2 de agosto de 2026

¿Hacia la reinvención del verano?


 Una interesante reflexión suscita la consideración de lo que el verano representa - y puede llegar a representar - cuando el incremento, anticipación y duración de las temperaturas estivales, debidos al comprobado calentamiento global, someten a revisión muchos de los comportamientos y tendencias que hacen de esta estación el periodo climática y térmicamente más crítico del año. El fenómeno se torna en preocupación cuando reiteradas olas de calor afectan a los países desarrollados del Hemisferio norte, provocando una sensación de alarma como nunca se había producido.

Como era de esperar, valiosos trabajos están aflorando sobre el tema, a la vista de las tensiones y alteraciones que provoca en las formas de vida, en la movilidad y en la gestión del medio natural, dando origen a un impacto espacial de gran envergadura. Ocio, turismo, desplazamientos, altas temperaturas domésticas, consumo de energía, incendios, problemas de agua... constituyen una serie de variables que, analizadas de manera integral, sitúan a la sociedad ante un escenario necesitado de medidas y respuestas que no deben dilatarse en el tiempo.
El texto de Olivia Muñoz Rojas, muy bueno, es ilustrativo al tiempo que motivador de la curiosidad, pues no en vano nos encontramos ante el enorme e ineludible desafío de afrontar el calentamiento global mediante los enfoques que obligan a revisar prácticas sociales, económicas, arquitectónicas y espaciales que transforman la visión tradicionalmente placentera del verano para dar lugar a preocupaciones hasta ahora inéditas en la que sin duda se ha convertido en la estación más problemática del año con secuelas incidentes en toda la secuencia anual.

Por eso es interesante cuando afirma:

"En este verano que puede pasar a la historia europea como el del gran despertar a la realidad del cambio climático, la imagen de los parterres llenos de polvo y hojas secas, y de floristerías sin flores, ilustra el reto técnico y administrativo que supone la adaptación al calor extremo para el norte del continente. Ni la arquitectura ni el urbanismo en estas latitudes soporta temperaturas de esta magnitud, ni las administraciones ni la sociedad civil tenían hasta ahora experiencia para responder, ya no solo a picos de calor, sino al calor extremo sostenido.

Puede que la experiencia europea esté haciendo más visible el problema de la adaptación al cambio climático —bajo la premisa de que, hasta que un fenómeno no afecta al mundo desarrollado no existe realmente—, pero el reto es global. La solución no reside en la universalización del aire acondicionado, dado su elevado coste energético y su impacto en la salud; aunque este puede formar parte de una transición gradual hacia modos de refrigeración más sostenibles. Desde la Coalición Cool, lanzada en 2019 por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, hasta el último Congreso Mundial de Arquitectos, celebrado en Barcelona a finales de junio, el objetivo es otro: revertir la tendencia de la arquitectura del último siglo y “devolver al diseño del edificio muchas de las cualidades que hoy obtenemos mediante soluciones mecánicas”. Como señala el arquitecto danés Bjarke Ingels, antes de que se extendiera el uso de la electricidad, la ventilación mecánica y el aire acondicionado, “las sociedades desarrollaron formas de construir con los materiales y las técnicas disponibles en cada lugar para crear las mejores condiciones posibles para la vida humana”.

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