15 de septiembre de 2014

Ante el desafío catalán, abajo las murallas





Recuerdo aquella exposición, magnífica, que tuvo lugar en Barcelona y que visité en la primavera de 2005. Evoco aquella referencia para valorarla en lo  mucho que significa en estos momentos de incomunicación infranqueable 


Cuando oigo hablar de nacionalismo o de identidades socio-culturales me vienen a la memoria las tragedias que a lo largo de la historia llevan asociados estos conceptos a hierro, dolor, odio y fuego. Sobre ello escribió palabras elocuentes Emmanuel Kant cuando aludía a los mensajes que invocaban en la sociedad alemana la fuerza de la patria como idea obsesiva, alienante y culturalmente tan sectaria como demoledora. Me cuesta encontrar algún ejemplo sobre la utilidad de estas nociones y sobre su contribución al desarrollo de las sociedades, de las mentalidades y de la persona. La experiencia ha demostrado que son una rémora y una antigualla, a menudo esgrimidas para enmascarar problemas y defectos de gestión de quienes las propalan para, embutidos en mensajes simplificadores, egoístas y excluyentes, sentirse ungidos por principios y soflamas que les permiten eludir sus responsabilidades, empobrecer y fracturar a las sociedades que dicen representar y ocultar sus corrupciones. Es lo contrario al legado político e intelectual de la Ilustración, ese asidero intelectual que tanto se echa de menos y cuyo fracaso en España ha sido la causa de una Historia tan llena de miseria moral y frustraciones. Frente a ello, defiendo el Estado integrador, multicultural, solidario y desmitificador de las ideas en las que se sustentan los axiomas elementales de la tribu ensimismada.

¿Consulta en Catalunya? ¿Y porqué no? ¿Porqué eludirla o temerla? Fuera las murallas, que afloren y se abran las ideas, que los debates libres prevalezcan sobre las consignas reductoras, que el Estado demuestre lo mucho de que es capaz para garantizar el buen funcionamiento de un territorio plurinacional integrado, en el que todos sus elementos han encontrado, y más aún en democracia, posibilidades de desarrollo y cotas de poder que nunca pudieron imaginar. No hay en estos momentos país más descentralizado en Europa. Cuando un Estado se organiza bien, todas sus partes resultan beneficiadas, convirtiendo a la escala de colaboración entre ellas en el factor que permite afrontar los problemas, como sucede en Alemania, un Estado federal de impresionante solidez. En un mundo globalizado y al tiempo marcado por la dimensión de la diversidad, la configuración de un Estado bien articulado y fuerte constituye la mejor garantía de supervivencia de los derechos humanos. Los mensajes que enarbolan los de CiU, ERC y comparsas, son simples, primarios, elementales y febles ante la crítica seria, honesta y contundente. ¿Aguantarían un debate riguroso, presentado ante la opinión pública? ¿Porqué no se celebra ese cara a cara tan necesario como ilustrativo entre los políticos defensores de las distintas opciones? Que se haga en la televisión, con datos, con informaciones objetivas, con ideas sólidas y consistentes. Con la verdad. Sin demagogias ni tergiversaciones. Al margen de los slogans sin explicación racional que los justifique. 


Cuando una Comunidad, como ocurre en el caso de la catalana, ha estado gobernada durante más de veinte años por una banda mafiosa, que encubría o difuminaba la gravedad de sus prácticas bajo el manto fabricado de la identidad amenazada, los argumentos a favor de la ruptura soportan con dificultad la controversia razonable. Posiblemente sea tarde ya para afrontar el proceso de enajenación con la fortaleza y la capacidad de neutralización lógica y argumental que se precisa, lo que, por otra parte, requiere una capacidad, un prestigio y una fortaleza de la que tanto carecen los gobernantes españoles, enzarzados en su maraña, en ese laberinto sin fin, de tópicos incesantes y tediosos en el que están sumidos. Sin embargo, cuando leemos reflexiones como la de Francesc de Carreras, prestigioso intelectual y jurista catalán, solo cabe reafirmarse en el convencimiento de que la situación a la que se ha llegado no es más que un monumental artificio, un inmenso tranpantojo...que es preciso poner en evidencia a través de la confrontación inteligente de las ideas y posiciones respectivas.

1 de septiembre de 2014

En defensa del saber socialmente integrador

Apenas se debate sobre esta cuestión en nuestras Universidades o en otros foros de interés común dentro del espacio público, pese a la indiscutible relevancia que posee. Hablamos de conocimiento, de generación del saber, de desarrollo científico, pero la verdad es que todo ello se resuelve en un panorama donde prima el trabajo individual o el que se lleva a cabo en equipos cerrados, que pugnan, en uno y otro caso, por adaptarse a los cánones que seleccionan la labor realizada en función de criterios a menudo mal avenidos con la versatilidad propia del trabajo científico y con el nivel de compromiso que el intelectual ha de tener respecto a la realidad - compleja y en situación de cambio permanente - en la que inscribe su responsabilidad. 

Debatir sobre el valor del saber ayuda a comprender críticamente hasta qué punto se ha producido un distanciamiento entre la riqueza intrínseca del conocimiento y la tendencia sesgada con la que tiende a valorarse, con total menosprecio al que no se atiene a los cánones rentabilistas, que justifican un respaldo selectivo, más allá de su utilidad social, entendida en la pluralidad de perspectivas con las que ha de entenderse esta función. El saber concebido como materia prima, como recurso de utilización inmediata, como opción intelectual banalizada en función de su uso cortoplacista, como capital, como bien dominado por el pragmatismo: he ahí el enfoque que conviene someter a fuerte revisión, si queremos que el saber no pierda esa dimensión integradora, plural, socialmente enriquecedora y susceptible de controversia que refuerza su valor intrínseco sin caer en la supeditación obsesiva a la lógica del "ciclo" obediente a las exigencias del mercado en la que actualmente aparece sumido.  




4 de julio de 2014

De la Cina è vicina a la China omnipresente

¿Alguien se acuerda de aquella película dirigida por Marcho Bellochio en los años sesenta con el título de Cina è vicina? Ya el mismo título sorprendió y fue objeto de discusiones muy intensas cuando fue proyectada en aquellas salas que se llamaban de Arte y Ensayo, porque en ellas se ofrecían muestras de un cine minoritaria, que a menudo daba pie a intensos y acalorados debates, que hoy difícilmente mantendríamos porque la forma de ver cine de entonces ya ha desaparecido para siempre. Recuerdo aquella película con frescura y de cuando en cuando me viene a la mente al observar la impresionante dimensión adquirida por China en el mundo contemporáneo.  En torno a este país se estructura una tupida red de engranajes, que se extienden por todo el planeta, creando una urdimbre de relaciones basadas en la energía, las materias primas y los mercados. El mapa es suficientemente elocuente de esa realidad. 

Y si se quiere observarla más de cerca, vayan a Fuenlabrada y desde los cerros que rodean esta ciudad del sur de Madrid observen la magnitud del polígono empresarial Cobo Calleja y paseen posteriormente por sus calles. En ellas los caracteres chinos se han apoderado del paisaje, aunque, eso sí, coexisten en perfecta armonía con los nombres de las calles, que recuerdan, casi de manera exótica, la toponimia leonesa. 





28 de junio de 2014

Un recorrido mágico por las librerías del mundo





Aunque pensaba que me iba a llevar mucho más tiempo,  la lectura del libro de Jorge Carrión no me ha resultado  tan dilatada como en principio su extensión y densidad hacían presumir. Me refiero a la obra titulada Librerías, que mereció el reconocimiento como finalista del Premio Anagrama de Ensayo 2013. Desde que tuve noticia de su existencia, me interesó sumergirme en sus páginas ante el atractivo del tema y convencido de que el rigor que este autor pone en sus escritos iba a reflejarse en un texto digno de la máxima atención y del no menor interés.  No me ha defraudado porque ha superado con creces mis expectativas. Ahí es nada: un recorrido por las librerías más afamadas del mundo, por esos recintos mágicos en los que se acumula el papel encuadernado para cristalizar en una de las realizaciones más importantes de la creatividad humana y de la técnica puestas al servicio de la cultura.  De la cultura que permanece indeleble por mor de la perennidad de la palabra escrita. 


Por eso es convincente la reflexión inicial con la que Carrión inicia su obra cuando señala que "entre un cuento concreto y toda la literatura universal se establece una relación parecida a la que mantiene una única librería con todas las librerías que existen y existieron y tal vez existirán". Poco a poco el lector se va abriendo al universo impresionante y cautivador de las librerías que dan personalidad, prestigio y calidad a las ciudades del mundo. ¿Es posible identificar correctamente un lugar sin hacer mención a sus librerías más emblemáticas? Deleitarse en este elenco a través de las referencias que aporta la obra que menciono constituye otra de las dimensiones atractivas de las experiencias viajeras, en las que visitas a las librerías forma parte - debe formar parte - inexcusable del paisaje visitado. Estoy convencido de que todos tenemos en nuestra mente recuerdos imperecederos de este tipo de vivencias. 

Librería Puro Verso, en Montevideo




No hace mucho recordé en esta misma ventana las emociones que afloraron en Valladolid cuando se conmemoraron los cuarenta años de la Librería Sandoval. Es una de las que tengo más cercanas a mi experiencia vital, y que comparte espacio en la memoria con las que al tiempo concibo como ingredientes esenciales de mis viajes dentro y fuera de España. Tomar contacto con el mundo del libro siempre aporta ideas y enriquece perspectivas. Entrar en contacto con los elementos que configuran una librería aporta sensaciones que ningún otro entorno procura. El libro, el contacto con el librero, el encuentro con personas de inquietudes compartidas, la mirada complacida, curiosa y vigilante. La sorpresa cuando uno menos se lo espera.

Pero, ay, lo cierto es también que cuando se reflexiona sobre el tema no es infrecuente que la preocupación haga desde el primer momento acto de presencia. Es la sensación que he tenido a raiz de una reciente visita a una de las mesas redondas celebradas en la Feria del Libro de Madrid, donde la atención se centró en los problemas a que se enfrenta el mercado del libro, y que en aquella ocasión estuvieron lúcida y contundementemente expuestos por Lola Larumbe, una de las responsables (la tercera persona a la izquierda de la fotografía) de la Librería Alberti de Madrid.  





Es curioso. El mismo dia en que termino de leer Librerías,  y mientras contemplo la masa pinariega que adorna el curso del Duero en Tordesillas, me entero del acuerdo unánimemente adoptado por la Asamblea Nacional francesa a favor de una ley por la que se prohibe a los distribuidores de libros electrónicos la aplicación de rebajas por debajo del precio fijo de las librerías. Noticia interesante donde las haya en un tema tan sensible. Es una reacción lógica de defensa frente a la competencia desleal efectuada por los gigantes de la distribución del libro, con prácticas que cercenan considerablemente el margen de maniobra de las librerías, poniendo así en peligro la supervivencia de uno de los espacios más representativos para el enriquecimiento cultural que nuestra sociedad tanto necesita. 

Con acierto las ha definido Francisco Llorca cuando escribe que "las librerías no son centros de distribución; son espacios de interrelación, puntos de encuentros para la comunidad y que garantizan su pluralidad, algo que dificilmente ocurrirá en la situación de monopolio hacia la que nos encaminamos" para concluir recordando la atinada afirmación de Joan Margarit: la llibertat és una llibrería

21 de junio de 2014

Espacios transformados (19)


Cae el sol a plomo y el paisaje, o lo que de él queda, se estremece cuando llega el mediodía. La urbanización avanza imparable, acompañada de su omnipresente y tupida amalgama de hormigón, farolas, asientos desperdigados y demás artilugios que reducen lo verde a la insignificancia. La densidad de farolas que nada iluminan -o iluminan en exceso sin necesidad- sustituye al árbol como ingrediente benefactor y de alivio de los espacios calcinados en este mundo del mediterráneo tan castigado por la voracidad urbanística, tan refractaria a los paisajes arbolados. Los que lo defienden argumentan que también se crea espacio público, espacio de relación y convivencia allí donde la ciudad acaba perdiendo su nombre. La sensación de vacío impresiona cuando se contempla en lontananza, pero resulta todavía más angustiosa cuando se ve pasear, en medio de la nada, al abuelo con el nieto sin que el observador que lo ve desde el puente del ferrocarril consiga captar, más allá de la imagen, los pensamientos que anidan en la mente de ese hombre que aprovecha el espacio desolado que le ofrecen. La imagen corresponde a una ciudad del Sur de Madrid.
  

18 de junio de 2014

Conocer mejor la realidad social ayuda a transformarla

Acabo de tener noticia del último informe sobre Capital Humanorealizado por el prestigioso Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (IVIE). No me resisto a darlo a conocer porque tiene el mérito de poner en evidencia una realidad social que no debe ser ignorada ni, menos aún, relegada al rincón de las noticias irrelevantes. Centrado en el conocimiento de la realidad social española, es mucho más que un mero inventario de datos y noticias sobre lo que sucede actualmente en nuestro país. Muchos tratan de edulcorar la situación acogiéndose a las grandes magnitudes donde todo se diluye en los datos macroeconómicos, que tan a menudo se prestan a interpretaciones contradictorias, al gusto de quien las esgrime para justificar lo que de antemano desea aun a costa de enmascarar la realidad. Cada día nos abruman con datos, selectivamente extraídos dentro de una información plural y heterogénea, para llegar con ellos a conclusiones que, presentadas asépticamente de manera global, dan idea de tendencias genéricas, en cuya valoración se omite la dimensión ofrecida por sus implicaciones sociales. 


Por eso son bienvenidas y, sobre todo, necesarias las aportaciones que descienden al terreno de lo que realmente interesa al ciudadano: la importancia de los procesos generadores de segregación y desigualdad, de marginación... y de pobreza. De ahí el nombre del Informe cuya lectura recomiendo: Pobreza en un período de crisis económica. Urge conocerlos y entenderlos en su justa perspectiva, tanto en términos de cantidad como cualitativamente. Profundizar en en el impacto que socialmente ofrecen los datos referidos a la salud, a la educación y a la distribución de la renta - componentes multicriterio del indicador  introducido en 2010 por Naciones Unidas - nos acercan las manifestaciones tangibles y clamorosas de ese mundo real, que percibimos cotidianamente en la calle, que aflora en las conversaciones y que inevitablemente, aunque no se quiera, acaba formando parte de nuestras vidas. 

23 de mayo de 2014

Mi última elección en aquella brumosa tarde de mayo



Una fuerte ventolera sacudía las ventanas de mi despacho cuando ayer por la tarde regresaba a ese espacio, donde he pasado tantas horas, tras depositar mi voto en las elecciones a Rector de la Universidad de Valladolid. Mientras ordenaba mis papeles antes de emprender el paseo cotidiano de vuelta a casa, tuve la sensación de que había vivido una experiencia irrepetible, que no se volvería a dar. Recordé durante unos instantes mi vida universitaria, que empezó allá por los años setenta del siglo XX, para tomar conciencia de que era ya la última vez en que participaba en una elección al rectorado. Me he alejado definitivamente de esas urnas que tanto han significado para mí. Nunca más volveré a hacerlo, ya que dentro de cuatro años mi situación administrativa será bien distinta. Me vinieron entonces a la mente las numerosas ocasiones en que esos actos han formado parte de mi vida, y a veces con gran intensidad.

Siempre he votado, he participado en ocasiones de forma activa y me he tomado muy en serio cuanto rodea a un proceso de tanta trascendencia: candidaturas, debates, reflexiones, polémicas en el claustro, esperanzas, alegrías, decepciones.. de todo ha habido en esa larga singladura, cuyas anécdotas bien darían para un escrito novelado. He visto cambiar la Universidad, suceder mil y una anécdotas, y apreciar desde dentro el panorama de posibilidades y contradicciones que encierra. Desde la primera elección democrática en febrero 1982 hasta la de ayer, en mayo de 2014, han transcurrido treinta y dos años repletos de sucesos y de transformaciones. De ilusiones, esperanzas y también de alguna que otra decepción. Lo normal en un mundo de gran heterogeneidad y en una época donde todas las experiencias han sido posibles. 

Seis rectores la han gobernado desde entonces. El balance es muy desigual, como ocurre cuando se trata de una institución tan compleja, sometida a vicisitudes de todo tipo, repleta de inercias y marcada también por un caudal de esfuerzos que han de ser valorado como se merece, sin olvidar tampoco las características personales de sus gobernantes. Con sus luces y sus sombras, el proceso no ha hecho si no reafirmar mi confianza en la Universidad Pública, para identificarme con ella y a luchar porque su prestigio no se vea lesionado. En ese empeño me mantendré mientras pueda, deseando lo mejor al nuevo rector - al séptimo - y su equipo ya que de su buen hacer, de su capacidad, de sus decisiones y de sus resultados depende en buena medida el que la Universidad de Valladolid responda a los objetivos que la sociedad la encomienda y requiere. Decisivos siempre, en los tiempos que corren son aún más ambiciosos y esenciales.


17 de mayo de 2014

Cuando los políticos adulteran la noble función de la política

No hay otra definición de la política que la que la entiende como labor de servicio al interés público, en defensa de los derechos de los ciudadanos, sensible y atenta a los problemas que les afectan. Concebida así es una actividad digna, encomiable y necesaria. Es como el aire que nos hace vivir. Pero cuando esa actitud se adultera y los que se dicen políticos, y viven de la política, se lucran de ella, ignoran, menosprecian u ofenden a los ciudadanos, mostrando indiferencia por lo que les sucede, desatienden sus ruegos porque molestan a sus oídos complacientes o consideran que, al actuar así, pueden llegar a ser increpados, esos políticos se convierten para muchos en el símbolo de lo más abyecto y deleznable. El respeto que debieran merecer se torna en desprecio sin matices. Son vulgares camanduleros y farsantes. Su figura es un fraude, sus palabras suscitan rechazo, su solo presencia provoca repugnancia. Esta reacción no surge al albur sino de la constatación de que la labor más noble se convierte a veces en una estafa, en la manifestación más palmaria de la indecencia. Y eso duele mucho porque atañe a cuestiones muy sensibles de la vida cotidiana. Las reacciones críticas nunca son instintivas ni derivan de la irracionalidad: se apoyan en motivaciones fundamentadas, en la justificación que aportan la experiencia y el desegaño, en el hartazgo y la rabia asociados a la impotencia, en la comprobación de que la ejemplaridad en la que confiaban se ha visto defraudada.

Me cuesta quitarme de la cabeza la imagen brutalmente ofensiva de los concejales del Partido Popular que abandonan el Pleno del Ayuntamiento de Toledo cuando unos padres de familia plantean en la Casa de la Villa y ante sus representantes la tragedia en que se encuentra la atención médica de sus hijos víctimas de la más cruel de las enfermedades. Dicen los voceros de lo azul que el tema no es competencia del Ayuntamiento.... pero ¿desde cuando el Ayuntamiento ha dejado de ser la expresión del latido y el clamor que los que sufren en las ciudades? Veo a Arturo García Tizón, representante del grupo popular, presidente de la diputación toledana y amachambrado en la política desde la época de Hernández Mancha, decir que lo que allí se trata no le interesa. Pasa altivo, indiferente, despectivo ante los ciudadanos que reclaman e imploran su atención. Le trae sin cuidado. Impúdicamente lo reconoce. Le secunda su banda, agazapada en la desvergüenza de quien solo se preocupa por su ombligo. Solo una mujer del grupo popular se mantiene en la sala. Y luego hablan de desafección. No es generalizada, pero se muestra justificadamente implacable con los que carecen de los principios inherentes a la dignidad de la política y que son legión.

Es una de las manifestaciones más dolorosas, miserables e indignas que recuerdo en el ejercicio de la responsabilidad pública. Ni una palabra sobre el tema por parte del Gobierno autónomo. Si Cervantes levantara la cabeza y viese en lo que se ha convertido la tierra de la Mancha, gobernada por la mujer de la mentira y el ridículo permanentes, su posición ante tanta ignominia daría lugar a episodios memorables de justa rebeldía.

14 de mayo de 2014

El riesgo de la banalización formativa de las Ciencias Sociales



Qué gran responsabilidad tienen - tenemos - los profesores que imparten - impartimos - conocimientos en ese amplio universo  de cuestiones y contenidos  que atañen a las formas de vida, al comportamiento, y al desarrollo de la sensibilidad de los ciudadanos en los entornos donde se desenvuelven. Pertenecen al ámbito de las llamadas Ciencias Sociales, unificadas por el denominador común que las orienta a la maduración intelectual de la persona sobre lo que ocurre en la sociedad y en el mundo que la ha tocado vivir. Hay motivos para la preocupación y la alerta, pues serias son las amenazas que se ciernen sobre la función desempeñada por estos saberes.  Las observaciones apuntadas por Joaquín Estefanía en ese texto , referido a la enseñanza de la Economía, deben sacudir como un aldabonazo las conciencias de los enseñantes y de los alumnos en estos tiempos en que tienden a primar la banalidad sobre la explicación rigurosa, el tópico convencional frente a la interpretación crítica de los hechos, la resignación ante lo que sucede frente al conocimiento y la denuncia de los factores que lo provocan. 

Cuando la formación de un alumno queda sumida en el sectarismo ideológico que prima a la sombra del pensamiento único, propalado por maestros de la simplificación acrítica, que presenta como paradigma irreductible y dogmático de un statu quo inamovible, no se está procediendo a la formación de ciudadanos sino a esa especie de autómatas irreflexivos incapaces de entender su personalidad al margen de quien les domina para acabar imponiéndole sus propios códigos de conducta al servicio de presiones e intereses que acabaran deteriorando su dignidad y su libertad como persona. Bienvenidas sean las grandes contribuciones del saber científico-técnico, que tantas seguridades y beneficios depara, pero el conocimiento significa sin duda mucho más: significa en el ámbito que nos ocupa - en el de la realidad social, económica y territorial - el poder elaborar posturas libres, críticas, firmes ante el debate y con capacidad movilizadora para que los avances de la ciencia no deriven en el agravamiento de las desigualdades hasta cristalizar irreversiblemente en una sociedad resignada, conformista e incapaz de labrar su propio futuro.

30 de abril de 2014

La indiferencia ante el pobre empobrece al ser humano

Ha ocurrido en ciudades norteamericanas, pero puede suceder  en cualquier otra. El mundo está repleto de este tipo de situaciones. Las escenas de la vida cotidiana están repletas de experiencias marcadas por las reacciones elusivas ante la pobreza y la marginalidad.  Por lo común, priman la indiferencia y el desdén. No hay motivo que induzca a prestar atención a la situación de la persona que se encuentra en la indigencia, incómoda como es. Incluso hay responsables municipales,  de lo que es ejemplo la ciudad de Madrid, donde quien la gobierna atribuye a los mendigos la condición de responsables de la suciedad de las calles, justificando así el propósito de imponer sanciones a los que se encuentren en esa situación dentro del espacio público. Al actuar así frente a un  problema real, se defiende la invisibilidad del problema, que deja de existir o se diluye cuando no forma parte del paisaje urbano. No son, pues, aceptados los mendigos y los que viven en la calle por los que consideran que la calle les pertenece. 

Ha sido necesario que un personaje famoso se identificase con la imagen de la pobreza para que pasara desapercibido hasta quedar sumido en el mundo de la desatención. Los medios han informado del caso concreto del actor Richard Gere, representando el papel de mendigo en las calles de Nueva York. Se encontraba cerca de la estación Grand Central, un lugar bullicioso, trepidante, donde nada se detiene y casi nadie mira al que tiene alrededor. El encuentro entre el "pobre" y la turista francesa invita sin duda a la reflexión sobre las actitudes que marcan las pautas de acción de los seres humanos en este mundo de encuentros infrecuentes y desencuentros generalizados. 

Sin embargo, el caso que más me ha conmovido lo trajo a colación Raquel García, admirable trabajadora de Cáritas en Valladolid, al comenzar su intervención en las Jornadas de Geografía Humana sobre "Marginalidad Social y Espacio Urbano" que el investigador brasileño Igor Robaina y yo hemos organizado recientemente en Valladolid. El documento presentado, que figura en la red y del que hasta ese momento no tenía yo noticia, resulta impactante, obliga a callar y a reflexionar para a continuación levantar la voz, con las ideas ya más claras, para poner en evidencia vivencias de nuestro mundo y de nuestra época que, como diría José Luis Sampedro, nos revelan "las limitaciones de que adolecemos como seres humanos". 



18 de abril de 2014

¿Qué hacia usted el día en que comenzó a leer "Cien Años de Soledad"?




Seguramente la conmoción producida por el fallecimiento de Gabriel García Márquez (1927-2014) nos ha devuelto a muchos de mi generación a la juventud. Aunque el seguimiento de la evolución de su obra ha sido una práctica habitual para cuantos nos hemos sentido atraídos por la creatividad literaria de uno de los más afamados escritores contemporáneos, difícilmente podremos sustraernos a la evocación de lo que en su momento supuso el descubrimiento de su obra más emblemática, la que espontáneamente y con actitud convencida llega a nuestra mente cuando recordamos el listado de sus títulos, de tan familiares como son y asumidos como están. Aludo a ello porque tal es mi caso.

Por esta razón, cuando ayer por la noche supe de su muerte, pensé que tal vez sería pertinente suscitar una pregunta, a sabiendas de que las respuestas obtenidas podrían ofrecer un marco interesantísimo para conocer las diferentes experiencias asociadas al hecho que motiva la siguiente pregunta: ¿cuáles son sus recuerdos del día, del momento, de la época en que comenzó a leer Cien años de soledad?

Me limitaré a comentar la mía porque sinceramente me ha dejado huella. Comencé a leer esa obra en el tren correo que utilizaba semanalmente para desplazarme - incluso hasta dos veces - de Valladolid a Burgos. Corría la primavera del año 1970, pocos meses antes de comenzar el servicio militar en Ceuta. Había comprado esa obra en la Librería Isis de Valladolid, que ya no existe. Desde entonces y durante muchas horas no podía entender el viaje en aquel tren de vapor que, con sus trece paradas, tardaba casi dos horas en hacer ese trayecto, mil veces realizado. Enfrascado en la obra y en la urdimbre de sus insólitos personajes, la travesía se hacía mucho más liviana. No había tiempo para otra cosa que para descubrir la historia de una familia, la de Aureliano Buendía, y de un espacio, la tierra de Macondo, que acabé ligando con fuerza a mis propias vivencias culturales.

Pero, al tiempo que el argumento invadía la escena y justificaba una dedicación a la lectura de novelas  superior a la que en aquella etapa yo podía permitirme, descubrí el impresionante arsenal de palabras, conceptos y términos que ampliaban el vocabulario mediante la correspondiente indagación. Un mundo de sorpresas e incógnitas se abrió al compás de la lectura de aquel libro, de letra menuda, que se mostraba grande e inagotable. Decidí tomar cuidadosamente nota de aquellos términos que o me eran desconocidos o encerraban una ambigüedad que era necesario resolver. La averiguación mediante el Diccionario de la Lengua aclaraba la duda...aunque no siempre. Por ejemplo, ¿alguien sabría decirme que es eso de la desnudez tarabiscoteada



Poco a poco fui confeccionando una especie de diccionario personal de Cien Años de Soledad. Desde entonces han transcurrido ya cuarenta y cuatro años. Esta tarde he vuelto a leer aquella libreta que todavía conservo. Está amarillenta por el paso del tiempo, algo ajada por la mala calidad del papel de entonces, pero para mí permanece viva, porque viva sigue siendo la figura de quien la propició. 


Al releer aquellas hojas marchitas he vuelto a la juventud, a los viajes en el tren, al recuerdo de aquellas páginas repletas de sensaciones que jamás se separaron  de mis ojos mientras la carbonilla entraba por las ventanas, tratando de dificultar, sin conseguirlo, la lectura de un texto que ha marcado indeleblemente la cultura literaria de nuestro tiempo.

14 de abril de 2014

Una visita emotiva a la Escuela de Antoni Benaiges en Bañuelos de Bureba



Maria Antonia y yo hemos visitado el día 14 de abril de 2014 la Escuela donde impartió sus clases Antoni Benaiges, el maestro catalán que fue  destinado en 1933 a un pequeño y remoto pueblo de la provincia de Burgos, donde, entre otras muchas iniciativas, se empeñó en que sus alumnos tuvieran conocimiento de lo que es el mar. Ese empeño le costó la vida cuando, ya comenzadas las vacaciones de verano, efectuó desde su pueblo natal, en la provincia de Tarragona, un viaje a Bañuelos de Bureba para acompañar a los niños y a las niñas a que tomaran contacto directo en el Mediterráneo con ese fenómeno natural al que hasta entonces sólo se habían aproximado a través de su imaginación, ingeniosamente estimulada por el maestro. No regresó. Fue asesinado y sus restos yacen en las fosas comunes localizadas en el portillo de La Pedraja, en la carretera de Burgos a Logroño. He dado cuenta de este hecho en una entrada anterior, en la que se recogen con detalle las experiencias educativas emprendidas por Benaiges en la Castilla profunda de los años treinta. Es una historia que conmueve y sobrecoge, que no puede ser olvidada y que merece el recuerdo de homenaje debido a los maestros y a las maestras que marcaron una época y cuyos esfuerzos quedaron truncados por la barbarie, la muerte y la represión.




Hemos aprovechado un viaje por tierras del País Vasco, La Rioja y Castilla y León para detenernos un momento en Bañuelos de Bureba, entre Briviesca y Belorado. Al llegar a la Escuela la puerta estaba abierta. No ha tardado en acercarse el trabajador que lleva a cabo las obras de reparación del edificio. Se ha anticipado a nuestro deseo de visitarlo por dentro. Una ocasión que no podíamos desaprovechar. Casi en ruinas, la parte baja está completamente destruida. Sin protección alguna nos adentramos en ella, temerosos de que el techo pueda venirse abajo en cualquier momento. El riesgo es grande. Nada hay que ver a ras de tierra.







Lo que merece la pena es la primera planta. Allí sigue la Escuela que fue. O, al menos, lo que queda de ella. Unos pupitres, la mesa del maestro, un juego de madera, una pizarra casi intacta y, apilados, los mapas y los paneles que servían para enseñar la Geografía y la Historia, esas disciplinas indispensables que dan sentido al conocimiento del mundo en el que uno vive. Otra habitación al lado, llama también la atención. Diríase que era el lugar de trabajo del maestro, allí donde acumulaba sus papeles. 



Por razones obvias, y sin autorización para ello, no pudimos detenernos en averiguar lo que contenían aquellos cientos de papeles hacinados en la estantería y en las cajas de cartón depositadas en el suelo, junto a un crucifijo adornado con estampas curiosas. Seguramente son posteriores a la etapa que nos ocupa. Todo estaba invadido por el polvo acumulado durante décadas. El tiempo se había detenido hacía mucho y nadie se había preocupado por ordenar ese espacio simbólico, en el que hoy comienza a entrar la luz, aprovechando las pequeñas ventanas que permiten ventilar y volver a dar vida y contraste a lo que ha estado cerrado, silente y abandonado. 



Escribo esto para transmitir la emoción sentida y, de paso, ojalá, para que estas líneas sean leídas también por los autores y el editor del libro Antoni Benaiges, el maestro que prometió el mar (Blume, 2013),  que hizo posible sacar del olvido la experiencia educativa y la tragedia vital de Benaiges. Francesc, Sergi, Queralt, amigos, gracias a vosotros, a vuestra obra, la Escuela de Bañuelos de Bureba va a ser rehabilitada. No sé quién patrocina la obra. ¿Sois quizá vosotros? ¿Sabéis quién lo hace? Os informo de ello por si no lo sabéis. Lo importante es que ese edificio comienza a recuperar la imagen de referencia que en su tiempo tuvo y que vosotros os esforzasteis en promover. 




Rodeo lentamente la casa, me detengo en los detalles de la estructura, y observo que el tejado ya ha sido reparado; varios canalones recién instalados impiden que la humedad deteriore la fachada. Algo se ha hecho desde que disteis a conocer la figura de Benaiges hace aproximadamente un año. Queda todavía, sin embargo, mucho por hacer, pero lo cierto es que el nombre de Bañuelos de Bureba simboliza con fuerza lo que representó el magisterio español en una España que necesitaba liberarse de su lastre histórico. No lo consiguió pero la verdad es que la memoria permanece viva para recordarlo. 



24 de marzo de 2014

Respeto y reconocimiento a Don Adolfo Suárez González (1932-2014)

Hace más de cinco años - el 15 de agosto de 2008 y en el diario El Norte de Castilla- publiqué este texto sobre el expresidente del gobierno español que acaba de fallecer. Retomo aquellas ideas, y más allá de la distancia ideológica, en reconocimiento y homenaje a quien fue capaz en poco más de cuatro años de demoler una dictadura de cuarenta.  Se podían haber hecho más cosas, seguramente quedaron numerosos cabos sueltos,  la crítica no está ausente en el balance que quepa hacer, pero de lo que no cabe duda es de que durante su mandato se tomaron decisiones - y él las tomó con coraje y alto riesgo -  que para muchos de quienes vivimos los años finales del régimen salido de la guerra civil parecían impensables.  


Posiblemente ningún otro político español del siglo XX haya alcanzado el nivel de respeto, reconocimiento y admiración de que actualmente goza Don Adolfo Suárez González, y que por desgracia ya no puede percibir. Olvidados en el tiempo quedan los comentarios que, a raíz de su sorprendente designación por el Rey, trataban de descalificar una decisión que consideraban equivocada, bien porque no respondía a las esperanzas de promoción de quienes los formulaban bien porque la filiación franquista del elegido hacia prever que lo del “atado y bien atado” iba para largo. Pocas voces autorizadas se alzaron entonces en apoyo de un nombramiento que, como después se ha visto, no sólo estaba bien calculado sino que respondía a un conocimiento previo de las enormes dotes de adaptación a las circunstancias por parte de un personaje, cuyas cualidades permanecían  para el común de los españoles en el mayor de los arcanos.

Su mandato (1976-1981) fue breve, aunque decisivo en todos los órdenes de la vida política española. Se tomaron decisiones de enorme trascendencia, se sentaron los cimientos de una etapa identificada con los principios que regían las democracias más avanzadas del mundo, se arrumbaron con habilidad pasmosa, no exenta de riesgos impensables, las estructuras formales de un régimen de casi cuarenta años, haciendo uso de tácticas que nadie era capaz de presagiar tras la muerte del dictador. Fue una complicada y azarosa peripecia que Adolfo Suárez afrontó casi en solitario, a falta de un partido político que, con la consistencia necesaria, respaldara sin fisuras una acción de gobierno dirigida hacia un objetivo claro a partir de un complejo de decisiones en las que se mezclaban, en dosis más bien aleatorias, la improvisación, la genialidad y la audacia.

Tuvo suerte en disponer a su lado de un grupo de colaboradores leales, que en cada momento supieron apuntar en la dirección correcta, aportando los conocimientos y el prestigio necesarios que permitieran al Presidente del Gobierno, menos preparado que ellos, diseñar y llevar a término, con el coraje que le caracterizaba, sus iniciativas más relevantes. Sin nada que ver con los oportunistas y presuntuosos que dentro de su propio partido hicieron todo lo posible por desacreditarlo, formaron éstos, en cambio, el núcleo rector de los momentos más difíciles de la transición y sin dudarlo a ellos debe mucho el balance de la experiencia suarista, pues sirvieron para afrontar con fortaleza y viabilidad los tres grandes desafíos en los que vertebró su etapa de gobierno como una solución de continuidad, pues no otra cosa fue, entre la dictadura y la democracia. Me refiero, en concreto, a los logros alcanzados en la normalización constitucional del país (Fernando Abril Martorell), en la voluntad de corrección de las deficiencias funcionales de la Economía (Enrique Fuentes Quintana) y en la supeditación  del Ejército a los principios del poder civil democrático, tarea ímproba a la que tanto contribuyeron Manuel Gutiérrez Mellado y Alberto Oliart Saussols.  

Surgen estas reflexiones al hilo de la noticia de que el Ayuntamiento de Cebreros pretende construir un  Museo a la persona y a la obra de Adolfo Suárez en su pueblo natal. Dejando al margen la polémica partidista que ha aflorado cuando se ha dado a conocer públicamente el proyecto, y sin valorar la fiebre museística omnipresente en todo municipio que se precie, no me parece correcto cuestionar una idea que, en principio, no está mal pues todo lo que sea enaltecer el recuerdo del personaje debe considerarse bienvenido. Sin embargo, tampoco la aplaudo, temeroso de que, lejos de contribuir al objetivo deseado, establezca con el tiempo un contrapunto al reconocimiento de una imagen que debe estar libre de las desatenciones e indiferencias  a que a menudo se expone este tipo de muestras, como la experiencia se encarga a menudo de revelar frente a resultados pretendidamente optimistas.

Y es que la figura de Adolfo Suárez forma parte indisociable de la Historia de España y a la par ocupa lugar destacado en las referencias internacionales alusivas al esfuerzo de los pueblos por salir de situaciones de dictadura. Opino que, más que un Museo, la dimensión simbólica que el hijo de Cebreros tuvo en la trayectoria histórica reciente de nuestro país merece una Fundación, que sirviera de aglutinante ideológico de los empeños intelectuales centrados en el significado histórico de la transición y en la defensa de los valores que identifican la calidad democrática, tan necesarios en momentos en que dichos valores se ven con frecuencia preteridos o amenazados.


Mas me temo que eso no es ni será nunca posible. Y no sólo porque las fronteras políticas son hoy tan rígidas que impiden confluencias interpartidarias en esta dirección, sino también porque Adolfo Suárez no ha tenido albaceas ni herederos, que preservaran su legado tal y como él, y quienes le acompañaron, lo concibieron. Tuvo el mérito de  desempeñar con éxito su papel en un momento excepcional, único, e improrrogable, de la vida política española, pero ese momento hace tiempo que pasó y los procesos que de él derivaron se corresponden con otros patrones y estilos, que son simplemente distintos. Quizá no lo supo entender, lo que explicaría su desconcierto y decepción ante el hecho de que, sintiéndose admirado y reconocido, sus intentos de regresar a la política, bajo la marca del Centro Democrático y Social, culminasen en el fracaso. Varias veces lo señaló con más amargura que consolación, víctima, al fin, de su propia paradoja: la que le llevó a la contradicción de comprobar de que la estima de que era objeto no se correspondía con el débil respaldo merecido en un contexto político encauzado por derroteros que definitivamente ya no eran los suyos ni podía controlar.

18 de marzo de 2014

Al fin, un recuerdo merecido. Que se sepan sus nombres, que no se olviden

Cuántos años transcurridos en medio de un silencio clamoroso. Cuántas miradas de perfil eludiendo los hechos que traumatizaron la vida y los sueños de tantas personas mientras la educación quedaba sumida en el cenagal de la mediocridad, el fanatismo y el espíritu de revancha. Por fin. Ya era hora. Tarde, pero bienvenida sea la iniciativa que ha hecho posible el rescate del pozo del olvido y de la indiferencia de los nombres de los profesores asesinados y represaliados en Valladolid cuando estalló la rebelión militar y en los atroces años del franquismo. La cultura, la ciencia y la dignidad fueron arrasadas por las hordas falangistas, espoleadas y secundadas por los sectores más reaccionarios de una sociedad que veía en el pensamiento crítico y en la renovación educativa implacables enemigos que batir. Y lo cierto es que fueron arrumbados sin piedad.  Sus referencias desaparecieron durante décadas de los ámbitos profesionales compartidos. Sus rostros y su legado han estado ausentes de los espacios que evocan su presencia en las instituciones. Silencios apenas matizados en los refugios controlados de la privacidad. 




Ha habido que esperar al 18 de marzo de 2014 para que, en un acto concebido ex profeso en el Paraninfo de la Universidad,  sus nombres salieran a la luz y fuesen conocidos, porque sólo así, con nombres y apellidos a la luz del día, es posible alcanzar y ofrecerles la mínima reparación que merecen. No ocultaré la emoción que personalmente me produjo el descubrimiento por el profesor Alberto Lesarri de lo sucedido con el Dr. Arturo Pérez Martín, decano que fue de la Facultad de Ciencias y al que se rindió un justo reconocimiento - la primera vez que se hacía - en noviembre de 2013. Hoy su nombre ya no figura en solitario como ocurrió entonces. Forma parte de una lista inmensa, que incluyo aquí para que se conozca y se valore en su justa dimensión. El dibujo y el poema de Manuel Sierra y la magnífica conferencia de Josep Fontana, recordando lo que fue el esfuerzo educativo desplegado en España en la primera mitad de los años treinta, contribuyeron a fortalecer esta voluntad de reconocimiento y respeto. Nunca hasta entonces en el Paraninfo resonaron frases como esas. 

Seguramente faltan más nombres, lo que justifica la necesidad de proseguir en las investigaciones que permitan calibrar en su justa medida la magnitud de la tragedia. Pero el paso dado en la tarde de hoy no ha sido baladí. Hay que agradecer al Dr. Marcos Sacristán Represa, rector de la Universidad de Valladolid, el que esta puerta, tapiada hasta ahora, se abriera para que la luz despeje la sordidez de las tinieblas asociadas a la crueldad y a la injusticia que derivan de la desmemoria.








15 de marzo de 2014

De cómo era la mejor España hace un siglo







Haz entender que la patria no es un dios ni un rey, ni un culto, ni una clase o corporación sino,  como yo la pienso, una cultura

Manuel Azaña, 1912


Mientras, a pesar de los progresos culturales, no se vea en un tranvía a una mujer con un periódico o un libro en la mano será inútil soñar con que desaparezcan  de nuestras mujeres  los sentimientos impuestos 

Margarita Nelken, 1921 

Estas son algunas de las frases que, destacadas en los paneles, definen los contenidos que ilustran y justifican los propósitos de la Exposición que en la Biblioteca Nacional evoca lo que significó para España la "Generación del 14". Es una cita obligada para quienes se interesen por conocer aspectos esenciales del pensamiento español hace un siglo, cuando el centenario del estallido de la Primera Guerra Mundial suscita tantas evocaciones que obligan a despertar la memoria adormecida. No solo apetece descubrir de cuando en cuando los testimonios de los momentos en los que la sociedad española ofreció lo mejor de sí misma para avanzar en el difícil camino que conduce al desarrollo cultural y científico, a la expresión libre del pensamiento, a la proyección sin restricciones de la creatividad cultural, a la denuncia de las servidumbres en las que estaban sumidos sus sectores más desfavorecidos, al reconocimiento del papel desempeñado por la mujer y de su dignidad postergada. 

Bien es cierto que a comienzos del siglo XX muchas eran las manifestaciones de retraso, depauperación, miseria y fanatismo de que adolecía un país que había permanecido al margen de las grandes transformaciones vividas por los países europeos donde la libertad y la industrialización contribuyeron a sentar las bases de estructuras sociales y comportamientos culturales más modernos y evolucionados. 

Sin embargo, no fueron pocos los síntomas que pusieron en evidencia a lo largo de las dos primeras décadas del siglo XX una voluntad decidida a favor de la configuración de un país más moderno, abierto a los vientos de la renovación  intelectual que soplaban en Europa. Se alude, como uno de los motivos inductores del proceso, a la conferencia impartida por José Ortega y Gasset en el Teatro de la Comedia de Madrid sobre el tema "Vieja y nueva política", con el que presentó su Liga de Acción Política.  Fue quizá un episodio importante, pero la muestra revela que aquella etapa supuso muchísimo más que la figura del pensador madrileño. 


Particularmente, y a medida que la mirada del visitante - al menos es la experiencia que tuve ayer al recorrerla sin tiempo tasado - se detiene, ante todo, en las referencias bibliográficas, en los instrumentos de uso científico, en los textos y diseños alusivos a los descubrimientos técnicos, en las expresiones artísticas, en la emergencia cultural de Cataluña, el País Vasco y Galicia, en los retratos de los personajes que dignificaron la imagen de España en el mundo, uno tiene la impresión de que hay gran desconocimiento de lo que personas ilustres aportaron tanto en beneficio del país como en el mundo difícil, y a menudo incomprensivo o refractario, que les tocó vivir.  

Asombro y gratitud es lo que se siente, en efecto, al conocer en detalle la contribución a la ciencia y a la tecnología de Santiago Ramón y Cajal, de Leonardo Torres Quevedo, de Blas Cabrera o de Pío del Rio-Hortega. Se reaviva el sentimiento de admiración ante la obra de Antonio Machado, de Juan Ramón Jimenez, de Ramón Pérez de Ayala, de Gregorio Marañón. Y, por supuesto, no cabe otra que la actitud de respeto y admiración también cuando se comprueba la ingente labor de las mujeres que en la España sórdida y cerrada de la época hicieron oír su voz, con la intención de que quedase viva para siempre. Clara Campoamor, Victoria Kent, Margarita Nelken son, entre otras más, las que demostraron que en España comenzaba a brillar una luz que se prolongaría, más allá de las intermitencias provocadas por la política, hasta que quedó extinta con la catástrofe que supuso la rebelión facciosa y criminal de julio de 1936. Por eso, alumbrarla de nuevo, siquiera sea en el recuerdo, es una iniciativa bienvenida o, más aún, una necesidad. 

Estará abierta en la Biblioteca Nacional de España hasta el 28 de Mayo de 2014



9 de marzo de 2014

Las reflexiones pertinentes y necesarias de Tarso Genro

El empobrecimiento del debate político hace que la ciudadanía se muestre renuente a interesarse por él. Los discursos que, querámoslo o no, nos invaden a diario provocan una sensación de hartazgo, que induce a la desafección por la política y al menosprecio de quienes la practican. Por esa razón, son tan de agradecer las reflexiones que rompen con este panorama de mediocridad, de pensamiento único, de lanzaderas verbales repletas de lugares comunes, de respuestas gubernamentales enlatadas, de frases hechas, propensas a las animosidades personales y a la imputación al otro de las deficiencias propias. Razón de ser todo ello de una crisis institucional pavorosa. Profundizar, por el contrario, en la realidad que nos afecta, desentrañar la causa de los problemas que aquejan a las sociedades, poner al descubierto y denunciar las implicaciones de modelos socialmente depredadores -  que se asumen acríticamente casi como si de tratase de una opción inevitable, a la que no hay más remedio que resignarse - no solo constituye una necesidad intelectual sino una terapia psicológicamente positiva. La sociedad necesita horizontes esperanzadores. 

De ahí que cuando un discurso recupera enfoques que son excepcionales en el panorama de la simplificación dominante, uno se se siente reconfortado al observar que hay quienes piensan y razonan de manera diferente, lanzando a los cuatro vientos ideas y reflexiones que incitan a la esperanza y a la confianza en la política sensible con los problemas de la sociedad. Quienes cuestionan los planteamientos alternativos dicen que son antiguallas, algo trasnochado, cuando lo cierto es que lo realmente obsoleto y caduco no son otra cosa que esas proclamas archisabidas y fracasadas que se amparan en la lógica del engaño, del sesgo informativo, de la especulación financiera, del enriquecimiento ilícito y del "sálvese quien pueda" que tantas humillaciones, fracasos y desigualdades ha aportado a la mayoría de la sociedad. 


Bienvenidas sean, pues, las reflexiones aportadas por Tarso Genro en la intervención efectuada en el Seminario Internacional sobre Cooperación Iberoamericana y Desarrollo, organizado recientemente en Madrid por la Fundación Alternativas y al que he tenido la satisfacción de asistir. Aconsejo seguir la trayectoria política de Genro, porque lo convierte en uno de los personajes - de pensamiento y acción - más interesantes de nuestra época. Fue alcalde de la ciudad brasileña de Porto Alegre, donde promovió una política local innovadora, basada en el principio de la justicia distributiva y en la consideración de la participación ciudadana como uno de sus ejes esenciales de actuación. Su participación en el gobierno de Lula da Silva como Ministro de Educación se saldó con realizaciones destacadas en el campo la dotación educativa para las poblaciones marginales, la promoción de las Escuelas Técnicas Federales y la puesta en marcha de relevantes proyectos en el ámbito de las Universidades públicas. 

Las ideas vertidas en el Seminario de Madrid merecen ser tenidas en cuenta. En esencia se centraron en una idea principal: "la recuperación de la función pública del Estado" frente a las tendencias que, en el contexto de la crisis, intensifican el agravamiento de las desigualdades, infrautilizan la capacidad formativa de las personas y relegan a muchas de ellas a la marginalidad y a la pobreza. Reivindicar la defensa de los principios éticos como algo inherente al ejercicio de la política, apoyar los mecanismos de participación de la ciudadanía como uno de los pilares de la toma de decisiones, luchar contra los movimientos especulativos y entender que la solidaridad forma parte indisociable de la política de desarrollo son algunas de las directrices en las que ha de sustentarse la dignificación de la política, sumida actualmente en el lodazal del descrédito a que la conducen las prácticas que, arropadas en la banalidad programática y en el discurso de la resignación, la encaminan precisamente en el sentido contrario, con todo lo que ello implica en la degradación de la democracia y el auge de los movimientos excluyentes y atrozmente reaccionarios. 

28 de febrero de 2014

La fotografía comprometida de Lewis Hine




Sin duda somos deudores de los fotógrafos que nos han transmitido los testimonios fidedignos de una realidad que fue y que no podemos ignorar. Tomar contacto con esas imágenes, efectuadas desde la voluntad de dejar constancia de una realidad conmovedora de las sensibilidades,  obliga a la reflexión sobre lo que ha sido la historia de la sociedad y de sus espacios en el momento de la gran transformación ocurrida en las primeras décadas del siglo XX. Toda una generación de grandes maestros de la imagen nos han puesto al descubierto, con su sensibilidad y espíritu de compromiso y denuncia, hechos, rostros e imágenes que, cuando se observan detenidamente, dejan una huella indeleble en la memoria y en el pensamiento. Cualquier actitud, menos la indiferencia, es posible cuando uno se detiene ante esas miradas y esas perspectivas en blanco y negro.



"Quise hacer dos cosas. Quise mostrar lo que había que corregir. 
Quise mostrar lo que había que apreciar"


He conocido, al fin, la admirable obra del fotógrafo norteamericano Lewis Hine (Wisconsin, 1874 - New York, 1940), que justificó su labor con esas elocuentes palabras. Confieso que me ha impresionado. Reconocido por críticos solventes como el padre de la fotografía social moderna, nos acerca con fuerza y enorme capacidad expresiva a la realidad de Estados Unidos en las primeras décadas del siglo XX. Fue profesor de Geografía en la Ethical Culture School de New York. A él se deben imágenes de tanto impacto visual como las que descubren la sociedad en la ciudad industrial de Pittsburgh, la forma de trabajo en la construcción del Empire State neoyorquino, la llegada de los inmigrantes a Ellis Island o a la sociedad que habita la realidad profunda norteamericana en Virginia y Carolina del Norte sin olvidar tampoco sus estremecedores reportajes sobre el trabajo de los niños o los testimonios de su labor en las misiones efectuadas en Europa bajo los auspicios de la Cruz Roja Americana. Sin duda no podría entenderse sin acudir a su legado lo que representó la creación de la Photo League en la historia de la fotografía. Su herencia fotográfica se conserva, magníficamente custodiada y localizable, en la Biblioteca del Congreso de Washington y en ese impresionante museo de la fotografía que es la George Eastman House , sito en el 900 de la East Avenue en Rochester, NY. Si van a esa ciudad, no se arrepentirán de la visita. 


En el texto que presenta la muestra se hace mención expresa al impacto provocado por las imágenes relativas al trabajo de los niños. "Fueron tan fuertemente emotivas y éticamente comprometedoras para la opinión pública americana que determinaron la reforma de la legislación del trabajo infantil", señala Nicolo Letta, profesor de Ciencias de la Comunicación en la ITSOS Albe Steiner de Milán. 








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