11 de mayo de 2012

Espacios transformados (8): Cuando el paisaje de la educación queda eclipsado por la poda implacable




La verja nunca ha marcado una separación drástica entre la plaza y el espléndido edificio que desde hace más de un siglo simboliza la enseñanza secundaria pública en la ciudad que baña el Pisuerga. Es una verja noble, cuidada, esbelta, pero sobre todo transparente y diáfana, que no impide ver lo que ocurre dentro de su perímetro. Más que disuadir, invita a la visita porque da la sensación de que algo importante puede suceder tras ella, una vez franqueada. Durante años de sus aulas han salido millares de alumnos que han puesto en evidencia que, lejos de perder el tiempo y de malgastar los recursos que se las destinaban, daban buena cuenta del saber hacer de la mayoría de su profesorado que, sin estridencias ni vanaglorias, con esfuerzo y sensibilidad, se limitaba a prestar su servicio en medio de un reconocimiento social por debajo del que realmente merecía. Labor callada, labor positiva, labor solidaria, empeño con proyección de futuro. 


De pronto, la verja ha perdido su imagen de siempre para servir de escenario de la tragedia y de las inseguridades que se abaten sobre el entorno por ella resguardado. El espacio se transforma a medida que sobre él acechan los símbolos que amenazan la calidad y los horizontes de la tarea ejercida. Manos anónimas se han encargado de darlo a conocer a cuantos se acercan al recinto para demostrar que algo tan simple como unas tijeras encierran un significado demoledor. Lo que ellas representan, el recorte sin miramientos, no hace sino reproducir en la mente y dejar vívida en la memoria de quienes las contemplan la incómoda sensación de que lo conseguido va a quedar seriamente dañado sin otra pretensión que la de aplicar a la educación el escalpelo reductor mientras se desestiman o menosprecian las regresiones cualitativas que de ello se derivan. Es la mutilación por la mutilación, el desmoche sin paliativos, cercenando precisamente aquello que hace a una sociedad más justa, más culta, mejor integrada y más solidaria, mientras incólumes permanecen los privilegios deliberadamente situados y protegidos a extramuros de la crisis.


No tardando mucho, el tiempo se encargará de demostrar las consecuencias letales de tales medidas, pero para entonces las tijeras de papel que encuadran la perspectiva del Instituto Zorrilla de Valladolid habrán desaparecido por efecto de la intemperie mientras su huella permanecerá indeleble en el desempeño de una tarea de cuya calidad y satisfacción depende el futuro del país. 

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