12 de enero de 2013

Antonio Muñoz Molina y el Premio Jerusalén de Literatura 2013


Don Antonio Muñoz Molina ha sido galardonado con el Premio Jerusalén de Literatura 2013. Un premio importante, pero también un premio delicado, muy sensible. No sorprende que así haya sido teniendo en cuenta la calidad del autor  y la dimensión emotiva que para el pueblo judío representa su novela Sefarad que vio la luz, editada por Alfaguara, hace ya unos años. No discutiré los incuestionables méritos del autor de El jinete polaco, que me lo descubrió para mantener mi atención desde entonces. Acabo de leer su Ventanas de Manhattan, que llama la atención por su riqueza de escenas, las dotes de observador de su autor, la enorme variedad de situaciones que plantea y la calidad de la mayor parte de las descripciones, demostrando que conoce muy bien el espacio central de Nueva York, que lo ha pateado a fondo y que casi nada ni nadie ha quedado fuera de su mirada. 

Y precisamente porque me interesa este nombre, al que considero vigilante de cuanto sucede en el entorno que le rodea y en el mundo que le ha tocado vivir, espero de él también algún gesto que revele su sensibilidad hacia los que sufren en Al-Quds (el nombre árabe de la ciudad jerosolimitana, donde conviven las tres culturas monoteístas) y en los territorios palestinos ocupados. No es posible honestamente pasar por encima de esa realidad que conmociona y transtorna como pocas el mundo en que vivimos. Ser agasajado en Israel no debe impedir demostrar que también se es defensor de las causas agravadas por una ocupación ilegal que dura ya más de cuarenta años a costa de un pueblo que sufre y de un territorio roto y brutalmente expoliado. Debe ser difícil viajar de Tel Aviv a Jerusalem sin toparse con el muro que divide Cisjordania y que tanto rechazo ha suscitado en la comunidad internacional. 

¿Qué pensará Muñoz Molina de todo eso? No lo sé, porque no recuerdo haber leido nada de él sobre ese tema, él que tanto ha escrito sobre tantas cosas. Pero no estaría de más, pues hay precedente de ello, que tomase nota de la actitud adoptada por el escritor británico Ian McEwan que, tras aceptar el premio en 2011, condenó en su discurso de recepción la construcción de los asentamientos ilegales y la expulsión de los palestinos de sus casas en Jerusalén Este, algo que sucede a diario, que clama al cielo, que ofende la dignidad humana. He ahí la responsabilidad ineludible de los intelectuales: hacer de su libertad un poderoso baluarte de su sensibilidad y de su espíritu crítico frente a la opresión y la injusticia.

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