23 de mayo de 2014

Mi última elección en aquella brumosa tarde de mayo



Una fuerte ventolera sacudía las ventanas de mi despacho cuando ayer por la tarde regresaba a ese espacio, donde he pasado tantas horas, tras depositar mi voto en las elecciones a Rector de la Universidad de Valladolid. Mientras ordenaba mis papeles antes de emprender el paseo cotidiano de vuelta a casa, tuve la sensación de que había vivido una experiencia irrepetible, que no se volvería a dar. Recordé durante unos instantes mi vida universitaria, que empezó allá por los años setenta del siglo XX, para tomar conciencia de que era ya la última vez en que participaba en una elección al rectorado. Me he alejado definitivamente de esas urnas que tanto han significado para mí. Nunca más volveré a hacerlo, ya que dentro de cuatro años mi situación administrativa será bien distinta. Me vinieron entonces a la mente las numerosas ocasiones en que esos actos han formado parte de mi vida, y a veces con gran intensidad.

Siempre he votado, he participado en ocasiones de forma activa y me he tomado muy en serio cuanto rodea a un proceso de tanta trascendencia: candidaturas, debates, reflexiones, polémicas en el claustro, esperanzas, alegrías, decepciones.. de todo ha habido en esa larga singladura, cuyas anécdotas bien darían para un escrito novelado. He visto cambiar la Universidad, suceder mil y una anécdotas, y apreciar desde dentro el panorama de posibilidades y contradicciones que encierra. Desde la primera elección democrática en febrero 1982 hasta la de ayer, en mayo de 2014, han transcurrido treinta y dos años repletos de sucesos y de transformaciones. De ilusiones, esperanzas y también de alguna que otra decepción. Lo normal en un mundo de gran heterogeneidad y en una época donde todas las experiencias han sido posibles. 

Seis rectores la han gobernado desde entonces. El balance es muy desigual, como ocurre cuando se trata de una institución tan compleja, sometida a vicisitudes de todo tipo, repleta de inercias y marcada también por un caudal de esfuerzos que han de ser valorado como se merece, sin olvidar tampoco las características personales de sus gobernantes. Con sus luces y sus sombras, el proceso no ha hecho si no reafirmar mi confianza en la Universidad Pública, para identificarme con ella y a luchar porque su prestigio no se vea lesionado. En ese empeño me mantendré mientras pueda, deseando lo mejor al nuevo rector - al séptimo - y su equipo ya que de su buen hacer, de su capacidad, de sus decisiones y de sus resultados depende en buena medida el que la Universidad de Valladolid responda a los objetivos que la sociedad la encomienda y requiere. Decisivos siempre, en los tiempos que corren son aún más ambiciosos y esenciales.


17 de mayo de 2014

Cuando los políticos adulteran la noble función de la política

No hay otra definición de la política que la que la entiende como labor de servicio al interés público, en defensa de los derechos de los ciudadanos, sensible y atenta a los problemas que les afectan. Concebida así es una actividad digna, encomiable y necesaria. Es como el aire que nos hace vivir. Pero cuando esa actitud se adultera y los que se dicen políticos, y viven de la política, se lucran de ella, ignoran, menosprecian u ofenden a los ciudadanos, mostrando indiferencia por lo que les sucede, desatienden sus ruegos porque molestan a sus oídos complacientes o consideran que, al actuar así, pueden llegar a ser increpados, esos políticos se convierten para muchos en el símbolo de lo más abyecto y deleznable. El respeto que debieran merecer se torna en desprecio sin matices. Son vulgares camanduleros y farsantes. Su figura es un fraude, sus palabras suscitan rechazo, su solo presencia provoca repugnancia. Esta reacción no surge al albur sino de la constatación de que la labor más noble se convierte a veces en una estafa, en la manifestación más palmaria de la indecencia. Y eso duele mucho porque atañe a cuestiones muy sensibles de la vida cotidiana. Las reacciones críticas nunca son instintivas ni derivan de la irracionalidad: se apoyan en motivaciones fundamentadas, en la justificación que aportan la experiencia y el desegaño, en el hartazgo y la rabia asociados a la impotencia, en la comprobación de que la ejemplaridad en la que confiaban se ha visto defraudada.

Me cuesta quitarme de la cabeza la imagen brutalmente ofensiva de los concejales del Partido Popular que abandonan el Pleno del Ayuntamiento de Toledo cuando unos padres de familia plantean en la Casa de la Villa y ante sus representantes la tragedia en que se encuentra la atención médica de sus hijos víctimas de la más cruel de las enfermedades. Dicen los voceros de lo azul que el tema no es competencia del Ayuntamiento.... pero ¿desde cuando el Ayuntamiento ha dejado de ser la expresión del latido y el clamor que los que sufren en las ciudades? Veo a Arturo García Tizón, representante del grupo popular, presidente de la diputación toledana y amachambrado en la política desde la época de Hernández Mancha, decir que lo que allí se trata no le interesa. Pasa altivo, indiferente, despectivo ante los ciudadanos que reclaman e imploran su atención. Le trae sin cuidado. Impúdicamente lo reconoce. Le secunda su banda, agazapada en la desvergüenza de quien solo se preocupa por su ombligo. Solo una mujer del grupo popular se mantiene en la sala. Y luego hablan de desafección. No es generalizada, pero se muestra justificadamente implacable con los que carecen de los principios inherentes a la dignidad de la política y que son legión.

Es una de las manifestaciones más dolorosas, miserables e indignas que recuerdo en el ejercicio de la responsabilidad pública. Ni una palabra sobre el tema por parte del Gobierno autónomo. Si Cervantes levantara la cabeza y viese en lo que se ha convertido la tierra de la Mancha, gobernada por la mujer de la mentira y el ridículo permanentes, su posición ante tanta ignominia daría lugar a episodios memorables de justa rebeldía.

14 de mayo de 2014

El riesgo de la banalización formativa de las Ciencias Sociales



Qué gran responsabilidad tienen - tenemos - los profesores que imparten - impartimos - conocimientos en ese amplio universo  de cuestiones y contenidos  que atañen a las formas de vida, al comportamiento, y al desarrollo de la sensibilidad de los ciudadanos en los entornos donde se desenvuelven. Pertenecen al ámbito de las llamadas Ciencias Sociales, unificadas por el denominador común que las orienta a la maduración intelectual de la persona sobre lo que ocurre en la sociedad y en el mundo que la ha tocado vivir. Hay motivos para la preocupación y la alerta, pues serias son las amenazas que se ciernen sobre la función desempeñada por estos saberes.  Las observaciones apuntadas por Joaquín Estefanía en ese texto , referido a la enseñanza de la Economía, deben sacudir como un aldabonazo las conciencias de los enseñantes y de los alumnos en estos tiempos en que tienden a primar la banalidad sobre la explicación rigurosa, el tópico convencional frente a la interpretación crítica de los hechos, la resignación ante lo que sucede frente al conocimiento y la denuncia de los factores que lo provocan. 

Cuando la formación de un alumno queda sumida en el sectarismo ideológico que prima a la sombra del pensamiento único, propalado por maestros de la simplificación acrítica, que presenta como paradigma irreductible y dogmático de un statu quo inamovible, no se está procediendo a la formación de ciudadanos sino a esa especie de autómatas irreflexivos incapaces de entender su personalidad al margen de quien les domina para acabar imponiéndole sus propios códigos de conducta al servicio de presiones e intereses que acabaran deteriorando su dignidad y su libertad como persona. Bienvenidas sean las grandes contribuciones del saber científico-técnico, que tantas seguridades y beneficios depara, pero el conocimiento significa sin duda mucho más: significa en el ámbito que nos ocupa - en el de la realidad social, económica y territorial - el poder elaborar posturas libres, críticas, firmes ante el debate y con capacidad movilizadora para que los avances de la ciencia no deriven en el agravamiento de las desigualdades hasta cristalizar irreversiblemente en una sociedad resignada, conformista e incapaz de labrar su propio futuro.

30 de abril de 2014

La indiferencia ante el pobre empobrece al ser humano

Ha ocurrido en ciudades norteamericanas, pero puede suceder  en cualquier otra. El mundo está repleto de este tipo de situaciones. Las escenas de la vida cotidiana están repletas de experiencias marcadas por las reacciones elusivas ante la pobreza y la marginalidad.  Por lo común, priman la indiferencia y el desdén. No hay motivo que induzca a prestar atención a la situación de la persona que se encuentra en la indigencia, incómoda como es. Incluso hay responsables municipales,  de lo que es ejemplo la ciudad de Madrid, donde quien la gobierna atribuye a los mendigos la condición de responsables de la suciedad de las calles, justificando así el propósito de imponer sanciones a los que se encuentren en esa situación dentro del espacio público. Al actuar así frente a un  problema real, se defiende la invisibilidad del problema, que deja de existir o se diluye cuando no forma parte del paisaje urbano. No son, pues, aceptados los mendigos y los que viven en la calle por los que consideran que la calle les pertenece. 

Ha sido necesario que un personaje famoso se identificase con la imagen de la pobreza para que pasara desapercibido hasta quedar sumido en el mundo de la desatención. Los medios han informado del caso concreto del actor Richard Gere, representando el papel de mendigo en las calles de Nueva York. Se encontraba cerca de la estación Grand Central, un lugar bullicioso, trepidante, donde nada se detiene y casi nadie mira al que tiene alrededor. El encuentro entre el "pobre" y la turista francesa invita sin duda a la reflexión sobre las actitudes que marcan las pautas de acción de los seres humanos en este mundo de encuentros infrecuentes y desencuentros generalizados. 

Sin embargo, el caso que más me ha conmovido lo trajo a colación Raquel García, admirable trabajadora de Cáritas en Valladolid, al comenzar su intervención en las Jornadas de Geografía Humana sobre "Marginalidad Social y Espacio Urbano" que el investigador brasileño Igor Robaina y yo hemos organizado recientemente en Valladolid. El documento presentado, que figura en la red y del que hasta ese momento no tenía yo noticia, resulta impactante, obliga a callar y a reflexionar para a continuación levantar la voz, con las ideas ya más claras, para poner en evidencia vivencias de nuestro mundo y de nuestra época que, como diría José Luis Sampedro, nos revelan "las limitaciones de que adolecemos como seres humanos". 



18 de abril de 2014

¿Qué hacia usted el día en que comenzó a leer "Cien Años de Soledad"?




Seguramente la conmoción producida por el fallecimiento de Gabriel García Márquez (1927-2014) nos ha devuelto a muchos de mi generación a la juventud. Aunque el seguimiento de la evolución de su obra ha sido una práctica habitual para cuantos nos hemos sentido atraídos por la creatividad literaria de uno de los más afamados escritores contemporáneos, difícilmente podremos sustraernos a la evocación de lo que en su momento supuso el descubrimiento de su obra más emblemática, la que espontáneamente y con actitud convencida llega a nuestra mente cuando recordamos el listado de sus títulos, de tan familiares como son y asumidos como están. Aludo a ello porque tal es mi caso.

Por esta razón, cuando ayer por la noche supe de su muerte, pensé que tal vez sería pertinente suscitar una pregunta, a sabiendas de que las respuestas obtenidas podrían ofrecer un marco interesantísimo para conocer las diferentes experiencias asociadas al hecho que motiva la siguiente pregunta: ¿cuáles son sus recuerdos del día, del momento, de la época en que comenzó a leer Cien años de soledad?

Me limitaré a comentar la mía porque sinceramente me ha dejado huella. Comencé a leer esa obra en el tren correo que utilizaba semanalmente para desplazarme - incluso hasta dos veces - de Valladolid a Burgos. Corría la primavera del año 1970, pocos meses antes de comenzar el servicio militar en Ceuta. Había comprado esa obra en la Librería Isis de Valladolid, que ya no existe. Desde entonces y durante muchas horas no podía entender el viaje en aquel tren de vapor que, con sus trece paradas, tardaba casi dos horas en hacer ese trayecto, mil veces realizado. Enfrascado en la obra y en la urdimbre de sus insólitos personajes, la travesía se hacía mucho más liviana. No había tiempo para otra cosa que para descubrir la historia de una familia, la de Aureliano Buendía, y de un espacio, la tierra de Macondo, que acabé ligando con fuerza a mis propias vivencias culturales.

Pero, al tiempo que el argumento invadía la escena y justificaba una dedicación a la lectura de novelas  superior a la que en aquella etapa yo podía permitirme, descubrí el impresionante arsenal de palabras, conceptos y términos que ampliaban el vocabulario mediante la correspondiente indagación. Un mundo de sorpresas e incógnitas se abrió al compás de la lectura de aquel libro, de letra menuda, que se mostraba grande e inagotable. Decidí tomar cuidadosamente nota de aquellos términos que o me eran desconocidos o encerraban una ambigüedad que era necesario resolver. La averiguación mediante el Diccionario de la Lengua aclaraba la duda...aunque no siempre. Por ejemplo, ¿alguien sabría decirme que es eso de la desnudez tarabiscoteada



Poco a poco fui confeccionando una especie de diccionario personal de Cien Años de Soledad. Desde entonces han transcurrido ya cuarenta y cuatro años. Esta tarde he vuelto a leer aquella libreta que todavía conservo. Está amarillenta por el paso del tiempo, algo ajada por la mala calidad del papel de entonces, pero para mí permanece viva, porque viva sigue siendo la figura de quien la propició. 


Al releer aquellas hojas marchitas he vuelto a la juventud, a los viajes en el tren, al recuerdo de aquellas páginas repletas de sensaciones que jamás se separaron  de mis ojos mientras la carbonilla entraba por las ventanas, tratando de dificultar, sin conseguirlo, la lectura de un texto que ha marcado indeleblemente la cultura literaria de nuestro tiempo.

14 de abril de 2014

Una visita emotiva a la Escuela de Antoni Benaiges en Bañuelos de Bureba



Maria Antonia y yo hemos visitado el día 14 de abril de 2014 la Escuela donde impartió sus clases Antoni Benaiges, el maestro catalán que fue  destinado en 1933 a un pequeño y remoto pueblo de la provincia de Burgos, donde, entre otras muchas iniciativas, se empeñó en que sus alumnos tuvieran conocimiento de lo que es el mar. Ese empeño le costó la vida cuando, ya comenzadas las vacaciones de verano, efectuó desde su pueblo natal, en la provincia de Tarragona, un viaje a Bañuelos de Bureba para acompañar a los niños y a las niñas a que tomaran contacto directo en el Mediterráneo con ese fenómeno natural al que hasta entonces sólo se habían aproximado a través de su imaginación, ingeniosamente estimulada por el maestro. No regresó. Fue asesinado y sus restos yacen en las fosas comunes localizadas en el portillo de La Pedraja, en la carretera de Burgos a Logroño. He dado cuenta de este hecho en una entrada anterior, en la que se recogen con detalle las experiencias educativas emprendidas por Benaiges en la Castilla profunda de los años treinta. Es una historia que conmueve y sobrecoge, que no puede ser olvidada y que merece el recuerdo de homenaje debido a los maestros y a las maestras que marcaron una época y cuyos esfuerzos quedaron truncados por la barbarie, la muerte y la represión.




Hemos aprovechado un viaje por tierras del País Vasco, La Rioja y Castilla y León para detenernos un momento en Bañuelos de Bureba, entre Briviesca y Belorado. Al llegar a la Escuela la puerta estaba abierta. No ha tardado en acercarse el trabajador que lleva a cabo las obras de reparación del edificio. Se ha anticipado a nuestro deseo de visitarlo por dentro. Una ocasión que no podíamos desaprovechar. Casi en ruinas, la parte baja está completamente destruida. Sin protección alguna nos adentramos en ella, temerosos de que el techo pueda venirse abajo en cualquier momento. El riesgo es grande. Nada hay que ver a ras de tierra.







Lo que merece la pena es la primera planta. Allí sigue la Escuela que fue. O, al menos, lo que queda de ella. Unos pupitres, la mesa del maestro, un juego de madera, una pizarra casi intacta y, apilados, los mapas y los paneles que servían para enseñar la Geografía y la Historia, esas disciplinas indispensables que dan sentido al conocimiento del mundo en el que uno vive. Otra habitación al lado, llama también la atención. Diríase que era el lugar de trabajo del maestro, allí donde acumulaba sus papeles. 



Por razones obvias, y sin autorización para ello, no pudimos detenernos en averiguar lo que contenían aquellos cientos de papeles hacinados en la estantería y en las cajas de cartón depositadas en el suelo, junto a un crucifijo adornado con estampas curiosas. Seguramente son posteriores a la etapa que nos ocupa. Todo estaba invadido por el polvo acumulado durante décadas. El tiempo se había detenido hacía mucho y nadie se había preocupado por ordenar ese espacio simbólico, en el que hoy comienza a entrar la luz, aprovechando las pequeñas ventanas que permiten ventilar y volver a dar vida y contraste a lo que ha estado cerrado, silente y abandonado. 



Escribo esto para transmitir la emoción sentida y, de paso, ojalá, para que estas líneas sean leídas también por los autores y el editor del libro Antoni Benaiges, el maestro que prometió el mar (Blume, 2013),  que hizo posible sacar del olvido la experiencia educativa y la tragedia vital de Benaiges. Francesc, Sergi, Queralt, amigos, gracias a vosotros, a vuestra obra, la Escuela de Bañuelos de Bureba va a ser rehabilitada. No sé quién patrocina la obra. ¿Sois quizá vosotros? ¿Sabéis quién lo hace? Os informo de ello por si no lo sabéis. Lo importante es que ese edificio comienza a recuperar la imagen de referencia que en su tiempo tuvo y que vosotros os esforzasteis en promover. 




Rodeo lentamente la casa, me detengo en los detalles de la estructura, y observo que el tejado ya ha sido reparado; varios canalones recién instalados impiden que la humedad deteriore la fachada. Algo se ha hecho desde que disteis a conocer la figura de Benaiges hace aproximadamente un año. Queda todavía, sin embargo, mucho por hacer, pero lo cierto es que el nombre de Bañuelos de Bureba simboliza con fuerza lo que representó el magisterio español en una España que necesitaba liberarse de su lastre histórico. No lo consiguió pero la verdad es que la memoria permanece viva para recordarlo. 



24 de marzo de 2014

Respeto y reconocimiento a Don Adolfo Suárez González (1932-2014)

Hace más de cinco años - el 15 de agosto de 2008 y en el diario El Norte de Castilla- publiqué este texto sobre el expresidente del gobierno español que acaba de fallecer. Retomo aquellas ideas, y más allá de la distancia ideológica, en reconocimiento y homenaje a quien fue capaz en poco más de cuatro años de demoler una dictadura de cuarenta.  Se podían haber hecho más cosas, seguramente quedaron numerosos cabos sueltos,  la crítica no está ausente en el balance que quepa hacer, pero de lo que no cabe duda es de que durante su mandato se tomaron decisiones - y él las tomó con coraje y alto riesgo -  que para muchos de quienes vivimos los años finales del régimen salido de la guerra civil parecían impensables.  


Posiblemente ningún otro político español del siglo XX haya alcanzado el nivel de respeto, reconocimiento y admiración de que actualmente goza Don Adolfo Suárez González, y que por desgracia ya no puede percibir. Olvidados en el tiempo quedan los comentarios que, a raíz de su sorprendente designación por el Rey, trataban de descalificar una decisión que consideraban equivocada, bien porque no respondía a las esperanzas de promoción de quienes los formulaban bien porque la filiación franquista del elegido hacia prever que lo del “atado y bien atado” iba para largo. Pocas voces autorizadas se alzaron entonces en apoyo de un nombramiento que, como después se ha visto, no sólo estaba bien calculado sino que respondía a un conocimiento previo de las enormes dotes de adaptación a las circunstancias por parte de un personaje, cuyas cualidades permanecían  para el común de los españoles en el mayor de los arcanos.

Su mandato (1976-1981) fue breve, aunque decisivo en todos los órdenes de la vida política española. Se tomaron decisiones de enorme trascendencia, se sentaron los cimientos de una etapa identificada con los principios que regían las democracias más avanzadas del mundo, se arrumbaron con habilidad pasmosa, no exenta de riesgos impensables, las estructuras formales de un régimen de casi cuarenta años, haciendo uso de tácticas que nadie era capaz de presagiar tras la muerte del dictador. Fue una complicada y azarosa peripecia que Adolfo Suárez afrontó casi en solitario, a falta de un partido político que, con la consistencia necesaria, respaldara sin fisuras una acción de gobierno dirigida hacia un objetivo claro a partir de un complejo de decisiones en las que se mezclaban, en dosis más bien aleatorias, la improvisación, la genialidad y la audacia.

Tuvo suerte en disponer a su lado de un grupo de colaboradores leales, que en cada momento supieron apuntar en la dirección correcta, aportando los conocimientos y el prestigio necesarios que permitieran al Presidente del Gobierno, menos preparado que ellos, diseñar y llevar a término, con el coraje que le caracterizaba, sus iniciativas más relevantes. Sin nada que ver con los oportunistas y presuntuosos que dentro de su propio partido hicieron todo lo posible por desacreditarlo, formaron éstos, en cambio, el núcleo rector de los momentos más difíciles de la transición y sin dudarlo a ellos debe mucho el balance de la experiencia suarista, pues sirvieron para afrontar con fortaleza y viabilidad los tres grandes desafíos en los que vertebró su etapa de gobierno como una solución de continuidad, pues no otra cosa fue, entre la dictadura y la democracia. Me refiero, en concreto, a los logros alcanzados en la normalización constitucional del país (Fernando Abril Martorell), en la voluntad de corrección de las deficiencias funcionales de la Economía (Enrique Fuentes Quintana) y en la supeditación  del Ejército a los principios del poder civil democrático, tarea ímproba a la que tanto contribuyeron Manuel Gutiérrez Mellado y Alberto Oliart Saussols.  

Surgen estas reflexiones al hilo de la noticia de que el Ayuntamiento de Cebreros pretende construir un  Museo a la persona y a la obra de Adolfo Suárez en su pueblo natal. Dejando al margen la polémica partidista que ha aflorado cuando se ha dado a conocer públicamente el proyecto, y sin valorar la fiebre museística omnipresente en todo municipio que se precie, no me parece correcto cuestionar una idea que, en principio, no está mal pues todo lo que sea enaltecer el recuerdo del personaje debe considerarse bienvenido. Sin embargo, tampoco la aplaudo, temeroso de que, lejos de contribuir al objetivo deseado, establezca con el tiempo un contrapunto al reconocimiento de una imagen que debe estar libre de las desatenciones e indiferencias  a que a menudo se expone este tipo de muestras, como la experiencia se encarga a menudo de revelar frente a resultados pretendidamente optimistas.

Y es que la figura de Adolfo Suárez forma parte indisociable de la Historia de España y a la par ocupa lugar destacado en las referencias internacionales alusivas al esfuerzo de los pueblos por salir de situaciones de dictadura. Opino que, más que un Museo, la dimensión simbólica que el hijo de Cebreros tuvo en la trayectoria histórica reciente de nuestro país merece una Fundación, que sirviera de aglutinante ideológico de los empeños intelectuales centrados en el significado histórico de la transición y en la defensa de los valores que identifican la calidad democrática, tan necesarios en momentos en que dichos valores se ven con frecuencia preteridos o amenazados.


Mas me temo que eso no es ni será nunca posible. Y no sólo porque las fronteras políticas son hoy tan rígidas que impiden confluencias interpartidarias en esta dirección, sino también porque Adolfo Suárez no ha tenido albaceas ni herederos, que preservaran su legado tal y como él, y quienes le acompañaron, lo concibieron. Tuvo el mérito de  desempeñar con éxito su papel en un momento excepcional, único, e improrrogable, de la vida política española, pero ese momento hace tiempo que pasó y los procesos que de él derivaron se corresponden con otros patrones y estilos, que son simplemente distintos. Quizá no lo supo entender, lo que explicaría su desconcierto y decepción ante el hecho de que, sintiéndose admirado y reconocido, sus intentos de regresar a la política, bajo la marca del Centro Democrático y Social, culminasen en el fracaso. Varias veces lo señaló con más amargura que consolación, víctima, al fin, de su propia paradoja: la que le llevó a la contradicción de comprobar de que la estima de que era objeto no se correspondía con el débil respaldo merecido en un contexto político encauzado por derroteros que definitivamente ya no eran los suyos ni podía controlar.

18 de marzo de 2014

Al fin, un recuerdo merecido. Que se sepan sus nombres, que no se olviden

Cuántos años transcurridos en medio de un silencio clamoroso. Cuántas miradas de perfil eludiendo los hechos que traumatizaron la vida y los sueños de tantas personas mientras la educación quedaba sumida en el cenagal de la mediocridad, el fanatismo y el espíritu de revancha. Por fin. Ya era hora. Tarde, pero bienvenida sea la iniciativa que ha hecho posible el rescate del pozo del olvido y de la indiferencia de los nombres de los profesores asesinados y represaliados en Valladolid cuando estalló la rebelión militar y en los atroces años del franquismo. La cultura, la ciencia y la dignidad fueron arrasadas por las hordas falangistas, espoleadas y secundadas por los sectores más reaccionarios de una sociedad que veía en el pensamiento crítico y en la renovación educativa implacables enemigos que batir. Y lo cierto es que fueron arrumbados sin piedad.  Sus referencias desaparecieron durante décadas de los ámbitos profesionales compartidos. Sus rostros y su legado han estado ausentes de los espacios que evocan su presencia en las instituciones. Silencios apenas matizados en los refugios controlados de la privacidad. 




Ha habido que esperar al 18 de marzo de 2014 para que, en un acto concebido ex profeso en el Paraninfo de la Universidad,  sus nombres salieran a la luz y fuesen conocidos, porque sólo así, con nombres y apellidos a la luz del día, es posible alcanzar y ofrecerles la mínima reparación que merecen. No ocultaré la emoción que personalmente me produjo el descubrimiento por el profesor Alberto Lesarri de lo sucedido con el Dr. Arturo Pérez Martín, decano que fue de la Facultad de Ciencias y al que se rindió un justo reconocimiento - la primera vez que se hacía - en noviembre de 2013. Hoy su nombre ya no figura en solitario como ocurrió entonces. Forma parte de una lista inmensa, que incluyo aquí para que se conozca y se valore en su justa dimensión. El dibujo y el poema de Manuel Sierra y la magnífica conferencia de Josep Fontana, recordando lo que fue el esfuerzo educativo desplegado en España en la primera mitad de los años treinta, contribuyeron a fortalecer esta voluntad de reconocimiento y respeto. Nunca hasta entonces en el Paraninfo resonaron frases como esas. 

Seguramente faltan más nombres, lo que justifica la necesidad de proseguir en las investigaciones que permitan calibrar en su justa medida la magnitud de la tragedia. Pero el paso dado en la tarde de hoy no ha sido baladí. Hay que agradecer al Dr. Marcos Sacristán Represa, rector de la Universidad de Valladolid, el que esta puerta, tapiada hasta ahora, se abriera para que la luz despeje la sordidez de las tinieblas asociadas a la crueldad y a la injusticia que derivan de la desmemoria.








15 de marzo de 2014

De cómo era la mejor España hace un siglo







Haz entender que la patria no es un dios ni un rey, ni un culto, ni una clase o corporación sino,  como yo la pienso, una cultura

Manuel Azaña, 1912


Mientras, a pesar de los progresos culturales, no se vea en un tranvía a una mujer con un periódico o un libro en la mano será inútil soñar con que desaparezcan  de nuestras mujeres  los sentimientos impuestos 

Margarita Nelken, 1921 

Estas son algunas de las frases que, destacadas en los paneles, definen los contenidos que ilustran y justifican los propósitos de la Exposición que en la Biblioteca Nacional evoca lo que significó para España la "Generación del 14". Es una cita obligada para quienes se interesen por conocer aspectos esenciales del pensamiento español hace un siglo, cuando el centenario del estallido de la Primera Guerra Mundial suscita tantas evocaciones que obligan a despertar la memoria adormecida. No solo apetece descubrir de cuando en cuando los testimonios de los momentos en los que la sociedad española ofreció lo mejor de sí misma para avanzar en el difícil camino que conduce al desarrollo cultural y científico, a la expresión libre del pensamiento, a la proyección sin restricciones de la creatividad cultural, a la denuncia de las servidumbres en las que estaban sumidos sus sectores más desfavorecidos, al reconocimiento del papel desempeñado por la mujer y de su dignidad postergada. 

Bien es cierto que a comienzos del siglo XX muchas eran las manifestaciones de retraso, depauperación, miseria y fanatismo de que adolecía un país que había permanecido al margen de las grandes transformaciones vividas por los países europeos donde la libertad y la industrialización contribuyeron a sentar las bases de estructuras sociales y comportamientos culturales más modernos y evolucionados. 

Sin embargo, no fueron pocos los síntomas que pusieron en evidencia a lo largo de las dos primeras décadas del siglo XX una voluntad decidida a favor de la configuración de un país más moderno, abierto a los vientos de la renovación  intelectual que soplaban en Europa. Se alude, como uno de los motivos inductores del proceso, a la conferencia impartida por José Ortega y Gasset en el Teatro de la Comedia de Madrid sobre el tema "Vieja y nueva política", con el que presentó su Liga de Acción Política.  Fue quizá un episodio importante, pero la muestra revela que aquella etapa supuso muchísimo más que la figura del pensador madrileño. 


Particularmente, y a medida que la mirada del visitante - al menos es la experiencia que tuve ayer al recorrerla sin tiempo tasado - se detiene, ante todo, en las referencias bibliográficas, en los instrumentos de uso científico, en los textos y diseños alusivos a los descubrimientos técnicos, en las expresiones artísticas, en la emergencia cultural de Cataluña, el País Vasco y Galicia, en los retratos de los personajes que dignificaron la imagen de España en el mundo, uno tiene la impresión de que hay gran desconocimiento de lo que personas ilustres aportaron tanto en beneficio del país como en el mundo difícil, y a menudo incomprensivo o refractario, que les tocó vivir.  

Asombro y gratitud es lo que se siente, en efecto, al conocer en detalle la contribución a la ciencia y a la tecnología de Santiago Ramón y Cajal, de Leonardo Torres Quevedo, de Blas Cabrera o de Pío del Rio-Hortega. Se reaviva el sentimiento de admiración ante la obra de Antonio Machado, de Juan Ramón Jimenez, de Ramón Pérez de Ayala, de Gregorio Marañón. Y, por supuesto, no cabe otra que la actitud de respeto y admiración también cuando se comprueba la ingente labor de las mujeres que en la España sórdida y cerrada de la época hicieron oír su voz, con la intención de que quedase viva para siempre. Clara Campoamor, Victoria Kent, Margarita Nelken son, entre otras más, las que demostraron que en España comenzaba a brillar una luz que se prolongaría, más allá de las intermitencias provocadas por la política, hasta que quedó extinta con la catástrofe que supuso la rebelión facciosa y criminal de julio de 1936. Por eso, alumbrarla de nuevo, siquiera sea en el recuerdo, es una iniciativa bienvenida o, más aún, una necesidad. 

Estará abierta en la Biblioteca Nacional de España hasta el 28 de Mayo de 2014



9 de marzo de 2014

Las reflexiones pertinentes y necesarias de Tarso Genro

El empobrecimiento del debate político hace que la ciudadanía se muestre renuente a interesarse por él. Los discursos que, querámoslo o no, nos invaden a diario provocan una sensación de hartazgo, que induce a la desafección por la política y al menosprecio de quienes la practican. Por esa razón, son tan de agradecer las reflexiones que rompen con este panorama de mediocridad, de pensamiento único, de lanzaderas verbales repletas de lugares comunes, de respuestas gubernamentales enlatadas, de frases hechas, propensas a las animosidades personales y a la imputación al otro de las deficiencias propias. Razón de ser todo ello de una crisis institucional pavorosa. Profundizar, por el contrario, en la realidad que nos afecta, desentrañar la causa de los problemas que aquejan a las sociedades, poner al descubierto y denunciar las implicaciones de modelos socialmente depredadores -  que se asumen acríticamente casi como si de tratase de una opción inevitable, a la que no hay más remedio que resignarse - no solo constituye una necesidad intelectual sino una terapia psicológicamente positiva. La sociedad necesita horizontes esperanzadores. 

De ahí que cuando un discurso recupera enfoques que son excepcionales en el panorama de la simplificación dominante, uno se se siente reconfortado al observar que hay quienes piensan y razonan de manera diferente, lanzando a los cuatro vientos ideas y reflexiones que incitan a la esperanza y a la confianza en la política sensible con los problemas de la sociedad. Quienes cuestionan los planteamientos alternativos dicen que son antiguallas, algo trasnochado, cuando lo cierto es que lo realmente obsoleto y caduco no son otra cosa que esas proclamas archisabidas y fracasadas que se amparan en la lógica del engaño, del sesgo informativo, de la especulación financiera, del enriquecimiento ilícito y del "sálvese quien pueda" que tantas humillaciones, fracasos y desigualdades ha aportado a la mayoría de la sociedad. 


Bienvenidas sean, pues, las reflexiones aportadas por Tarso Genro en la intervención efectuada en el Seminario Internacional sobre Cooperación Iberoamericana y Desarrollo, organizado recientemente en Madrid por la Fundación Alternativas y al que he tenido la satisfacción de asistir. Aconsejo seguir la trayectoria política de Genro, porque lo convierte en uno de los personajes - de pensamiento y acción - más interesantes de nuestra época. Fue alcalde de la ciudad brasileña de Porto Alegre, donde promovió una política local innovadora, basada en el principio de la justicia distributiva y en la consideración de la participación ciudadana como uno de sus ejes esenciales de actuación. Su participación en el gobierno de Lula da Silva como Ministro de Educación se saldó con realizaciones destacadas en el campo la dotación educativa para las poblaciones marginales, la promoción de las Escuelas Técnicas Federales y la puesta en marcha de relevantes proyectos en el ámbito de las Universidades públicas. 

Las ideas vertidas en el Seminario de Madrid merecen ser tenidas en cuenta. En esencia se centraron en una idea principal: "la recuperación de la función pública del Estado" frente a las tendencias que, en el contexto de la crisis, intensifican el agravamiento de las desigualdades, infrautilizan la capacidad formativa de las personas y relegan a muchas de ellas a la marginalidad y a la pobreza. Reivindicar la defensa de los principios éticos como algo inherente al ejercicio de la política, apoyar los mecanismos de participación de la ciudadanía como uno de los pilares de la toma de decisiones, luchar contra los movimientos especulativos y entender que la solidaridad forma parte indisociable de la política de desarrollo son algunas de las directrices en las que ha de sustentarse la dignificación de la política, sumida actualmente en el lodazal del descrédito a que la conducen las prácticas que, arropadas en la banalidad programática y en el discurso de la resignación, la encaminan precisamente en el sentido contrario, con todo lo que ello implica en la degradación de la democracia y el auge de los movimientos excluyentes y atrozmente reaccionarios. 

28 de febrero de 2014

La fotografía comprometida de Lewis Hine




Sin duda somos deudores de los fotógrafos que nos han transmitido los testimonios fidedignos de una realidad que fue y que no podemos ignorar. Tomar contacto con esas imágenes, efectuadas desde la voluntad de dejar constancia de una realidad conmovedora de las sensibilidades,  obliga a la reflexión sobre lo que ha sido la historia de la sociedad y de sus espacios en el momento de la gran transformación ocurrida en las primeras décadas del siglo XX. Toda una generación de grandes maestros de la imagen nos han puesto al descubierto, con su sensibilidad y espíritu de compromiso y denuncia, hechos, rostros e imágenes que, cuando se observan detenidamente, dejan una huella indeleble en la memoria y en el pensamiento. Cualquier actitud, menos la indiferencia, es posible cuando uno se detiene ante esas miradas y esas perspectivas en blanco y negro.



"Quise hacer dos cosas. Quise mostrar lo que había que corregir. 
Quise mostrar lo que había que apreciar"


He conocido, al fin, la admirable obra del fotógrafo norteamericano Lewis Hine (Wisconsin, 1874 - New York, 1940), que justificó su labor con esas elocuentes palabras. Confieso que me ha impresionado. Reconocido por críticos solventes como el padre de la fotografía social moderna, nos acerca con fuerza y enorme capacidad expresiva a la realidad de Estados Unidos en las primeras décadas del siglo XX. Fue profesor de Geografía en la Ethical Culture School de New York. A él se deben imágenes de tanto impacto visual como las que descubren la sociedad en la ciudad industrial de Pittsburgh, la forma de trabajo en la construcción del Empire State neoyorquino, la llegada de los inmigrantes a Ellis Island o a la sociedad que habita la realidad profunda norteamericana en Virginia y Carolina del Norte sin olvidar tampoco sus estremecedores reportajes sobre el trabajo de los niños o los testimonios de su labor en las misiones efectuadas en Europa bajo los auspicios de la Cruz Roja Americana. Sin duda no podría entenderse sin acudir a su legado lo que representó la creación de la Photo League en la historia de la fotografía. Su herencia fotográfica se conserva, magníficamente custodiada y localizable, en la Biblioteca del Congreso de Washington y en ese impresionante museo de la fotografía que es la George Eastman House , sito en el 900 de la East Avenue en Rochester, NY. Si van a esa ciudad, no se arrepentirán de la visita. 


En el texto que presenta la muestra se hace mención expresa al impacto provocado por las imágenes relativas al trabajo de los niños. "Fueron tan fuertemente emotivas y éticamente comprometedoras para la opinión pública americana que determinaron la reforma de la legislación del trabajo infantil", señala Nicolo Letta, profesor de Ciencias de la Comunicación en la ITSOS Albe Steiner de Milán. 








11 de febrero de 2014

Una iniciativa política indigna: el abandono de la legislación penal internacional

Si un Estado antepone sus intereses a corto plazo a la defensa de los derechos humanos cuando son gravemente lesionados es evidente que la dignidad de ese Estado se encuentra muy deteriorada. Y cuando además uno de sus principales portavoces parlamentarios - Alonso se apellida - califica de “quijotescas” las actuaciones realizadas en ese sentido, una especie de escalofrío sacude las conciencias ante tanta insensibilidad. Dicen los internacionalistas que el conflicto diplomático es inherente a las relaciones entre los Estados, por lo que difícilmente podría justificarse la dejación de las responsabilidades éticas exigibles cuando se transgreden los principios básicos en los que se fundamenta el respeto al ser humano, la defensa de la legalidad internacional y la lucha contra el crimen organizado. La posición de un país  en el mundo se mide por su fortaleza económica y social, por su prestigio científico-cultural, por su credibilidad en los foros internacionales, por la calidad de sus gobernantes, por su capacidad para afrontar los conflictos arropado en la Ley y en la solvencia de sus argumentos. Si eso no ocurre, el país queda inevitablemente inmerso en la sumisión a que conduce su propia mediocridad. Más aún, en estos tiempos de mundialización generalizada, es de todo punto reprobable el que la persecución de la delincuencia esté mediatizada por las fronteras. 

En ese proceso de involución galopante que actualmente vive la sociedad española, cualquier ciudadano sensible se estremece al observar la celeridad, precipitación y ausencia dedebate que ha caracterizado al proceso que, al amparo de la mayoría absoluta del partido gobernante y sin el apoyo de ningún otro grupo, ha aprobado la reforma  del Art. 23.4 de la Ley Orgánica del Poder Judicial por la que España abandona prácticamente sus compromisos internacionales y la posibilidad de intervención de la justicia hacia los crímenes y delitos contra los Derechos Humanos prohibidos por el Derecho Internacional. ¿En qué lugar queda el ser humano agredido en sus derechos cuando es abandonado a su suerte o, peor aún, abandonado por la justicia de su propio país? ¿Qué sentido de la humanidad es ese?

Sorprende que algo así haya salido adelante sin tener en cuenta lo establecido en el Art. 96.1 de la Constitución donde explícitamente se señala que “Los tratados internacionales válidamente celebrados, una vez publicados oficialmente en España, formarán parte del ordenamiento interno. Sus disposiciones sólo podrán ser derogadas, modificadas o suspendidas en la forma prevista en los propios tratados o de acuerdo con las normas generales del Derecho internacional”. De entrada, puede decirse que, en virtud de las restricciones que comporta la aplicación de ese Derecho, se trata de un acuerdo inconstitucional, adoptado a sabiendas de que no sólo se contraviene la Constitución sino que también su entrada en vigor supondría relegar al pozo del olvido causas que tanto arraigo tienen en la conciencia de los españoles como son los asesinatos de los jesuitas en El Salvador (¿qué pensaría mi admirada Caty Montes si levantase la cabeza?), la matanza en el asalto a la embajada de España en Guatemala, los crímenes cometidos en el Sáhara Occidental o el asesinato del cámara de televisión José Couso, entre otras no menos relevantes.

El rechazo manifestado por el Consejo General de la Abogacía y la Fundación Abogacía Española pone en evidencia hasta qué punto la iniciativa adoptada por el grupo político en el que apoya su gobierno Rajoy Brey, el gobernante permanentemente obsesionado por eludir, tergiversar u ocultar la realidad que le molesta, es una ignominia miserable. 

11 de enero de 2014

La difícil situación del patrimonio artístico en España: el silencio ante el expolio

La crisis ha acabado por anular muchos de los debates relacionados con aspectos esenciales de la vida del país. Cuando los servicios básicos, de los que depende la calidad de vida de los ciudadanos, se deterioran de manera que a muchos se antoja irreversible, cuando las situaciones de desempleo se agravan hasta derivar en los estigmas de la pobreza y de la indefensión  ante el riesgo, cuando los esfuerzos han de ser encauzados en pos de la supervivencia... ¿qué lugar ocupa entre las prioridades ciudadanas los momentos difíciles por los que atraviesa la preservación del patrimonio cultural?  


Sería interesante conocer la postura que desde la opinión pública e institucional se adopta ante lo que se ha venido en llamar la existencia de una evasión incontrolada de bienes culturales de excepcional valor, pues no en vano estamos asistiendo a la pérdida o desposesión de elementos significativos de la riqueza artística que sufren las consecuencias de una insensibilidad clamorosa hacia los comportamientos, acciones u operaciones que proceden a su liquidación a través de la tupida red de intereses construidos en torno al mercado del arte, frente a los cuales los poderes públicos, lejos de intervenir, adoptan la posición del que nada tiene que ver con el control de los procedimientos utilizados. Lamentablemente esa ha sido una constante en la historia del patrimonio artístico español, en la que han estado omnipresentes la mano y el bolsillo de conspicuos historiadores del arte y de políticos "muy orgullosos" de su país. 

Se ha hablado de la necesidad de poner en vigor una normativa que evite la fuga de obras de arte, en vez de mantener una permisividad que constituye un óptimo caldo de cultivo para las maniobras de la mercantilización especulativa. Procuro hacer memoria y no recuerdo ninguna intervención en este sentido de los responsables culturales de las diferentes administraciones españolas. Confortados con el oropel que ocasionalmente procuran los eventos periódicamente organizados a mayor gloria de determinados bienes patrimoniales, muy custodiados ahora por sus titulares,  que se utilizan como reclamo turístico y altamente celebrado por el gremio de las mesas y los manteles, sería cínico admitir que con esa basta cuando el día nos ofrece manifestaciones escandalosas del "expolio silencioso".  

5 de enero de 2014

Están libres, sí, pero siempre serán los rostros de la muerte



La justicia ha hecho justicia y la ley ha prevalecido como debe ser en un Estado de Derecho. Han salido de prisión antes de lo que se preveía, precisamente porque la aplicación de las penas no admitía la retroactividad de una sentencia promulgada después de que fuesen condenados en función de la ley vigente cuando eso ocurrió. Están en la calle, sus edades les sitúan en el tramo provecto de la vida, seguramente su bienestar estará condicionada por las dificultades para insertarse en el mercado laboral, lo que les ubicará en la marginalidad o, en todo caso, les convertirá en beneficiarios de la complicidad solidaria de quienes les mantengan sin dar palo al agua, entre otras razones porque, amén de la crisis que tanta mella hace en  el empleo, sus competencias profesionales dejarán mucho que desear. Poco importa su futuro pero sí importa volver a contemplar sus rostros. 

Muchos han protestado por el acto celebrado en la villa vizcaina de Durango, cuando se han reunido para leer unos comunicados unidireccionales, que no han admitido réplica sobre lo que piensan de la situación actual de la banda, de sus expectativas y de lo que van a hacer en el futuro. Incapaces de pedir perdón, su discurso ha puesto en evidencia, sin embargo, el reconocimiento de su derrota, al reconocer explícitamente el dolor causado y la legalidad penitenciaria. Ha primado el Estado de Derecho frente a la barbarie y la irracionalidad. 

Cuando veía sus rostros adustos, expresando una pretendida gravedad que no hace si no demostrar la erosión implacable del tiempo, recordaba a la vez las caras de Francisco Tomás y Valiente, de Gregorio Ordóñez, de Ernest Lluch, de Manuel Broseta, de Miguel Angel Blanco, de Isaías Carrasco y de tantas y tantas otras personas -  militares, policías y civiles hasta aproximarse al millar - cuyas imágenes solo perviven en la memoria, que también nos sirve para evocar con pesar las de aquellos que quedaron gravemente lesionados de por vida. Que no se olviden los rostros ni de los unos ni de los otros. La imagen de la dignidad de los que perdieron la vida o fueron heridos a manos de criminales sin escrúpulos marca el contrapunto de los que ahora han vuelto a ocupar las calles y las plazas de Euskadi sin haber conseguido ninguno de sus propósitos. Algunos les jalearán sin duda, pero a medida que el tiempo pase, se convertirán en seres incómodos e irrelevantes. Tanta muerte para nada, tanto dolor sin reparación posible. Qué bien lo explicaba José María Calleja, que tan bien los conoce y tanto los ha sufrido. Han vuelto a sus casas, sí, ya son libres, pero nunca dejarán de ser los rostros de la muerte sin sentido. 

15 de diciembre de 2013

La necesidad del pensamiento crítico



No sé si es un placer leer lo que dice Noam Chomsky, pero si una necesidad o, el menos, algo pertinente, que nadie con curiosidad intelectual puede pasar por alto. Necesitamos intelectuales honestos, pensadores críticos, él entre otros, que  nos ayuden a entender lo que sucede, porqué sucede y de qué manera repercute. La toma de conciencia de los problemas aproxima a la claridad de las soluciones o al menos despeja los caminos hacia su descubrimiento. 

Nada hay más pernicioso en estos momentos que el pensamiento banal, el conformismo resignado, la sustitución de la rebeldía por la fascinación que suscita la evasión hacia la gastronomía o el cultivo ensimismado del propio huerto, confortables refugios ambos silentes y elusivos.

12 de diciembre de 2013

La inutilidad de un "Congreso de Historia" con conclusiones predeterminadas



Oigo y veo a Jaume Sobrequés, el director del evento, y no salgo de mi asombro. He asistido a muchos Congresos científicos en mi vida pero jamás había observado ninguno en el que ya las conclusiones estuviesen fijadas de antemano. La propia formulación del enunciado sitúa el desarrollo del evento dentro de unas coordenadas que prejuzgan todo lo que en él se va a abordar, pues sus conclusiones ya están hechas. No ha lugar en ese contexto a controversia alguna. Me sorprende la animosidad de Sobrequés i Callicó a quien creía más ponderado y riguroso. Plantea el encuentro de forma enrabietada, dogmática, cerrada en sus perspectivas de análisis. Actitud acientífica donde las haya. Entre sus convocantes, la ausencia de la Universidad llama la atención, dominado el elenco de responsabilidades por órganos dependientes del Gobierno autónomo. Cuando se organiza un Congreso, todo está abierto a la discursión y a la confrontación racional de enfoques, métodos e ideas; de lo contrario, es una estafa. Y que conste que no me dejo llevar por la escandalera que, a juicio de García Montero, se ha montado sobre esta cuestión: simplemente me limito a constatar las anomalías que encierra un "simposio", ajeno a las reglas comúnmente asumidas para las reuniones científicas dignas de tal nombre, a no ser que no sea ese el propósito. Habrá que estar atentos a las conclusiones y valorar el rigor histórico con el que están planteadas. De momento, que se sepa, solo la Generalitat ha defendido el rigor científico de la reunión, pero resulta difícil otorgar credibilidad en este sentido a Artur Mas y sus consellers. No hay fundamento alguno que avale su formación y su solvencia como historiadores acreditados. Tampoco, que se sepa, se ha dado opción a historiadores no catalanes para intervenir en cuestiones que sólo los debates rigurosos y sosegados pueden clarificar. Cuando prevalece la identidad como soporte intelectual básico, ya sabemos lo que, a la postre, eso da de sí. 




Me detengo en el programa, que deriva por los mismos derroteros: "la inmigración, la acción de la Iglesia Católica, la persecución de la lengua y la cultura catalanas (sic), la falsificación de la Historia (sic), la censura sobre los medios de comunicación (sic), la educación". Los meros epígrafes anticipan, sin sentido de la opción de error, de qué va la cosa. Es la primera vez que lo veo planteado de esa manera. Al margen quedan, o muy minimizadas, las cuestiones económicas, las alusivas al desarrollo de Cataluña desde el siglo XVIII , cuando, como bien señala Rosa Castejón, de la UB, "el momento culminante estuvo representado por la nueva actividad comercial catalana del siglo XVIII; el puerto de Barcelona, junto con el de Palamós, constituyeron las dos principales aperturas catalanas al comercio maritimo. El comercio del azúcar y de las indianas determinó un fuerte aumento del tráfico maritimo barcelonés en esta centuria". ¿Nadie va a hablar de lo que supuso el despegue catalán en el Setecientos cuando el puerto de Barcelona arrumbó al de Sevilla y las manufacturas catalanas, "cautivas del arancel español" (Fuentes Quintana dixit), se expandieron en un mercado protegido, hundiendo, entre otros competidores, a los textiles de Béjar y otros muchos lugares del interior del país? Y, por lo demás, ¿aludirá también al apoyo de un sector de la burguesía catalana al franquismo, con representantes tan conspicuos como Porcioles, Gual Villalbí, López Rodó y los Godó de La Vanguardia, entre otros muchos? ¿También ellos lo pasaron mal? ¿Fue la dictadura una etapa en la que solo los catalanes se vieron sojuzgados? ¿Recuerdan, siquiera sea por un instante,  cuando en la transición fuimos legión los que salíamos a la calle cantando a Llach, a Pi de la Serra,  a Ribalta, fascinados por los aires de libertad que nos llevaban a reivindicar Libertad, Amnistía y Estatut d'Autonomía, pensando fundamentalmente en Catalunya? 


Y es que no hay que engañarse: a lo largo de la Historia siempre han sufrido los mismos, así en Catalunya como fuera de ella, al igual que los privilegiados lo han sido con independencia de donde vivieran. No son los territorios los que sufren, sino las sociedades, los pueblos, inmersos en estructuras sociales marcadas por la desigualdad, de lo que es fiel reflejo también la sociedad catalana. Por eso cuando oigo a Sobrequés, con pose de solemnidad excesiva, echar pestes como dardos contra la España donde viven los españoles o algunos llegan a hablar incluso de "genocidio cultural" y de "colonización", observo la tibieza de Josep Fontana, cuya postura no he entendido al oírle esta tarde exponer argumentos confusos, o veo silentes ante tanta manipulación a los miembros de la prestigiosa escuela que formara el gran Jordi Nadal, no puedo por menos de llegar a la conclusión de que una de dos: o el hechizo desplegado por la Generalitat actual se ha apoderado hasta de las conciencias más respetables o el dinero está corriendo a raudales para sojuzgar cualquier atisbo de pensamiento crítico. En estos momentos, cómo se echa de menos a figuras como Pau Casals. 


Junto a  la estatua erigida a Pau Casals en El Vendrell (Tarragona)



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