Antes de ayer mantuve en un acto académico una interesante conversación con un prestigioso colega de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Valladolid - Santiago Mar Sardaña, Catedrático de Óptica - sobre los efectos que puede tener el uso incontrolado de la Inteligencia Artificial en la formación intelectual de los alumnos. Aunque estoy jubilado, lo comentado me ha hecho reflexionar y plantear algunas ideas que desearía transmitir en este foro, consciente de la importancia del tema. Estoy animado a profundizar en él dada la trascendencia que sin duda tiene y como fundamento de un debate que puede dar mucho juego.
Posiblemente sea en los campus universitarios donde la delegación del pensamiento a las máquinas se ha extendido más rápidamente que en ningún otro ámbito intelectual. Los estudiantes, me comenta mi interlocutor, afirman que quieren "ahorrar tiempo" o "mejorar la calidad de su trabajo" cuando lo que en realidad persiguen es, a mi juicio, economizar esfuerzos. Este enfoque surge menos del deseo de aprender que del anhelo de evitar las aparentes incomodidades que implica el proceso de aprendizaje.
Entiendo que la inteligencia artificial (IA) no cambia la naturaleza humana —como tampoco lo hicieron la imprenta o internet en su momento—, sino que la potencia, aunque, evocando a Bernard Stiegler, no es aventurado afirmar que "la tecnología es como la farmacología": a veces un remedio, a veces un veneno. La IA, como herramienta de aprendizaje, resulta atractiva pero quienes dependen en exceso de ella pueden verse quizá perjudicados. Y es que no en vano los dispositivos técnicos son mucho más que simples herramientas, pues transforman a los seres humanos al alterar los procesos de memoria, percepción y atención. Los textos generados por IA carecen tanto de imperfecciones aparentes como de calidad contrastada. Se difunden por doquier, impecables y con un estilo arrollador, desde redes sociales hasta campañas publicitarias, desde informes corporativos hasta trabajos universitarios y composiciones con pretensión artística.
Se tiende a creer que el resultado es un trabajo superior al que podríamos haber producido por nuestra cuenta. Pero bajo la superficie, se sacrifica la comprensión, el pensamiento y parte de nuestra humanidad e incluso libertad y capacidad crítica. Cuanto más hábil es el estudiante en el manejo de esta tecnología, más se engaña al profesor y más se recompensa esta pereza cognitiva.
Con el paso de los años, es probable que, tras una fachada pretenciosa de buenos resultados, el declive de algunos estudiantes se acentúe. Al fantasear con una superación personal fácil, se expone a un lento empobrecimiento interior cuando en realidad educar es emancipar, es decir, ofrecer la capacidad de elegir y actuar libremente. Es un camino lento y exigente, donde los encuentros, los debates y el esfuerzo, individualmente o en equipo, adquieren pleno significado a la par que robustecen la capacidad crítica y resaltan el valor y el placer del descubrimiento intelectual.
En esta línea se inscriben las interesantes reflexiones contenidas en la encíclica "Magnifica Humanitas" de León XIV, a quien bien podría considerarse como una de las más valiosas referencias intelectuales de nuestro tiempo.

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