido ex profeso en el Paraninfo de la Universidad,  sus nombres salieran a la luz y fuesen conocidos, porque sólo así, con nombres y apellidos a la luz del día, es posible alcanzar y ofrecerles la mínima reparación que merecen. No ocultaré la emoción que personalmente me produjo el descubrimiento por el profesor Alberto Lesarri de lo sucedido con el Dr. Arturo Pérez Martín, decano que fue de la Facultad de Ciencias y al que se rindió un justo reconocimiento - la primera vez que se hacía - en noviembre de 2013. Hoy su nombre ya no figura en solitario como ocurrió entonces. Forma parte de una lista inmensa, que incluyo aquí para que se conozca y se valore en su justa dimensión. El dibujo y el poema de Manuel Sierra y la magnífica conferencia de Josep Fontana, recordando lo que fue el esfuerzo educativo desplegado en España en la primera mitad de los años treinta, contribuyeron a fortalecer esta voluntad de reconocimiento y respeto. Nunca hasta entonces en el Paraninfo resonaron frases como esas. 

Seguramente faltan más nombres, lo que justifica la necesidad de proseguir en las investigaciones que permitan calibrar en su justa medida la magnitud de la tragedia. Pero el paso dado en la tarde de hoy no ha sido baladí. Hay que agradecer al Dr. Marcos Sacristán Represa, rector de la Universidad de Valladolid, el que esta puerta, tapiada hasta ahora, se abriera para que la luz despeje la sordidez de las tinieblas asociadas a la crueldad y a la injusticia que derivan de la desmemoria.








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