13 de febrero de 2017

La Historia llena está de victorias pírricas


Pirro

Pirro, rey de Epiro, sabía mucho de victorias pírricas. Es decir, cuando se gana a corto, por mucho que se gane, la victoria puede languidecer a medio y largo plazo. En política, la teoría de flujos se cumple, de modo que lo que por un lado se gana, por otro se pierde. El reequilibrio está omnipresente en ese mundo donde el cortoplacismo suele resultar peligroso o, en todo caso, muy arriesgado.

Pablo Iglesias Turrión ha ganado de manera inequívoca, con su melena al viento y anudada a la vista de la grada semiexultante. Pero, ay, resulta que esa victoria conlleva efectos concatenados sobre el movible escenario de la política inconclusa. Afianza al Partido Popular en su sensación de seguridad, abre posibilidades electorales hasta ahora imprevistas en el Partido Socialista, sesga a su propia formación hacia una deriva estratégica que le acantona en su orgullosa y endogámica mismidad esencialista. De Izquierda Unida nunca más se supo.

Sobre la mancuerna formada por Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero, puntal y sujeto atrabiliario donde los haya, se cimenta un edificio que algún día, y no tardando mucho, echará de menos la racionalidad y el sentido común que Iñigo Errejón había tratado de imprimir con visión de futuro y con una inteligencia poco común en la política española. ¿Victoria pírrica de uno? ¿Derrota recuperable de otro? Chi lo sá.

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