6 de marzo de 2013

¿Qué queda de aquel liberalismo digno?




"No pueden florecer largo tiempo el comercio y las manufacturas en un Estado que no disponga de una ordenada administración de la justicia, donde el pueblo no se sienta seguro en la posesión de su propiedad, en que no se sostenga y proteja, por imperativo legal, la honradez en los contratos, y que no se dé por sentado que la autoridad del gobierno se esfuerza en promover el pago de los débitos por quienes se encuentran en condiciones de satisfacer sus deudas. En una palabra, el comercio y las manufacturas solo pueden florecer en un Estado en que exista cierto grado de confianza en la justicia y el gobierno".

Lo escribió Adam Smith en La Riqueza de las Naciones, el libro fundacional del capitalismo moderno y del liberalismo económico, que vio la luz en el siglo XVIII. ¿Qué ha quedado de aquellos principios en la mente y en los actos de quienes, presumiendo de liberales, entienden su modelo de gestión y de gobierno de lo público como algo al servicio del enriquecimiento propio y de las huestes que los secundan sin atreverse impúdicamente a reconocerlo? ¿No somos víctimas de un proceso de degradación de colosales dimensiones? Ay, si Adam Smith, Alfred Marshall y David Ricardo levantasen la cabeza y vieran a la tropa que se reclama descarada y obscenamente como sus herederos.

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