24 de mayo de 2011

¿Suponen las elecciones del 22 de mayo de 2011 el fin del terrorismo de ETA?

Fachada del Ayuntamiento de San Sebastián-Donostia

En el fragor de los análisis efectuados con motivo de las elecciones locales y autonómicas que se acaban de celebrar apenas se habla de este asunto, pese a tener una gran trascendencia. Tras la polémica jurídica suscitada en torno a la legalidad de la coalición electoral Bildu – que aglutinaba a miembros de partidos legales como Eusko Alkartasuna y Alternatiba (escisión de Esker Batua) y otros de la izquierda abertzale, tradicionalmente asociados a Batasuna -, el balance obtenido ha sido muy significativo. Con 313.231 votos - 276.134 procedentes del País Vasco y 953 de Navarra – obtiene 1.138 concejales, que se traducen en 88 alcaldías en ambas Comunidades Autónomas y 25 mayorías relativas. Representan una opción política nada desdeñable en esos territorios, donde cuentan con un respaldo que les ha permitido duplicar los votos obtenidos por ANV y EA en las municipales de 2007.


Quiérase o no, es una realidad que está ahí y que hay que asumir porque forma parte de la estructura socio-política del Estado, y en coherencia con los principios que rigen su funcionamiento, que ha de ser integrador y sujeto al cumplimiento de las normas legales. La cuestión estriba en valorar cómo puede incidir este hecho, refrendado por el Tribunal Constitucional – la normalización institucional de un sector importante de la sociedad vasca, integrado en el juego político democrático – en la eliminación definitiva de esa lacra de muerte, destrucción y terror que ha asolado durante décadas esa región, que ha conmocionado la vida política española y que ha dejado tras de sí una estela atroz que jamás quedará olvidada. Las víctimas no se lo merecen. Sin embargo, ¿cuáles son los caminos que conducen o pueden conducir a la superación de ese trauma o, lo que es lo mismo, a la desaparición de la banda? La experiencia revela – Irlanda del Norte, Alemania, Italia – que no hay una hoja de ruta preestablecida ni un protocolo de cumplimiento de validez general. Las situaciones son distintas y en cada caso se ha llegado a un punto final por procedimientos específicos, muy ligados a las características de las respectivas situaciones y en función de las pautas fijadas por los gobiernos responsables, conscientes de las dificultades que ello entraña. Baste recordar lo sucedido tras el acuerdo de paz de 10 de abril de 1998 que puso término al terror en el Ulster y cuyos resultados están a la vista.


Por lo que respecta a España, la firmeza contra ETA también se ha mostrado contudente y ha dado origen al periodo de ausencia de muerte más prolongado que se conoce, aunque aún resuene en nuestros oídos el atentado del aparcamiento de la Terminal de Barajas y el asesinato que lo acompañó. Desde entonces, y más allá de los encuentros mantenidos con el fin de alcanzar el fin definitivo de la violencia (en la misma línea seguida por todos los gobiernos desde la llegada de la democracia), ha prevalecido la fuerza del Estado sobre los designios de la banda, que ha sido diezmada en varias ocasiones, a la vez que sus dirigentes lo son cada vez por menos tiempo. Eso es lo que realmente importa. No cabe duda que la eficacia policial y la efectividad de la colaboración con Francia han sido decisivas en este sentido. Pero lo que también es cierto es que, por mucho que se discuta, tras el 22 de mayo algo muy importante se ha producido en la tierra vasca que augura, si no se ha producido ya, el final de ETA.


El tiempo lo dirá, pero creo que estamos ya en esa situación, que se alumbra en el horizonte, confortados además por el hecho de que la ley - según establece la reforma de la Ley 2/2011, de 28 de enero, Orgánica del Régimen Electoral General - asegura que cualquier transgresión del rechazo a la violencia por parte de los miembros de la coalición mencionada será sancionada con la retirada de la representatividad que ostenta. No hay vuelta de hoja: las reglas del juego serán respetadas en un escenario en el que la preservación de la paz constituye la única posibilidad admitida. Y es precisamente en este sentido hacia el que se ha decantado la afirmación del portavoz de Bildu, Pello Urizar, al señalar que la celebración de las elecciones “implica la retirada definitiva de ETA”, opinión suscrita por Oskar Matute, dirigente de Alternatiba, no sin antes reiterar que “ETA debe desaparecer”.


Y es que, en efecto, ETA es el pasado. Un pasado terrible y siniestro, sobre el que la democracia se ha acabado imponiendo porque así lo han exigido el Estado y la propia sociedad vasca. La fecha del 22 de mayo de 2011 marca, en mi modesta opinión, el punto de no retorno de esta tragedia, que jamás debió haber existido.


19 de mayo de 2011

No se resignan a ser una “generación perdida”



Concentración en la Plaza de la Fuente Dorada, de Valladolid ( mayo de 2011)


No es la nuestra una juventud resignada. Es una juventud consciente del mundo que la ha tocado vivir, de los problemas de su tiempo, de sus dificultades y de las incertidumbres que se ciernen sobre sus horizontes y perspectivas. También lo es de sus capacidades y fortalezas. Si observamos los comportamientos colectivos de la juventud en el mundo, no es difícil detectar rasgos de singularidad en el caso de los jóvenes europeos. Hemos visto en otros lugares movimientos de gran resonancia, motivados por el rechazo a las guerras, el repudio a las dictaduras, la defensa de la libertad. Ocurrió durante la guerra de Vietnam en Estados Unidos, en Indonesia frente a Suharto, en Latinoamérica frente a los regímenes de muerte y corrupción que asolaron a muchos de sus países en los setenta y ochenta, en el norte de África apenas comenzada la segunda década del siglo XXI.


Lo que está ocurriendo en la Unión Europea ofrece matices que deben ser tenidos en cuenta. Es la expresión de una rebeldía en el espacio que se creía confortable y garante de derechos enraizados en la Historia y en los ámbitos de la decisión pública, y que ahora se perciben gravemente amenazados. Ya tuvimos ocasión de comprobar la dimensión de la protesta a finales de 2008 en Grecia, cuando los jóvenes salieron a la calle al darse cuenta de los efectos traumáticos que la crisis comenzaba a provocar en su país. Lo hemos visto también en Francia, en Portugal, en el Reino Unido, en Irlanda.... y haces unos días, el 15 de mayo de 2011, ha hecho de pronto su aparición en España, para convertirse en uno de los fenómenos sociales que mayor impacto están teniendo en los medios, en las conversaciones de la gente, en las cábalas de los analistas, en los intérpretes, más o menos cualificados, del rumbo político que adquiere el país ante un acontecimiento que nadie preveía y que ha dado lugar a toda suerte de opiniones.


No es casual que la movilización haya estallado en un momento en el que convergen dos causas que posiblemente han tenido un efecto inductor. Tres días antes de que comenzara, el Fondo Monetario Internacional alertaba sobre el riesgo en España de una “generación perdida”, terrible denominación aplicada al reconocimiento de las enormes dificultades a que se enfrenta la integración en la sociedad de un sector de la población – el juvenil - que, si por algo se caracteriza, es por su nivel de cualificación y de competencia para contribuir al desarrollo del país, y que se siente desvalorizada ante tasas de desempleo que, en los tramos iniciales de la vida laboral, superan el 40%. Que nadie me venga con que se trata de una juventud poco preparada, por mor de una educación errática. Falso de toda falsedad. Conozco el tema porque lo vivo de cerca. Nunca la juventud española ha estado tan preparada como hoy. Cuando se dice que carece de adaptación a las necesidades del sistema productivo, se está diciendo una mentira. El problema no son los jóvenes, son las empresas, o muchas de ellas, que se escudan en este argumento falaz para justificar su resistencia a la contratación de personal joven, al que con frecuencia explotan con sueldos y contratos miserables. Basta echar un vistazo a los jóvenes cualificados que emigran a otros países europeos con el fin de trabajar en su especialidad y donde gozan de un reconocimiento que su país les niega. A muchos ha conmocionado la sensación de que pueden llegar a formar parte de esa “generación perdida”, abandonada a su suerte.


Este hecho, justificativo de una preocupación creciente y de una desafección hacia la política, ha coincidido con el desarrollo de una campaña electoral que, en la mayor parte de sus manifestaciones, roza el tedio y a menudo la desvergüenza. No entraré en detalles porque son de todos conocidos, pero lo cierto es que muchísimos jóvenes españoles no se sienten representados en esos mítines ni en el lenguaje que se utiliza magnificando los problemas y eludiendo las soluciones, mientras se recurre a la descalificación brutal y zafia del adversario para que el ruido domine en el ambiente y eclipse el tratamiento riguroso de la realidad. Si se observa con detalle el sentido de sus reivindicaciones no hay en ellas síntoma alguno de voluntad antisistema, sino precisamente de todo lo contrario: de reconocimiento de que su papel en la sociedad está minimizado o simplemente eludido ante la prevalencia reiterada de un discurso que les resulta ajeno y de unos comportamientos que no reconocen como los propios de un modelo democrático e integrador digno de tal nombre.


Yerran aquellos políticos – reflejo evidente de su miopía y de su incapacidad para entender lo que ocurre a su alrededor – que hablan de manipulación, de intenciones aviesas, de propósitos inconfesables, para acabar incurriendo en actitudes paranoicas que no van más allá del temor a que sus intereses y sinecuras puedan verse cuestionados, refractarios a la crítica como son en su mayoría. Aunque, bien mirado, hay que admitir que el temor está justificado en la medida en que una protesta de tal magnitud, expresión de un malestar hace tiempo larvado, no puede dejar indiferente a nadie ni ser entendida como un hecho episódico, sino como un fenómeno sociológico de contestación y puesta en entredicho de pautas de comportamiento y de gestión que pueden llegar a convertir a muchos jóvenes, si no lo han hecho ya, en excluidos involuntarios dentro de un sistema que prescinde de ellos, quizá irreversiblemente.

En el fondo no deja de ser una manifestación a favor de una visibilidad que creen haber perdido y que desean recuperar. ¿No es ésta acaso otra expresión más de la “España de la rabia y de la idea”, de la que con tanto acierto como contundencia habló Don Antonio Machado?

¿Qué ocurrirá a partir de ahora? ¿Cómo evolucionará esa movilización que se ha extendido como el aceite en las principales ciudades españoles, grandes, medianas y pequeñas? Nadie lo sabe y es difícil hacer previsiones. Mas, ocurra lo que ocurra, es evidente que lo sucedido en España en la segunda quincena del mes de mayo de 2011 marcará un hito de gran importancia en la historia del país, tanto como fenómeno sociológico como advertencia de que el rumbo de la política española debe corregir deficiencias muy serias que han puesto en entredicho su credibilidad para un sector significativo de la población - el que tiene el futuro en sus manos -, cuyas reclamaciones y necesidades no pueden ser ignoradas.





17 de mayo de 2011

El Bachillerato de excelencia: ¿un pretexto para la discriminación y la desigualdad?


IES Beatriz Galindo de Madrid

No se ha hablado de este asunto en la campaña electoral, pero su intencionalidad anida en el ambiente. Con su habitual estilo provocativo y sin más explicaciones que las amparadas en el tópico, de ello habló la señora Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, a comienzos de abril, cuando propuso la creación en esa región, con vistas al próximo curso, de un Bachillerato que “ ofreciera a los alumnos más sobresalientes de Secundaria una enseñanza que como ellos, aspire a la máxima excelencia”. Se trata con ello de crear instituciones que primen los valores de 'excelencia, trabajo, esfuerzo, estudio, talento y dedicación', al igual que ya hacen otros países europeos que diferencian la formación de los alumnos más aventajados”. No dice, sin embargo, de qué países está hablando ni de cómo se gestiona en ellos la educación ni de los niveles presupuestarios que se conceden a este servicio básico. Por supuesto, tampoco valora sus implicaciones y sus posibles resultados, ya que todo se ampara en un juicio de valor predeterminado, que pondera la diferenciación del alumno en una etapa clave de su vida personal y formativa como criterio de distinción condicionante de su futuro en la sociedad.

Ningún otro gobierno autónomo del Partido Popular ha planteado una iniciativa de estas características ni tampoco ha emitido una opinión al respecto, que también ha estado ausente por parte de la comunidad educativa, pese a tratarse de una cuestión de indudable trascendencia, por lo que significa y por las connotaciones que tiene desde el punto de vista social y formativo. De ahí la conveniencia de plantear el tema y someterlo a debate con toda la carga de interés que merece. Me limito, pues, a sugerirlo apoyándome en dos reflexiones que, con autoridad y solvencia, lo abordan. La primera ha sido realizada, desde la experiencia que proporciona el trabajo la enseñanza secundaria, por la profesora María Antonia Salvador, del IES Zorrilla de Valladolid; la segunda se recoge en la aportación hecha sobre el tema por Enrique Gil Calvo, catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. Creo que ambas ofrecen suficientes elementos de juicio para opinar sobre tan importante cuestión.

1 de abril de 2011

El silencio sobre Honduras no debe ocultar las graves violaciones de los derechos humanos


Ilsa Velásquez

Cuando una noticia desaparece de los medios de comunicación es tal el silencio que se cierne sobre ella que parece que no existe. Pobre de la tragedia que deja de interesar a quienes controlan lo que interesa. Abrumados estamos a diario de noticias y sucesos de todos los tipos, pero es obvio que su permanencia en las primeras páginas es siempre selectiva. La actualidad se entrevera con el sensacionalismo, la pertinencia con la intencionalidad, el escándalo con lo fortuito. Nunca la información es banal ni responde necesariamente a la dimensión y al enfoque que se la concede. Pero el hecho de aparecer en portada y en la cabecera de los telediarios no debe implicar que la atención prestada a acontecimientos relevantes justifique la omisión deliberada de problemas y situaciones que no pueden quedar al margen de la preocupación social.
Honduras dejó de aparecer en la escena mundial cuando unas elecciones realizadas con falta de garantías democráticas pusieron aparentemente fin al periodo de ignominia, brutalidad, ilegalidad e indecencia política que siguió al golpe de Estado contra el gobierno legítimo de Manuel Zelaya para abrir la siniestra etapa de la dictadura presidida por un tal Micheletti. Tras ellas accedió al poder un sujeto llamado Porfirio Lobo Sosa, del que nunca más se supo salvo para dejar constancia del desprecio e incluso del boicot de que era objeto en las reuniones celebradas por los líderes latinoamericanos. Siempre habrá que reconocer a Lula y a Cristina Fernández, presidentes de Brasil y Argentina, la actitud de firmeza para evitar que ese personaje fuera reconocido como representante de un país que permanece sumido en las honduras de la represión, de la tortura y de la muerte en medio de la más absoluta indiferencia.
No es justo que eso ocurra en un mundo que tanto presume de defender los derechos humanos y que asiste, impávido, a cuanto sucede en ese pequeño país centroamericano digno de mejor suerte. Y es que la historia reciente de Honduras está marcada por los estigmas de la violencia aplicada sin restricciones a cuantos cuestionan el régimen de terror que campa a sus anchas. Sensible ante el problema, me limito a dar a conocer el acuerdo adoptado el dia 29 de marzo por el Consejo de Gobierno de la Universidad de Costa Rica en el que denuncia las agresiones sufridas por la Federación de Organizaciones Magisteriales de Honduras (FOMH), que mantienen desde hace tiempo un enfrentamiento contra el gobierno en defensa de la democracia y de los servicios públicos fundamentales, como la salud y la educación, lo que ha derivado en una dura represión que se ha saldado con la muerte de la maestra Ilse Ivania Velázquez Rodríguez. Nada o muy poco se ha dicho de ello, que yo sepa, en la prensa española.
Ante estos hechos, la Universidad costarricense ha adoptado el acuerdo de:
“ 1. Solidarizarse con la lucha de las organizaciones magisteriales hondureñas en defensa de la educación pública y de los derechos de los educadores y las educadoras, la cual es apoyada por amplios sectores de la sociedad hondureña;
2. Rechazar las acciones represivas contra las organizaciones magisteriales hondureñas llevadas a cabo por el gobierno de Porfirio Lobo Sosa;
3. Exigir al Gobierno de Honduras: a) que investigue las circunstancias de la muerte de la maestra Ilse Ivania Velázquez Rodríguez y se castigue a los responsables; b) el cese de la represión en contra del magisterio y de los sectores sociales que apoyan su lucha; c) la liberación de forma inmediata de todas las personas detenidas como consecuencia de estas acciones represivas;
y 4. Instar al Gobierno de Costa Rica a que se pronuncie en defensa de los derechos humanos de los educadores hondureños".

Una demostración más de la situación inaceptable en que se encuentra ese país que nos es tan próximo ¿Cómo permanecer indiferentes a una realidad que, no por ignorada, debe ser entendida como una tragedia sin paliativos?

NOTA:

Estaré durante unos días ausente de este espacio. La medicina obliga de cuando a cuando a revisar lo que debe ser revisado. Es bueno prevenir... antes de que llegue la tormenta irrefrenable.


26 de marzo de 2011

Mensajes en la calle (31): la política como pasión

¿Cómo llegar al ciudadano, abrumado por mensajes que no le dicen nada e incluso le desorientan? ¿Cuál ha de ser el reclamo que invite a prestar atención y a dedicar siquiera sea unos minutos a la lectura de lo que se desea transmitir? El arte de la publicidad se manifiesta en el sinfín de posibilidades e instrumentos de que se sirven los talentosos del diseño y de la frase lograda para evitar el enorme riesgo de la indiferencia. Es sabido que la reiteración de los mensajes y las imágenes que los acompañan llega a provocar hastío, puede que hasta rechazo, pero también es cierto que, a fuerza de recibirlos, el individuo acaba por asumir, aun de manera inconsciente, la existencia de un producto artificial o de una idea prefabricada que, a la postre, acaba haciendo mella en el comportamiento hasta decantar a su favor, y por contradictorio que parezca, la elección finalmente realizada.

Como no podía ser de otro modo, el ejercicio de la política adopta los paradigmas más sofisticados de la parafernalia semiótica que gravita en torno a la publicidad. Podría hacerse, si no se ha hecho ya, un verdadero tratado relativo a las aportaciones del mensaje político al incomensurable acervo de la historia publicitaria. Seguramente podrá apreciarse la adecuación de las ideas dominantes a la realidad social de cada momento, a las sensibilidades de la época, a las apetencias que orientan la conducta en función de los objetivos más deseados por aquellos a quienes van destinadas. Es lógico que así sea, pues nada más desacertado que alentar un ambiente de sugerencias y motivaciones que no se corresponden con lo que realmente el destinatario desea o necesita.

Sin embargo, todo parece indicar que en los tiempos que corren los mensajes específicos deben quedar supeditados al impacto de la expresión que llega al ciudadano como testimonio más de una actitud subjetiva que de una reflexión racionalizada. Alentar el proyecto de gobierno a través de la pasión que se siente por algo conduce a simplificar el contenido en torno a una palabra que lo dice todo, tratando de provocar con ella una reacción sentimental con la que nadie puede sentirse a disgusto, pese a que tampoco comprometa a nada.

Vivimos tiempo de pasiones soterradas, que el discurso político trata de hacer suyas sin que se sepa muy bien de qué manera la “pasión”, simplemente como tal, y simbolizada en la figura del corazón omnicomprensivo, puede identificarse con lo que, en esencia, ha de ser un modo de hacer política fiel a los principios del buen gobierno de lo público con todo lo que ello implica. No dudo en absoluto que ese sea el objetivo de quien se postula para renovar su mandato como alcalde de la ciudad de Soria, y quien, por lo que he sabido, goza de alta valoración ciudadana. Mas ello no impide reflexionar sobre lo que significan los “slogans” políticos en estos tiempos de confusión entre las apariencias y la realidad.

Paseando ayer por Soria, me topé con este anuncio. Me llamó la atención y por eso lo comento en esta sección dedicada a interpretar los “Mensajes” que aparecen en la calle.

4 de marzo de 2011

Cuando lo visceral prima sobre la razón: Joseph Fontana y Jordi Nadal rechazados como Doctores honoris causa por la Universidad Autónoma de Barcelona


De cuando en cuando el panorama universitario español se ve sacudido por noticias que dejan sin palabras. Ya sé que no se debe recurrir a un acontecimiento lamentable para significar con ello lo que ocurre en una institución que, ante todo, es compleja y de una enorme heterogeneidad. De todo hay, en efecto, en ese mundo de enseñanzas e investigación merecedoras de todo tipo de balances y evaluaciones. La excelencia coexiste con la mediocridad, el oportunismo con la labor rigurosa, independiente y sacrificada. El caradura con el serio y responsable. Que cada cual asuma su cuota de responsabilidad y que los mecanismos que ponderan el trabajo realizado lo coloquen en su sitio, ya que, a la postre, tarde o temprano, se sabe diferenciar, en ese mundo heteróclito y repleto de contradicciones, lo que es ganga y lo que es mena.
Mientras tanto, resulta difícil comprender sucesos que claman al cielo y ofenden la inteligencia. En la Universidad Autónoma de Barcelona, aquélla que en los años setenta brillaba como "isla de libertad", los miembros de la Junta de Facultad de Filosofía y Letras han rechazado la propuesta de nombrar doctores “honoris causa” a los historiadores Joseph Fontana y Jordi Nadal. Han bloqueado así un proceso que debía culminar en el Consejo de Gobierno de la Universidad y en el reconocimiento merecido por dos grandes intelectuales catalanes. Apenas ha trascendido la noticia, lo que resulta escandaloso dada la relevancia del hecho. Personalmente, he tratado de averiguar los argumentos que han llevado a tomar esa decisión por parte de los colegas que, académicamente, están más vinculados a la labor realizada por ambos historiadores.

Las respuestas de quienes me han comentado el tema han sido de indignación y de rechazo, de malestar y de vergüenza, por la sencilla razón de que no hay argumentos racionales que justifiquen tamaño disparate. Simplemente se ha desestimado su nombramiento por que sí, porque no se desea reconocer lo que sus figuras significan en la historiografía española y universal. No hay más razones que las personales, aquellas que emanan de la visceralidad, de la envidia, del rechazo por motivos inconfesables, que llevan al silencio vergonzante y a la incapacidad de justificar la decisión tomada. Simplemente porque sí.


Considero que, más que de una injusticia, se trata de un insulto y una ofensa a la Universidad, a la ciencia y a la cultura. No entraré a valorar aquí la trayectoria de ambos profesionales de lo mejor de nuestra ciencia histórica, aunque ya he hecho referencia en una ocasión a Joseph Fontana, pero aconsejo consultar en Internet la trayectoria de uno y otro para darse cuenta del disparate cometido. Y no es el único, por cierto. En un marco dominado por la endogamia y la introversión curricular, los casos de rechazo al de fuera han estado omnipresentes en la Universidad española desde hace mucho tiempo, aunque paradójicamente se han agravado a raíz de la Ley de Reforma Universitaria de 1983, sin que apenas se hayan tomado medidas para evitar sus efectos más negativos y pese a que no son pocos los rectores que, una vez fuera del cargo, se lamentan de que eso haya sucedido.


Una de las experiencias más lamentables en este sentido fue la vivida por Emilio Lledó, el gran pensador y miembro de la Academia de la Lengua. Siendo catedrático de Filosofía de la UNED concursó a una plaza del mismo rango en la Complutense de Madrid. Sus méritos eran apabullantes... pero no lo consiguió. Fue desestimado, no sin antes conocer la afirmación de uno de los miembros de la Comisión encargada de resolver el concurso: “ la plaza será para Fulano (el de la casa), y la conseguirá aunque se presentara el mismo Hegel”. No es lo que siempre ha ocurrido, pero ha ocurrido en varias ocasiones.

He recibido el documento que recoge una carta de apoyo a los Dres. Fontana y Nadal. La incluyo aquí para dar cuenta de la respuesta que una medida tan arbitraria exige.


24 de febrero de 2011

De nuevo, el Mediterráneo

Las maravillosas costas del Mediterráneo. He aquí un sector de la de Grecia


De Ampurias a Gaza, de Marsella a Alejandría, de Tobruk a Génova, de Algeciras a Estambul (¿cómo no recordar en esta ocasión la, para muchos y para mí, mejor canción de Joan Manuel Serrat?)... infinidad de puntos de referencia, de lugares sonoros en la memoria colectiva del mundo, emergen en la mente cuando se trata de enlazar, en una trama de posibilidades trasiegos infinitos, los archiconocidos límites del mundo mediterráneo. Soy de la tierra adentro, pero pocos recuerdos tan gratos como los que me trae la evocación de ese mar de perfiles sinuosos y nítidos a la par, que tantos matices aporta a quien lo divisa desde cualquiera de sus orillas para, enriquecido con la variedad de horizontes, llegar a la conclusión de que todos forman parte de un mismo espacio: del inmenso y a la vez recoleto escenario donde la Historia no ha cesado de transformarse a medida que lo hacían la cultura, la economía y sus sociedades. El Mare Nostrum nunca ha perdido actualidad, siempre se ha mostrado como un ámbito alerta y vigilante porque cuanto sucedía en sus orillas ha marcado con letras imperecedoras algunas de las páginas más sorprendentes de la trayectoria de las civilizaciones. Somos deudores del Mediterráneo, de cuanto nos ha ofrecido y de cuanto nos ha hecho vivir, en medio de un panorama repleto de conflictos, de tensiones, de confrontación, pero también de sensibilidades de las que jamás podremos desprendernos.



Sin embargo, pese a la historia compartida y a las experiencias que unen al amparo de las movilidades trabadas - precisamente porque la sensación de pertenencia a un espacio común induce a ello - el Mediterráneo constituye también la expresión de una fractura que no ha cesado de agravarse a través del tiempo hasta hacerse, hoy, insondable. Las dos orillas se miran entre sí pero no lo hacen con la misma sensación de interdependencia y voluntad de comprensión y encuentro. El Norte ha contemplado el Sur con otra perspectiva, tradicionalmente protagonizada por Francia que ha asumido altivamente la dirección del modelo de relaciones que unen a la Europa desarrollada con el Norte de África. Todos los demás países han ido a la zaga del compás marcado por el país de la “grandeur”, el país en cuya plaza más emblemática - la de La Concorde, de París - , se yergue el otro obelisco de Luxor y que impone las reglas de control y supervisión hacia los territorios del Magreb, que considera bajo su protección, a modo de gran patio trasero. De nada sirvió la Conferencia de Barcelona (1995) (y la Asociación Euromediterránea derivada de ella), que en la capital catalana trató de sentar las bases de un nuevo modelo de relaciones y de convivencia basados en algo más que en el tratamiento neocolonial de las cuestiones que justifican la pervivencia de tales vínculos y el sentido que se les otorga. Llegó después la propuesta de la Unión Euromediterránea, propugnada por Francia en defensa de sus intereses, y el puente tan costosamente levantado se vino abajo.


Nunca ha sido el Mediterráneo un espacio definitivamente tranquilizado. La tragedia atroz de Gaza, la inestabilidad del Líbano, la fractura de Chipre, el desmoronamiento de Yugoslavia, la anomalía de Gibraltar... un sinfín de puntos de fricción, de convulsiones sin cuento, que se han sucedido en el tiempo y que aún perviven como demostración fidedigna de las dificultades que impiden fraguar un ámbito de equilibrios, de respetos y de coexistencia normalizado en la diversidad. De nuevo el Mediterráneo demuestra lo mucho que queda por hacer a favor de esta causa justificada. Empezó en Túnez, siguió en Egipto, amenaza Argelia y Marruecos... mientras en Libia ofrece su imagen más dramática y desesperanzada. Para sorpresa de casi todos, las sociedades árabes han demostrado que también ansían ser libres.


Muchos en Bruselas se rasgan las vestiduras por lo que está sucediendo, sin explicarse porqué sucede, mientras los balbuceos incoherentes de Ashton, las simplezas del inefable Barroso o los silencios clamorosos de Von Rompuy revelan su condición de paradigmas de la incompetencia o la necedad en política exterior. Atónitos ante el espectáculo, sólo se oye la voz de la Casa Blanca llamar a las cosas por su nombre. Parece mentira, paisanos de la Europa reconfortada, que, con lo que ha llovido y con la que está cayendo, sigáis sin tener ni puta idea de lo que es el Mediterráneo.

20 de febrero de 2011

España, ¿puerta de entrada de China en Europa?


Don José Blanco López, ministro español de Fomento, en la inauguración del mayor parque empresarial chino en Europa. En Fuenlabrada (Madrid) (17 de febrero de 2011)

Más que por simple curiosidad, creo que es interesante profundizar en el conocimiento de un tema del que se está hablando mucho pero cuya dimensión es aún poco conocida, aunque de su trascendencia, hoy y hacia el futuro, no cabe duda. Tras haber publicado en la prensa un artículo sobre lo que, a mi juicio, representa actualmente el modelo chino en el mundo, el seguimiento de la cuestión lleva a pensar que la estrategia de proyección de la República Popular China está ampliando su campo de influencia mucho más allá del que, hasta ahora, estaba esencialmente circunscrito al Africa subsahariana (sobre todo) y Latinoamérica. La Unión Europa se halla en estos momentos, y de manera creciente, en el punto de mira de los estrategas que desde los grandes centros de negocios de Shangai y HongKong, debidamente arropados por las autoridades de Pekín, defienden sus intereses en la economía globalizada, a sabiendas de que en ningún lugar van a encontrar obstáculos ni incomodidades que lo impidan.


Ya no se trata sólo del sinfín de establecimientos de mercancías abigarradas y baratas que proliferan como hongos en nuestras ciudades, permanentemente abiertos y en competencia feroz con las pequeñas tiendas de toda la vida que desfallecen ante los precios de lo que viene de China sin pararse en la calidad de lo que se compra. Ya no es sólo la percepción de esa comunidad de ciudadanos, de vida discretísima y desconocida, que brinda su cocina sorprendente a quienes esos platos agradan, y que jamás se dejan notar en el espacio público, donde pasan totalmente desapercibidos ya que tampoco lo frecuentan.

Ahora, en cambio, su presencia es a lo grande, y no ha hecho más que empezar, pues nada tan ansiado por parte de los anfitriones europeos como el papel de salvadores de la crisis que los chinos con poder económico se arrogan, ofreciéndose a comprar “deuda soberana”, conscientes de que los europeos siempre la acaban pagando, al tiempo que se muestran agradecidos de que les hayan salvado de la descalificación de los mercados y no pongan reparos en que su margen de acción se amplíe. Y es que precisamente de eso trata: de proyectar sus productos y su implantación empresarial en el poderoso ámbito del euro, para de esa forma aprovechar la solidez de la economía europea como garantía y en beneficio de su estrategia de proyección global, al amparo de la extraordinaria competitividad que permiten el valor de su moneda y la estructura de sus costes de producción.

Convertido el mercado europeo de la deuda en el mecanismo de penetración inicial, para de ese modo asegurar una fuerte presencia financiera, el paso siguiente consiste en diversificar sus intervenciones, aprovechando las impresionantes reservas de cambio disponibles, cuya cuantía se elevaba -a finales de 2010 - a los 2,65 billones de dólares ¡ (NYT, 2011). Nada tienen de extraño, pues, las palabras del portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores cihino, Jiang Yu, cuando el pasado 23 de diciembre señaló: “Estamos preparados para ayudar a los países de la zona euro a superar la crisis financiera y a ayudarles a su recuperación económica. En el futuro, Europa será uno de nuestros principales mercados para invertir nuestras reservas de cambio”. Pocos días después, el 3 de enero, Li Keqiang publicaba en la prensa española (“Trabajemos de la mano”) que “el gobierno chino está dispuesto a participar en las futuras emisiones de deuda soberana de España”, y lo hacia pocas horas antes de la visita oficial del viceprimer ministro de la RPC al Sr. Rodríguez Zapatero. El alivio llegó de inmediato, como recordarán, y desde entonces la amistad con China es ya inquebrantable.

Una amistad, sin embargo, fraguada sobre intereses mutuos. Si de lo que se trata es de encontrar un medio de penetrar en los mercados europeos evitando la quiebra de Estados con problemas de solvencia, los vinculos están más que garantizados. Lo demuestra la potencia alcanzada por los grandes grupos empresariales que desde comienzos de la década operan en España con tanta fuerza internacional como limitada relevancia en la contratación de mano de obra local. Señalemos únicamente, a modo de muestras significativas, el caso de Huawei España presente en el país desde 2001 y definitivamente consolidada en 2004, cuando afianza su presencia en el mercado tecnológica de las telecomunicaciones tras poner en marcha su centro de asistencia técnica para el conjunto de habla hispana y con sede en el Parque Tecnológico de Andalucía, en Málaga. También conviene destacar el aumento de la participación del grupo Hutchison Whampoa en Terminal Catalunya (Tercat), responsable de la nueva terminal de contenedores del muelle Prat del Puerto de Barcelona, o la instalación en el Paseo de la Castellana de Madrid del banco más grande del mundo, el Industrial and Comercial Bank of China (ICBC), que ha iniciado sus actividades el 24 de enero.

¿Y cómo no aludir, en fin, a la ambiciosa operación de Fuenlabrada, en el área metropolitana de Madrid? Pues, sí, el 17 de febrero el Ministro de Fomento de España, Sr. Blanco López, asistió a la inauguración del mayor proyecto empresarial chino en Europa, conocido con el nombre de 'Plaza de Oriente'. En su primera fase prevé la construcción de un polígono de 80 naves para usos logísticos y comerciales, a los que se unirán, en la segunda, varios centros comerciales y un hotel hasta ocupar una superficie total de 40.000 metros cuadrados, con una inversión de 63,9 millones de euros. La expresiones utilizadas por el Sr. Blanco no pudieron ser más laudatorias: “China, dijo, ya no es sólo la fábrica del mundo, sino que es también y lo será el mercado del mundo. Por eso es una oportunidad para España y España tiene que ser una oportunidad para China”. De momento, que yo sepa, nada así se ha dicho por los gobiernos de Alemania, Francia o el Reino Unido. ¿Cuestión de tiempo? ¿Cuestión de orgullo? ¿Cuestión de solidez? Ya veremos.

Nadie habló del disidente al que se impidió asistir a Oslo para recibir el Premio Nobel de la Paz. Nadie habló de derechos humanos. Nadie habló de los problemas del mundo. Todo fue un gran brindis en reconocimiento a lo mucho que se espera del amigo chino, del país comunista que va a salvar el capitalismo. De la nación que se ha convertido en el oxímoron perfecto, como ya lo he denominado en otra ocasión.


17 de febrero de 2011

El pensamiento crítico... libre, pero ignorado


Acabo de leer “Postguerra” (Taurus, 2010), el monumental libro de Tony Judt, que analiza la historia de Europa desde la Segunda Guerra Mundial hasta finales del siglo XX. Mucho podría decirse de esa obra, que constituye un sorprendente ejercicio de autocrítica, de desmenuzamiento sin concesiones de una historia repleta de sucesos aún desconocidos y de valoración detallada de lo que ha significado el proceso de reconfiguración europea para sus propios ciudadanos y para el mundo, pero me centraré de momento en un aspecto que me ha llamado bastante la atención. Me refiero a la importancia que a lo largo de buena parte del período estudiado se ha concedido al intelectual como referencia a tener en cuenta o, en todo caso, como destinatario de los reconocimientos o de los vapuleos que suscitaban sus opiniones por parte de la clase política, ya estuviese en el poder o en la oposición.

Las reflexiones de pensadores como Sartre, Camus, Huxley, Ortega, Gramsci, Malraux, Habermas, Bobbio, Rawls, Berlin... y tantos otros, todos ellos de primer nivel, no dejaban indiferentes a quienes se ocupaban de la cosa pública. Sus escritos se leían, se citaban, no había reparo en admitir la incidencia de sus observaciones en el discurso que después se transmitía en los Parlamentos, donde eran citados y con frecuencia reconocidos. Para bien o para mal, mas nunca olvidados, porque se entendía que lo que decían les podía ayudar. Una especie de vínculo valorativo se establecía entre ambos. Hubo incluso políticos relevantes que no dudaban en señalar lo mucho que les habían influido desde las modestas tribunas donde quienes con espíritu crítico llamaban la atención sobre lo que se estaba haciendo y cómo se estaba haciendo, sin obtener, salvo contadísimas excepciones, otra satisfacción que la de sentirse tenidos en cuenta.

Nada de eso ocurre hoy. Le falta quizá a Judt explicar, con la precisión con que lo hace en el conjunto del libro que comento, las razones que han llevado a la política a alejarse de los clamores provenientes de la intelectualidad crítica, hasta culminar en el desencuentro. No es que se haya producido un divorcio, sino simplemente el despliegue de una evolución por derroteros diferentes, cada vez más distanciados. Obviamente aludo al pensamiento de denuncia, al razonamiento incómodo e incorfomista que reclama una visión distinta de las cosas y la adopción de decisiones concebidas y planteadas de otra manera. El interés por la reflexión contraria o discrepante se ha desvanecido quizá en un proceso sin retorno, que posiblemente no se restablecerá nunca (o en muchísimo tiempo). Bien es cierto, sin embargo, que tampoco es un pensamiento perseguido, no hay en el poder afán alguno porque desaparezca, sencillamente porque acaba siendo subsumido en el magma de la opinión controvertida que el propio paso del tiempo se encarga de diluir. Es un pensamiento libre, pero sus perspectivas y posibilidades de incidencia se muestran cada vez más limitadas. ¿Alguien ha oído en los debates parlamentarios, sean del nivel que sean, arropar las argumentaciones con opiniones solventes extraídas de las ideas sustentadas en el rigor?


Prima, en suma, la indiferencia frente al hostigamiento, el desdén frente a la animosidad. Qué mas da. Se entiende que sus reflexiones no hacen daño, entre otras razones, porque la consistencia del pensamiento crítico riguroso aparece en nuestros días desvaída ante el apogeo adquirido por sus dos principales neutralizadores: el ensordecedor ruido mediático, que todo lo envuelve para tensionar el ambiente mediante un lenguaje tan elemental como corrosivo, del que muy pocos se escapan, pues la mayoría recurre al insulto, a la mentira y a la vulgaridad, aprovechando las zahúrdas de la TDT; y el pensamiento dócil, sumiso, el que se fragua en la cohorte de los “intelectuales” a sueldo, cuya función no es otra que la de avalar, con argumentos precocinados, lo que se hace desde el poder, ofreciendo gato por libre sin que la mayor parte de quienes los leen o escuchan reparen en ello.


8 de enero de 2011

¿Pueden las redes sociales modelar la opinión pública? ¿Quién la orienta realmente?



He aquí un debate que no cesa de cobrar fuerza en este mundo nuestro dominado por la sobreinformación, por el desarrollo espectacular de las redes sociales y por los cambios y readaptaciones permanentemente observados en la opinión pública, con la consiguiente incidencia en los comportamientos políticos. Un debate que además se justifica cuando no son pocos quienes en el panorama ciberespacial aluden al impacto creciente de Internet en la política, al considerarlo un instrumento de movilización masiva, capaz de articular las reacciones de personas dispersas geográficamente y que, de manera instantánea, unen sus posiciones y sus voluntades en un empeño compartido que también de inmediato se proyecta, en ocasiones con gran resonancia, en el espacio público. No sorprende, por tanto, que Abdur Chowdhury, uno de los responsables del equipo de investigación de Twitter, haya llegado a afirmar que sería muy difícil entender las tendencias que rigen en el mundo sin la ayuda de Twitter.

Sin embargo, ¿hasta que punto podemos afirmar que reacciones en cadena como la que tuvo lugar con motivo del debate y votación de la Ley Sinde el pasado 21 de diciembre, cuando la página web del Congreso de los Diputados sufrió un ataque insólito de denegación de servicio, pueden repercutir, con la intensidad que sus protagonistas desearían, en la orientación de las mentalidades ciudadanas? ¿Hasta qué punto iniciativas como la de Anonymous AB, que utiliza Facebook, pueden llegar a modificar la percepción de un problema, o su forma de interpretarlo con fines reactivos a través de sus protestas virtuales, como ha pretendido en el caso que comentamos? ¿Qué grado de efectividad tienen, a la postre, esas densísimas tramas de flujos de información en las que confluyen miles de amigos y de seguidores, y que al tiempo se convierten en poderosas fuentes de información sobre quienes las integran, sin olvidar el hecho de que con frecuencia limitan, cuando no suplen, los contactos y las relaciones personales?

Tema delicado y con numerosos claroscuros, el referido a la opinión publica sigue siendo motivo de controversia, aún no resuelta. Tal vez la cuestión pudiera zanjarse afirmando, como hace Pierre Bourdieu, que “la opinión publica no existe”, pero lo cierto es que los comportamientos sociales y políticos sí reflejan en la práctica orientaciones mayoritarias, sesgos opciones en un sentido u otro, a medida que la democracia transforma la opinión publica -llámese así o de otra manera - en voluntad popular, dotada de verdadera incidencia política o, cuando menos, dotada de la posibilidad de repercutir en su configuración.

La realidad demuestra, en efecto, que esa opinión se construye sobre bases consistentes, apoyadas en las grandes corrientes de información y opinión cuyo origen no tiene nada de fortuito o circunstancial sino que, más bien, aparece como el resultado de un proceso gradualmente construido a partir de mensajes, reflexiones, ideas, debates y contenidos, cimentados tanto en la experiencia particular de cada cual como en los mecanismos responsables de la carga informativa, en buena medida controlada por lobbys mediáticos que la manipulan a su antojo u orientan en la dirección que más interesa a los grupos dominantes. Y es que la importancia de la opinión pública es tan relevante que cuantos tienen intereses que defender se afanan para influir en ella mediante estrategias de comunicación cada vez más sofisticadas y sutiles.

Frente a esta modalidad dominante de intervención en el sistema informativo, poderosamente organizado y estructurado a gran escala, entiendo - es un simple punto de vista - que las redes sociales ocupan un papel menor; un papel  que en la mayoría de las ocasiones, por no decir en todas (al menos hasta ahora) se ha limitado a convocar campañas de movilización más o menos exitosas, con un fuerte impacto en la capacidad reactiva de la sociedad, pero con débil repercusión a medio plazo en la formación de los criterios que configuran la opinión pública con auténtica, y eso es lo importante, dimensión política.

Con todo, no cabe duda de que estamos asistiendo a un fenómeno que en cierto modo marca con rasgos poderosos una tendencia característica de nuestra época. Me refiero a la magnitud alcanzada por las protestas sociales, que adquieren una extraordinaria resonancia a partir de 2008 hasta alcanzar una magnitud considerable con el estallido de la llamada primavera árabe en 2011. A la vista de la trascendencia alcanzada no está de más reflexionar sobre el alcance real de estos movimientos que ocupan el espacio público, logran una extraordinaria repercusión informativa, obligan a reaccionar a los poderes instituidos, todo ello como consecuencia, según afirma Lluis Bassets, del efecto que en tal sentido aportan "redes sociales como el instrumento organizativo mejor adaptado a las características de los nuevos tiempos". 

6 de enero de 2011

La Velada de Urueña


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No son necesarios espacios lujosos ni grandes manjares para disfrutar del placer de la buena mesa. Cualquier lugar acogedor, no importa que sea modesto, sirve para satisfacer el objetivo que realmente se pretende: disfrutar de la compañía apetecida para, al amparo de ella, dar rienda suelta al sinfín de temas que pueden aflorar en una tarde lluviosa de enero, sin guión previo ni tiempo tasado. Así ha sucedido hace unos días en la villa de Urueña, ese lugar vallisoletano bien conocido por el recinto amurallado que lo distingue en la lejanía, nítidamente destacado, al borde de los Montes de Torozos, sobre la campiña imponente de la Tierra de Campos. En ella se ha puesto en marcha una interesante experiencia cultural (La Villa del Libro), generosamente apoyada en dinero público y, sobre todo, alimentada por la iniciativa de un grupo activo, ilusionado y emprendedor de personas que, amantes del libro y de las artesanías más auténticas, han arriesgado su esfuerzo y su peculio en la instalación de establecimientos comerciales caracterizados por el denominador común de la cultura basada en el libro de toda la vida y en el buen gusto.

Lo desapacible del día no impidió el encuentro con Diego Fernández Magdaleno, Rosa Iglesias Madrigal y Borja Santos Porras. Les cito así, siguiendo un orden alfabético, pues absurdo sería establecer prelación entre quienes son merecedores de igual reconocimiento y admiración. Compartimos mesa y mantel durante varias horas, en buena medida trabadas por el gusto y la afición en torno a la música, en la que todos ellos han tenido y tienen mucho que decir, por más que sus sensibilidades amplíen con creces los horizontes de los sonidos que conmueven.

Sobremesa en Urueña. Huelga decir quién es quién

Véamoslo brevemente. Diego, profesor de piano en el Conservatorio de Valladolid, acaba de ser galardonado con el Premio Nacional de Música 2010, en su modalidad de interpretación. Creo que fui uno de los primeros en felicitarle y no he dejado de hacerlo desde entonces. Sorprende que un riosecano tan joven haya logrado tal nivel de excelencia en el impresionante oficio del pianista consumado y de una calidad que apabulla. Su mérito no consiste sólo en el dominio de la técnica, que manifiesta con espectacular brillantez, sino en su empeño por dar a conocer a los compositores contemporáneos, de los que el gran público apenas sabe nada y que, gracias a Diego, se han incorporado a los repertorios que enriquecen las salas de los lugares más diversos. Encima Diego es poeta y escritor de textos que rezuman una sensibilidad digna de ser valorada. Y además rumboso donde los haya: llevó regalos para todos.

En esta velada conocí a Rosa Iglesias, amiga de Diego. Y la verdad es que ha sido un descubrimiento. Pronto me dí cuenta de lo que significaba, a poco de saber de lo que ha hecho y de lo que hace. Licenciada en Medicina, su ámbito de actividad e ilusiones se proyecta en el desarrollo de una iniciativa cultural que no debe pasar desapercibida. Es artífice e impulsora de la Fundación Música Abierta, que tiene su sede en Urueña, y que ha concebido con unos fines más que loables, entre los que destaca el propósito de facilitar el aprendizaje musical para personas con problemas de discapacidad. Al tiempo, edita cuidadosamente documentos musicales que son auténticas joyas. Es el caso de “The Little Horses”, una recopilación de canciones de cuna con Enrique Bernaldo de Quirós al piano y la voz de la mezzosoprano Ana Hässler, y en la que confluyen obras de Chopin, Listz, Richard Strauss, Manuel de Falla y Federico García Lorca, entre otros de primerísimo nivel. Vive en Urueña, en una inconfudible casa construida en adobe y donde ha instalado y gestiona una tienda de juguetes tradicionales que recibe el nombre de la calle (Oriente 9) donde reside.


¿Y qué decir de Borja Santos, a quien he aludido ya varias veces en este blog? Confieso que es una de las personas más impresionantes que he conocido y al que considero, desde la perspectiva que me proporciona la experiencia, uno de los ejemplos más acreditados de lo mejor de nuestra juventud. Ingeniero de Telecomunicaciones, ha orientado su vida al servicio de las causas más nobles. Supe de él cuando trabajaba para Naciones Unidas en Ecuador, como experto en riesgos naturales, lo que le llevó a conocer a fondo ese país para transmitirlo en imágenes extraordinarias e impactantes como corresponde a un enamorado, a la par que cualificado profesional, de la fotografía. Cuando regresó a España, organizó una exposición sobre su experiencia ecuatoriana que tuve el honor de presentar, convencido de que estaba ante una muestra que sobrepasa con creces una exhibición fotográfica convencional. Su compromiso con las causas de los desfavorecidos permanece incólume. Tras una etapa de actividad en la Agencia Española de Cooperación, en breve partirá a Etiopía, al país indómito del oriente africano. Una nueva vida y vivencias sin cuento aún por descubrir. Le he aconsejado que escriba un diario, que redacte unas notas, que ponga negro sobre blanco todo lo que allí va a observar y descubrir. Seguiré de cerca la peripecia etíope de Borja, porque presumo que va a dar mucho de sí. Y si además de lo que haga a favor de aquella sociedad, que será muchísimo, lo embarnece con una colección de fotografías que cortan la respiración, qué más se podrá pedir a alguien que es consciente de los problemas de su tiempo aunque nunca se le vaya la sonrisa de la cara.

Fotografía de Borja Santos
De todo ello, y de mucho más, se habló en la velada de Urueña. Llovía a mares en la villa amurallada, mientras, en medio del silencio del entorno, nos acercamos a visitar por un momento la Librería Alcaraván antes de entrar en ese recinto mágico que Rosa ha construido repleto de juguetes de madera y de artesanías de mil colores que cobran vida cuando ella les habla. A la salida, Borja inmortalizó un lienzo de muralla, bajo las sombras de aquel atardecer del 4 de enero de 2011, apenas comenzada la segunda década del siglo XXI.


4 de enero de 2011

¿Qué periodismo nos espera?



Resulta difícil asumir el panorama que se cierne sobre el mundo de la información y todo lo que va a asociado a ella, sobre todo si se valora como un producto valioso y enriquecedor, abierto al debate plural y respetuoso de ideas, a la honestidad de los análisis, a la calidad en la forma de transmitirla. Quienes seguimos siendo adictos a la prensa diaria, a los programas de radio mantenidos por profesionales que huyen del insulto y la chabacanería o a los que desde la televisión nos acercan a la realidad para comentarla con conocimiento de causa, poco a poco vamos teniendo la sensación de que esas herramientas de placer intelectual y de disfrute satisfactorio del tiempo de ocio se nos están yendo de las manos. Y quizá, por desgracia, irreversiblemente. El cierre de una cadena de información y debate con la calidad que había logrado CNN + y su sustitución por un programa vulgar de “reality show” que roza la indecencia es un indicador tan trágico como elocuente de por dónde van las cosas.

Como cada cual es dueño de su tiempo y de sus gustos, no entraré a valorar aquí el grado de empobrecimiento y miseria que, de la mano de las TDT, se nos ha echado encima con la oferta televisiva que inunda las parrillas descendiendo a los infiernos de la ofensa, la vulgaridad y la miseria de quienes se deleitan con el insulto y la mentira. ¿Y qué decir de esas televisiones autonómicas, sumidas en el déficit que no cesa y concebidas exclusivamente como portavocías escandalosas del poder que las mantiene y como refugio en muchos casos de plumillas limitados a ser la voz de su amo? Lo mejor, por razones de salud, es pasar de esa patulea y procurar seguir alimentados de la información que mejor se atenga a los tres principios básicos de la deontología relacionada con la comunicación: el rigor, la tolerancia y el respeto.

Preocupa, sin embargo, la tendencia en que parece sumida la profesión periodística, como ha puesto de manifiesto la consultora Burson Marsteller, cuando afirma en un informe reciente que el periodismo atraviesa una crisis sin precedentes, como consecuencia de una serie de circunstancias concatenadas que en muy poco tiempo han ido creando un entramado de problemas de muy difícil solución. Entre ellas, se apuntan dos fundamentalmente: la crisis financiera, motivada por un descenso fortísimo de la cartera publicitaria, que opta por otras formas de promoción que los anunciantes consideran más efectivas, y el deterioro de la calidad informativa, en paralelo con la proliferación de “media” que rebajan el nivel de exigencia a la par que empobrecen y degradan el trabajo desempeñado por los profesionales.

Se señala que los periodistas tienen menos tiempo para actividades como la labor investigadora, la redacción sosegada, la profundidad en los análisis. Prima el sensacionalismo sobre la ponderación seria de lo ocurrido, el efecto mediático y oportunista sobre la visión global y crítica de los fenómenos. Corren malos tiempos para la información sin sensacionalismo y para la opinión sin condiciones. Analizar y profundizar en los hechos que nos afectan de verdad no está de moda; lo que priva son las miserias ajenas compensadas a tanto el minuto de pantalla.

8 de diciembre de 2010

Frases para la reflexión, ideas para la concordia: extractos del discurso de Mario Vargas Llosa en Estocolmo (7 diciembre 2010)


Ningún discurso es infalible ni está exento de la crítica. Pobre de la reflexión intelectual que no merezca controversia alguna. Pero, más allá de los aspectos opinables que sin duda encierra el discurso pronunciado por Mario Vargas Llosa el día anterior a la recepción del Premio Nobel de Literatura 2010, hay frases, ideas y consideraciones que conviene, a mi juicio, resaltar. No en vano invitan a pensar en torno a cuestiones claves de nuestra historia y de nuestra época.

“… qué extraordinario privilegio el de un país, que no tiene una sola identidad porque las tiene todas.”
“…escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza”
“La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.”
“Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión”.
“Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura (en los últimos años del franquismo) ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo”.
”Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.”
“Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa"
Merece la pena leer todo el texto
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