4 de junio de 2013

Espacios transformados (16): belleza natural y memoria histórica de Valdenoceda (Burgos)


Perspectiva del Valle de Valdivielso. Al fondo, Valdenoceda, a la entrada del Ebro en el valle  

Valdenoceda es el pequeño pueblo que, viniendo de Villarcayo o nada más descender el puerto de la Mazorra, en la carretera que enlaza Burgos con Bilbao, inicia el acceso al valle de Valdivielso, que configura la Merindad epónima, identificada con el límite meridional de la comarca de Las Merindades burgalesas. Lo cruza el Ebro, airoso y limpio, cuyas aguas fecundan una vega en la que el regadío no se ha extendido mucho, aunque en ella la agricultura ofrece iniciativas de gran interés en el sector de la fruticultura, merced a las favorables condiciones climáticas que la configuración morfológica proporciona. En ese espacio comencé hace muchos años mi labor investigadora, realizada con el apoyo y el asesoramiento de mi maestro, Jesús García Fernández, que me enseñó a entender lo que veía, a interpretarlo globalmente y a captar los factores que contribuyen a la transformación del territorio y a la evolución de sus paisajes. Allí transcurrieron varios veranos de mi juventud universitaria, de los que guardo gratísimos recuerdos.

Nada se hablaba entonces de lo que había sucedido en Valdenoceda durante la guerra civil y hasta que finalizó la segunda guerra mundial. Era un tema ignorado, tabú, en aquellos años sesenta del franquismo que acababa de conmemorar sus “veinticinco años de paz”. Recuerdo, sin embargo, que en cierta ocasión – en el verano de 1970 – el alcalde, un tipo que siempre iba con corbata, se interesó por lo que estaba haciendo allí. “Investigando”, le dije. “¿Investigando qué?”, indagó. “Investigando el paisaje, la economía y la sociedad del Valle, su población, su poblamiento”: esa fue mi respuesta. “Ah, bueno. No pasa nada”. Mi trabajo no fue interrumpido en ningún momento y culminó satisfactoriamente, resultado del cual fue un libro publicado en 1972.


Con el tiempo, me he reprochado a mí mismo no saber o averiguar más sobre lo que encerraba y encierra la historia de aquel escenario tan bello desde el punto de vista natural, pero tan sórdido y terrible en un pasado que aún permanece vívido en la memoria. Lo supe años después, cuando el silencio sepulcral que hasta entonces se había mantenido, fue roto por el estruendo de la evidencia más atroz, por la manifestación sin tapujos de la inhumanidad de que era capaz aquel régimen edificado sobre la muerte de sus adversarios y la destrucción del país. Lo supe por mi padre, que no se había atrevido a informarme de ello cuando inicié aquel trabajo. Su conocimiento del asunto era limitado, pero bastaba ver su rostro para darse cuenta de la conmoción que aquel recuerdo provocaba. Se trataba del penal de Valdenoceda, junto al Ebro. ¿Qué había ocurrido allí? “Un campo de concentración del que no se salía. Un lugar del que nunca se hablaba porque había miedo pero cuya existencia nadie ignoraba”. Esa era la expresión utilizada para definir el significado de la barbarie localizada en un punto bien ubicado en el espacio. El excelente trabajo llevado a cabo por Fernando Cardero Azofra y Fernando Cardero Elso ofrece un análisis riguroso y necesario sobre lo que fue aquella monstruosidad. 




Desde Radio Valdivielso se ha dejado siempre constancia de la memoria que sobrevive al paso del tiempo, de ese empeño por transmitir a la sociedad actual el recuerdo de lo que fue una de las mayores tragedias vividas en esta tierra. Hace unos días, el grupo de familiares de los hombres que allí murieron ha decidido buscar a las personas que pudieran tener relación con los que han sido exhumados en el cementerio que se construyó junto a la prisión. Se han hecho públicos sus nombres para que no queden en el olvido.




En muchas ocasiones he vuelto a pasar por ese lugar, antes de detenerme para contemplar por enésima vez  la espectacular “cluse” de los Hocinos o de Incinillas, que el Ebro construye sobre la sierra de la Tesla. Pero el deleite paisajístico no ensombrece un ápice la evocación de lo que aquel penal del franquismo criminal representó: un campo de exterminio, donde la gente moría de hambre y ahogada cuando el Ebro se “salía de madre”. Que sus nombres no se olviden ni tampoco el lugar, hermoso y siniestro a la par, en el que fueron torturados y  perdieron sus vidas. 

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